Con el vikingo en Afganistán y la vikinga mayor en China, con la vikinga menor —que recién venía saliendo de una contusión cerebral— decidimos pasar unos días en la bien llamada “París del este”.

Hoy comenzaré por el final: ¡nos enamoramos! Nos sorprendimos y nos envolvió la magia que pareciera cubrir a la capital húngara al menos en el invierno. Es más, pensamos que seguramente visitar la ciudad en tiempo navideño debe ser un sueño.

Llegamos un domingo casi a la medianoche a la ciudad que recordaba de las historias de Sisí Emperatriz que devoré en mi infancia. Al llegar al centro nos encantamos con la vista de los puentes que cruzan el Danubio y unen los sectores de las antiguas ciudades de Buda y Pest, y su magnífico Parlamento que lucía aún más imponente iluminado. Esa fue nuestra primera visita.

Debo decir que el Parlamento es sencillamente precioso, lo que se llama una joya arquitectónica. A orillas del Danubio, no importa la hora, imposible no quedarse mirando el edificio que es tan sensacional tanto por fuera como por dentro, desde cualquier ángulo. Tiene, como la ciudad entera, ese perfil y ese aire de grandiosidad y majestuosidad que impresiona.

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De una manera distinta, pero igualmente sobrecogedora, te deja sin palabras el monumento de 60 pares de zapatos de hierro, al borde del río, que representan las vidas de cientos de judíos asesinados y lanzados a las aguas del Danubio. Siempre hay allí una flor fresca o una vela. La sensación de sobrecogimiento se repite en los jardines de la gran Sinagoga –la segunda más grande en el mundo-, donde las imágenes mantienen vivo el recuerdo de un pasado de dolor para esa comunidad.

El colorido Mercado Central y sus aromas, el Bastión de los Pescadores y sus impresionantes vistas, un café con un pedazo de torta en el New York, que algunos identifican como la más bella cafetería del mundo; las esculturas que te saludan en cualquier esquina de la ciudad, todo eso quedó en imágenes que se guardaron en el disco duro de la memoria personal. Budapest no te deja indiferente, te sorprende y te conquista.

Como es de imaginar disfrutamos de su cocina y nos dejamos seducir por la curiosidad para probar platos y postres con nombres casi imposibles pronunciar. Una vez más, la experiencia no nos desilusionó, tanto así que ya en el vuelo de vuelta la mini-vikinga me sorprendió con voz decidida para anunciarme que “si debo elegir entre París y esta ciudad, creo que la próxima vez me quedaré con Budapest. Debemos volver los cuatro y ver lo que nos faltó”.

¿Qué nos quedó por ver? Mucho. Pero dos cosas nos han hecho apuntarla ya como destinación para los días de verano: la ópera y los baños termales. No por nada Brad Pitt, Jean Reno y otras personalidades de todos los rincones de la tierra se han encantado con las maravillas de las aguas termales y en especial con el balneario del Hotel Gellért.

En fin, “la París del este” nos envolvió en su magia y está claro que es un lugar para volver. Seguro que el calor del verano y las largas horas de sol y luz convertirán a la ciudad en una experiencia nueva y en un placer diferente para todos los sentidos.

¡Hasta la próxima!

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