La pregunta es inevitable cuando viajas a Chiloé. “¿Y si dejo todo y me voy a vivir a Castro o a Dalcahue o a Curaco de Vélez?”. Cambiar una vida agitada por una sin reloj, el estrés por el ocio, el infernal ruido de Santiago por el canto del tue tue; acostumbrarse a esos absurdos y provincianos guiños al progreso: los bancomáticos sin dinero, el comercio que abre a las 11:00 y baja la cortina durante dos horas para almorzar, la espantosa arquitectura del mall que opaca la vista de la ciudad desde la costanera.

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Chiloé es como el jardín secreto y encantado de un Chile que pretende ser moderno. Un lugar donde, hace muchos años, los brujos hicieron pacto con el Diablo. Por eso conserva virgen su paisaje e intactas muchas de sus tradiciones. Es también un alocado proyecto de vida para sus nuevos habitantes. Y un destino imperdible para turistas, que ahora pueden llegar de Santiago a la isla grande en tan sólo tres horas por avión.

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Cuando construyeron su casa de madera nativa en la zona de Huenuco en Castro, Yasna Aguilera y Cristián Medina no tenían idea que terminarían viviendo en Chiloé. Lo que comenzó como un proyecto familiar para juntar a los hijos de cada uno, fue derivando en un gran apego hacia el mar y el campo, y en la creación del Centro de Ocio. Un lugar con 15 habitaciones con una vista privilegiada. Apenas me instalé en una de las habitaciones del sector Ala del Viento, salí a recorrer los senderos de este hotel que, en un terreno de 20 hectáreas, también tiene lodge, fogón, spa y vista al fiordo desde casi cualquier punto en que uno se pare. La mano de ella en la decoración de los espacios es tan importante como el que él haya ayudado a construir con el objeto de alterar muy poco el entorno. Por esto, cada lugar resulta un ambiente único y cómodo para descansar.

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Aunque he venido varias veces a Chiloé, nunca había comido cordero al palo. Como es tradición en el hotel, se usa el fogón para prepararlo al menos una vez a la semana. Mientras tomé el pisco sour de la casa, miré cómo el dispuesto animal inquietaba a los demás huéspedes-comensales. Eran las ocho de la noche pero aún estaba claro afuera; adentro calientito y más gracias a la eterna cocción que requiere la carne. Cómo decir que no a la muestra de amor que es el servicio de la gente chilota. En el Centro de Ocio, al igual que en otros lugares que han ido apareciendo con la llegada de santiaguinos, se intenta contratar sólo a gente de la zona con la intención de mantener la cultura intacta. Al final quedé repleta de este espíritu, por decirlo de alguna manera, comí todos los pedazos de cordero que me ofrecieron. También entendí el porqué de esa relación tan fuerte entre los chilotes y la comida. Acá llueve harto y el frío siempre está ahí, entonces cocinar es igualmente una forma de abrigarse.

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Paseando cerca, conocí a Carlos Grimalt, el dueño de un observatorio de aves playeras, con asiento en la Península de Rilán —a sólo quince minutos en auto de Castro—. Grimalt parece sacado de una película de Andrés Wood, o esa impresión me dio una vez que salió a recibirme: estatura media, delgado, vestía jeans, chaleco de lana y boina. Este ex capitalino también se enamoró de la isla hace muchos años y se quedó viviendo en ella. Levantó su casa al lado del humedal donde durante todo el año llegan distintas especies a alimentarse y armar sus nidos. Bajamos por los senderos hasta unos balcones donde, con binoculares, avistamos cisnes de cuello negro, zarapitos y patos cuchara. Carlos me contó que a mediados de año, los flamencos migran desde Torres del Paine a Chiloé, tiñendo el paisaje de rosa. Es esa diversidad la que Grimalt quiere preservar. Pura Naturaleza.

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Andar a caballo es algo que también vale la pena hacer en Chiloé. Cuando Charles Darwin hizo su famoso viaje y pasó por Chile, prácticamente recorrió toda la isla a caballo. En San Pedro, ubicado a siete kilómetros al norte de Castro, me saluda Armando Salinas, hombre alto, delgado, aperado con botas para montar. Llegó desde Santiago a la isla hace tiempo y formó aquí su familia. Tras él se asomaron Canela, su hija, y Andrea, una ayudante. Armando ganó hace poco un enduro ecuestre con su caballo Ushiro; el mismo manso animal que —por fortuna— me prestó para iniciar el paseo. Así, comenzamos el recorrido por un lugar prácticamente inexplorado, perdido entre cerros, que termina a orillas del río San Pedro. Ahí comimos y conversamos. Casi un rito: galopar libremente, reflexionar y agradecer lo que da la vida.

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No me había dado cuenta de que llevaba el celular en la mano. No me importó. Mis pies me llevaron a la Plaza de Armas de Castro y luego crucé hasta la colorida iglesia San Francisco, donde hoy está instalada una feria de artesanas para quienes buscan souvenirs. No me atreví, pero quería retratar a cada una de las señoras. Varios clics para ellas y otros en la feria municipal, lugar donde todos los productores locales venden sus cosechas de frutas y verduras, y donde entre gritos de caseros nadie reparó en mi pasión de voyeur. Acá, pueden encontrarse pescados y carnes ahumadas típicas de la zona, pero también las mejores escenas para fotografiar, como la de una niña sentada en el pasto pelando habas, o el conocido vendedor ambulante que trabaja vestido como Elvis Presley.

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De traucos, pincoyas y mitos, nada esta vez. A ver si cuando me mude a estas tierras me encuentro con ellos.