El taller de reparación de trenes más grande de Berlín, RAW (Reichsbahnausbesserungswerk) se construyó en 1876 y dejó de funcionar casi 130 años más tarde, abatido por los efectos de la guerra. Ubicado en Friedrichshain, uno de los barrios bohemios más populares de la capital, hoy lo que podrían ser sólo ruinas o un millonario proyecto inmobiliario, es uno de los epicentros culturales más fascinantes y transcurridos en la ciudad.

Sabine Martin es una estudiante de arquitectura, fiel visitante de la popular área RAW. Una vez a la semana camina hasta las viejas instalaciones contiguas a la estación de Warschauerstrasse y pasea por las galerías de arte, compra baratijas en el mercado de las pulgas o va a los clubs nocturnos de moda.

“Siempre me ha interesado el arte y creo que este es el mejor lugar para sumergirse en exposiciones que no se encuentran en los museos tradicionales”, comenta.

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Como ella, son miles los locales y extranjeros que llegan a diario a este complejo cultural cuya oferta va desde el cine al aire libre hasta talleres de teatro, yoga, exposiciones de arte y conciertos. Todo esto se emplaza en más de 70 mil metros cuadrados de un espacio abandonado que pudo tener otro destino.

El área RAW es sólo uno de los tantos lugares entre ruinas y patios traseros que son apropiados principalmente por el rubro artístico y gastronómico de la ciudad. En los 12 distritos de la capital, iniciativas como estas se replican en antiguas cervecerías que hoy son concurridas discotheques, picadas para ir a comer en lo que antes era una letrina o incluso un lugar de recreación en el ex aeropuerto de Tempelhof. Este último, sede para eventos organizados por Hitler en su momento, dio un vuelco radical y hoy es un enorme parque al que acuden familias y grupos de amigos para hacer picnics, andar en bicicleta o asistir a ferias y festivales.

Esta distinta variante del “reciclaje” pretende darle un nuevo sentido a espacios históricos. El resultado al unir vanguardia y tradición es realmente cautivador. Así, quienes viven o pasean por Berlín pueden perderse en medio de la ciudad entre antiguos hospitales, fábricas abandonadas y pasajes escondidos, al mismo tiempo que aprecian el arte callejero y graffiti que colorea esta capital.

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Este concepto de reutilizar fue heredado por los alemanes tras la caída del Muro cuando cientos de empresas quedaron desalojadas luego de emigrar de la RDA, y los artistas vieron en esto una oportunidad para encontrar refugio a su trabajo. Así, una oleada de movimientos artísticos se instaló en estas fábricas, convirtiéndolas en sus talleres y hogares. Hoy, sin embargo, el interés por esta práctica no sólo cautiva al mundo bohemio y la intención de protegerla es también una responsabilidad compartida por el gobierno.

“Si bien la idea de darle vida a espacios abandonados nació de un contexto originado tras la reunificación alemana, la sociedad en general y el gobierno entendieron el valor de crear identidad manteniendo estas antiguas construcciones. Por lo mismo, muchas de estas zonas son hoy patrimonio de la humanidad y no se pueden demoler ni modificar”, agrega Mariam Chantah, agente de WunderAgent, empresa de bienes raíces de Berlín.

Pero esta nueva forma de reciclar no sólo se aplica a la arquitectura. Valorizar lo antiguo se ha extrapolado a aspectos tan cotidianos como la moda. Así, y aunque las calles del moderno Potsdamer Platz buscan atraer clientes con sus luminosas vitrinas y marcas de lujo, la vestimenta de los berlineses se apega en realidad a un estilo simple y casual. Según los berlineses, las mejores alternativas para renovar el clóset y cultivar un look vintage son las tiendas de segunda mano y mercados de ropa usada que se organizan todos los fines de semanas en parques y plazas.

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Berlín es considerada, de hecho, una de las ciudades precursoras en esta corriente de moda, pero la explicación de que esta tendencia impere en el país germano va más allá de un sentido estético.

Y es que según Lina Golldyg, licenciada en estudios culturales de la Universidad de Humboldt, que Alemania sea hoy un país tan globalizado ha significado que sus habitantes valoren especialmente los diversos estilos de vida y los aprecien por su pluralidad. Así, elegir una determinada vestimenta no pretende demostrar estatus a través de las marcas, sino que por el contrario, se concibe como una forma de estabilizar la identidad cultural con un estilo propio y aporta al mismo tiempo con la idea de valorizar la antigüedad.

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Para estos efectos, los domingos, una de las ferias de las pulgas con mejor reputación y que más visitantes recibe es la que se organiza en el parque Mauerpark, en el tradicional barrio de Prenzlauer Berg. Aquí es común que los mismos vecinos del sector o estudiantes universitarios lleguen temprano a sus puestos para vender ropa que ya no usan, además de artículos de decoración, libros, muebles y bicicletas, entre otras cosas. Y si se está en búsqueda de algo más sofisticado, hay artículos característicos de la RDA que son considerados verdaderas joyas, aunque a un precio bastante mayor.

Tal como muchas de estas prendas tendrán un nuevo uso y sentido con su nuevo dueño, Berlín ha aprendido a apropiarse de su historia dándole un nuevo significado. Sus paisajes urbanos nos confirman que si bien Alemania derribó el Muro, conservó parte de él en su memoria, pero ahora con un sentido liberador.