Nuestro viaje soñado ha llegado a su fin… Después de tres semanas y media, muchos kilómetros en avión, tren y auto, nuevos platos, sabores y olores, paisajes y personas increíbles, nuevos idiomas ―¿sabían que India tiene 30 lenguas oficiales y unas 2000 no oficiales?― y miles de fotos en los smartphones y en la cámara, nos despedimos para embarcarnos hacia Kabul y Copenhague.

Los últimos diez días los pasamos en Rishikesh ―capital mundial del yoga― y Agra, donde el Taj Mahal nos maravilló, como lo hace con esos millones de turistas que cada año visitan el más famoso mausoleo del mundo. Esa última semana fue casi mística.

Rishikesh, con una cantidad enorme de templos y ashrams, está envuelta en un aura de sacralidad que comienza con el ruido estruendoso del río Ganges, con cuya corriente acompaña cada despertar y cada atardecer de la ciudad que cruza.

La naturaleza en los alrededores es imponente e invita a dar gracias al Dios de cada uno por la bendición de vivir. Allí, al caer el sol fuimos testigos de las más hermosas ceremonias para dar las ofrendas al vivo Ganges o la “madre Ganga” como aprendimos que también le llaman.

Allí, a los pies de los Himalayas, el silencio tiene un ritmo y los mantras se repiten. Parece que no la alcanzan la locura de bocinazos, gritos y negociantes de un cuanto hay, mientras las vacas tranquilamente pasean por calles y callejuelas o sencillamente se echan en medio de la calle obligando a los conductores a poner en práctica todo su talento.

Es la ciudad donde más te cruzas con hippies, yogis, gurúes, viejos y sabios de blanco o naranjo que hacen penitencia o te sonríen siempre amables y te muestran cómo meditar y hasta pueden transmitirte su paz. La experiencia es única; no se puede explicar, sólo sentir. No es difícil entender por qué The Beatles pasaron una temporada en el ashram del Maharishi Mahesh Yogi, en el glorioso año 1968.

Tomamos el tren a Delhi y desde allí en auto a nuestro último destino, Agra. ¿Qué puedo decir? El Taj Mahal te deja sin palabras. Llegamos allí un día soleado y muy caluroso, aunque ni siquiera habíamos pasado las 9 de la “madrugada” ―como dicen las mini-vikingas en “modo vacaciones”―.

En mármol blanco el mausoleo brilla. Y no solo eso: dependiendo de la hora cambia ligeramente de color y en noches de luna llena algunos de los 28 tipos de piedras preciosas y semi-preciosas que decoran sus muros resplandecen de manera increíble. Su nombre significa palacio (Mahal) de la corona (Taj) o la corona del palacio (refiriéndose a Mumtaz Mahal, la esposa del emperador Sha Jahan, quien lo construyó en el siglo 17 como muestra de amor) y al construirlo se cambió el curso del río Yamuna para que pudiera reflejarse en sus aguas.

Allí nos sentamos, fotografiamos e impresionamos, tocamos con cuidado sus paredes para tener certeza de que no era un espejismo. Caminábamos un momento y nos deteníamos para volvernos y mirar. Para nuestra enorme sorpresa la mayor parte de los turistas indios se mostraban más interesados en la rubia mini-vikinga hasta que nuestro paciente guía, Sareen, decidió autodenominarse “Security Manager” y mantener a distancia a todos los hombres, jóvenes y no tanto, ávidos de una selfie con la pálida danesa.

Unos minutos más, los ojos y el corazón no se cansaban de admirar la estructura, los jardines, los estanques… la perfecta simetría. Una vez más intentamos agregar una historia más a “Las mil y una noches”, esta vez sobre un aventurero vikingo y una sudamericana que casualmente se cruzaban en el continente asiático.

Así llegó la hora de despedirnos en el aeropuerto internacional Indira Gandhi. El vikingo regresó a Kabul, nosotras a Copenhague, con sentimientos encontrados, es cierto, y aunque suene paradójico, más unidos que nunca. Más familia que nunca.

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