Actividades había para todos los gustos. Subir a una bicicleta y pedalear por el centro de Santiago o recorrer a caballo los senderos de Torres del Paine. Navegar en medio de glaciares en el lago Grey o hacerlo hasta una isla de pingüinos casi al fin del mundo. Tomar un paseo fluvial por las aguas del río Calle-Calle o relajarse en las termas en medio de un entorno natural. O bien, algo de turismo cultural y conocer a la comunidad mapuche dentro de sus rucas y probar su cocina que se resiste a desaparecer. Discover Chile, un programa de LAN en conjunto con Turismo Chile y Sernatur, convocó a 60 touroperadores internacionales para “poner al país en el lugar que se merece”, dijo Carmen Gloria Alonso, jefa de destinos de LATAM. La meta: que cuatro millones de extranjeros lleguen en 2014. Acá, el viaje que empezó en la ciudad y terminó a los pies de la nueva octava maravilla del mundo.

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El primer día partió con un tour en bicicleta por el centro de Santiago. Un recorrido por la bohemia del barrio Lastarria, la frescura del Parque Forestal, la historia del GAM y que terminó en el ajetreo de la plaza de Armas, al ritmo de organilleros y chinchineros. La capital también es un destino atractivo, distinto, pujante, plural y de fuertes contrastes. No en vano The New York Times la nombró como primer destino a visitar el año pasado, y la calificó de ‘encantadora’. “Chile es más que el desierto de Atacama y la Patagonia. Santiago es muy cosmopolita y eso se nota en cada rincón de la ciudad”, asegura Raquel Carrillo, touroperadora de Perú.
Al día siguiente, una hora de viaje en dirección a la costa para llegar a las viñas de Casablanca y mostrar desde los mismos viñedos por qué Chile tiene uno de los mejores vinos del mundo. Copa en mano, se cierra el capítulo en esta zona para partir al sur.

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Volamos a la Región de la Araucanía, una parada que combina la belleza de los paisajes sureños con una invitación a sumergirse en las tradiciones mapuches. Su cocina es tan propia como desconocida para los paladares foráneos. Sopaipillas con merquén o pebre, piñones cocidos, quínoa o tortillas de rescoldo abren el apetito de los visitantes. Pablo Panguilef da una pequeña clase de medicina natural en su ruca. “La experiencia con la comunidad mapuche realmente me quitó el aliento”, dice Ashley Landers, de Estados Unidos. El día se cierra en las termas Menetue en medio de un entorno natural.

160 kilómetros al sur de Temuco está Valdivia, la capital cervecera de Chile. Un paseo fluvial por las aguas del Calle-Calle nos lleva por el casco histórico de la primera ciudad sureña en ser fundada (1552) y la cuarta del país. Sus edificios hablan de una otrora inmensa prosperidad y sus ríos que la cruzan le dan un carácter europeo de los años ’50. La industria cervecera local se ha diversificado: hay de arándano, miel, rubias o morenas. El grupo degusta la tradición artesanal.

Luego de tres horas de vuelo aterrizamos en el sur más profundo: la Región de Magallanes. Desde Punta Arena zarpamos en un buque por entre las míticas aguas del estrecho de Magallanes, entre Tierra del Fuego y el continente, la misma ruta que alguna vez hicieran Francis Drake y Charles Darwin, hasta llegar a Isla Magdalena, monumento natural de los pingüinos. Nos recibe el viento del fin del mundo. Los pingüinos magallánicos, cormoranes y gaviotas se agolpan por todo el lugar y parecieran ser los únicos residentes del lugar. Hay un faro y nada más. En él viven 12 personas. Entre ellas, Roberto Fernández, guardaparques desde hace 25 años, quien escogió quedarse allí para seguir y estudiar el comportamiento de las aves. La isla fue nombrada Monumento Natural en 1982 y tiene una de las mayores colonias de pingüinos en Chile, con casi 60 mil parejas, un paraíso para los amantes de la naturaleza.

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El viaje sigue hasta el Parque Nacional Torres del Paine. Lagunas, cerros y glaciares que podrían ser destinos turísticos por sí solos, pero que juntos forman un lugar único, misterioso, exótico y de una belleza irrepetible, que le acaba de valer el reconocimiento como la octava maravilla del mundo. Son 242 mil hectáreas para perderse en lo más profundo de la Patagonia, con una fauna que se mueve sin miedo y una flora que decora cada rincón de esta Reserva Natural de la Biosfera. Su principal atractivo es el macizo del Paine, donde resaltan las afiladas siluetas de los cuernos y las particulares torres, ‘los alfileres de Cleopatra’. La cordillera fue moldeada por el avance y retiro de los glaciares hace más de 12 millones de años y la belleza del parque sigue intacta, incluso con los incendios que lo han golpeado. Hay opciones de hospedaje para todos los gustos, desde el lujo y comodidad en hoteles de primer nivel hasta los campamentos ecológicos. Y actividades que no se acaban: cabalgata por los senderos hasta llegar al mirador de las torres, trekkings entre los bosques o paseos alrededor de los lagos, que aparecen y desaparecen sin aviso. O mejor, navegar entre témpanos flotantes de tonalidades irreconocibles en el lago Grey hasta llegar a una pared de hielo que se extiende por 270 kilómetros cuadrados. Celebrar la travesía con un brindis con hielos milenarios es una obligación.

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El viaje se cierra con corderos al palo, bailes y música. Cerca de 50 caballos corren por el campo. De fondo, las nubes empiezan a cubrir las torres, quizá por minutos, horas o días. Nadie sabe. Eso es lo que le da ese sabor místico al parque. “Cómo lo puedo expresar. Quise llorar. Desearía haberlo hecho. Nunca seré capaz de sobreponerme a este pedazo de paraíso. Estoy obligado a pasar el resto de mi vida tratando de volver al lugar donde finalmente pude respirar”, dice Julian Hamoud, touroperador francés. Nos despedimos de la Patagonia y volvemos a Santiago, con una mezcla de tristeza y asombro por la experiencia vivida.

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