En nuestro quinto día recorriendo en kayak algunos de los casi 500 cayos en la costa de Belice, conocemos a Nicolás, un pescador hondureño de origen maya. Salido como desde una cápsula del tiempo, en su canoa construida del tronco de un árbol probablemente idéntica a la usada por sus antepasados hace miles de años. Viene a reunirse con otros recolectores de caracolas, uno de los principales negocios de los pescadores artesanales de la zona y está feliz de poder hablar castellano conmigo. Me cuenta que en este sector hay un tipo de raya, la más grande después de la manta raya y nos invita a avistarla. Bucear con él es toda una experiencia. Usa un viejo snorkel sin mascarilla y sus ojos pueden ver los cardúmenes a la distancia. Hordas de peces azules y anaranjados y la citada manta águila nadando a un par de metros.
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Estamos a unos 50 kilómetros del pueblo costero de Placencia— la capital es Belmopán en el centro del territorio—, en el sur de este paraíso caribeño y sobre el arrecife de coral más largo del hemisferio norte. Globalmente esta barrera compite sólo con la australiana y el Mar Rojo y ciertamente se mantiene más prístina, pues la cantidad de cayos y atolones no permite grandes embarcaciones ni cruceros repletos de turistas. La camiseta de Nicolás lleva el eslogan que uno ve en souvenirs desde que se pone un pie en Belice: You better Belize it. Un juego de palabras que incita a creer lo que vemos en éste, el país más pequeño en Centroamérica. Una isla privada en vez de un resort, nadar a pocos metros del pez más grande del mundo, el tiburón ballena o encontrarse con Sofía Coppola buscando inspiración para su próxima película son cosas que suceden en Belice.

Emplazado entre México, Guatemala y el mar Caribe, este enclave cuyas raíces son una fusión maya, hispano, anglo y africana es toda una experiencia cultural que contiene ruinas, junglas que cobijan reservas de vida salvaje (36 por ciento del territorio está protegido) y cuyo océano con sus arrecifes y cayos es Patrimonio de la Humanidad.
Nuestra semana de island hopping, combinó kayak y barco a motor para transportar equipos, carpas, comida y por supuesto al magnífico chef y guía Eddie, un garífuna que me aclara la diferencia cuando le pregunto si es rastafari, por su pelo que al bucear se confunde con coral. Pertenece orgulloso a esta etnia, los garífuna, traída desde el continente africano para trabajar como esclavos para los bucaneros ingleses y escoceses (Baymen se hacían llamar) que se instalaron en Belice atraídos por el negocio de los bosques de caoba.

Una isla privada en vez de un resort, nadar a pocos metros del pez más grande del mundo, el tiburón ballena o encontrarse con Sofía Coppola buscando inspiración para su próxima película son cosas que suceden en Belice.

Aquí se puede cumplir el sueño de la isla propia. Ya sea por un par de noches acampando en ella, atracando en su playa un yate charteado en Placencia o comprándola al gobierno o al particular al que le pertenecía desde antes que se convirtiera en reserva marina. Como hizo Leonardo DiCaprio, quien tiene un cayo en la zona norte del país o Francis Ford Coppola, quien descubrió Belice en 1981 y compró tierras que transformó en complejos turísticos. El primero en plena jungla (Blancaneaux lodge) y el segundo a orillas del Caribe a sólo 20 minutos de Placencia (The turtle inn). En ellos pasó Sofía sus vacaciones de niña y ahora ha construido su refugio en este último.

Este territorio maya, luego de un periodo bajo dominio español fue colonia británica por más de cien años y hasta 1973 el país se llamó Honduras Británicas, adquiriendo total independencia recién en 1981. De ahí que sea el único país centroamericano cuyo idioma oficial es el inglés. Reminiscencias de ese pasado colonial se mantienen hasta hoy: una joven reina Isabel sonríe desde los billetes locales y la cerveza Guinness es tan popular como la regional Belikin.
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Hemos estado en Gladden Split, Silk Cayes y Laughing Bird, tres de las 13 reservas marinas, buceado con una variedad sorprendente de especies, hemos hecho picnic en islas formadas por sedimentos dejados por el huracán Iris en 2001, tomado cócteles del adictivo ron de coco en un cayo cuya única construcción es un trendy bar y viajado un promedio de 20 kilómetros diarios en nuestros kayaks. Es hora de regresar a tierra firme y partir hacia nuestro próximo destino: la jungla.

Tras un relajado desayuno en Placencia, partimos hacia la reserva de jaguares y el santuario de vida salvaje de la cuenca de Cockscomb. Un denso bosque tropical que cubre un área de 300 kilómetros cuadrados y que es el resultado de la perseverancia de individuos e instituciones en un esfuerzo para proteger no sólo la población de aproximadamente 200 jaguares y 300 especies de pájaros, sino la abundante flora que ha sido expuesta por la acción de huracanes y suelo erosionado por la enorme cantidad de lluvia entre junio y enero.

La red de senderos es una de las más extensas de Centroamérica y al comenzar a subir se impone Victoria peak, la montaña más alta de Belice dominando la cordillera de Cockscomb.

La red de senderos es una de las más extensas de Centroamérica y al comenzar a subir se impone Victoria peak, la montaña más alta de Belice dominando la cordillera de Cockscomb. Llegamos a unos 1.200 metros sobre el nivel del mar, el calor es aplastante y húmedo por lo que nadar en uno de los cenotes, estas grandes pozas naturales de agua fresca con dramáticas cascadas, es un placer incomparable. Somos sólo el guía y nosotros. La sensación de estar muy lejos del resto del mundo permanece aquí. No hay indicios de la presencia de jaguares, divisarlos es prácticamente imposible.

Desde allí viajamos hasta el Caves branch jungle lodge. Un hotel de 5 estrellas que nos hace firmar una declaración en que los liberamos de toda responsabilidad en caso de muerte. El documento habla de serpientes y fieras peligrosas y termina diciendo, ‘no somos un resort esterilizado si eso es lo que busca no está en el lugar correcto’”.
Corremos el riesgo. Al día siguiente vamos a Xunantunich, un centro ceremonial del periodo clásico de los mayas que contiene 25 templos. Desde la cúspide de uno de ellos llamado El Castillo, se obtiene una de las vistas más sobrecogedoras del viaje: los valles de Mopan, Macal y Belice.

El último día hacemos descenso en cuevas. No hay muchos lugares en el mundo donde uno pueda adentrarse en cavernas subterráneas y remar río abajo en un neumático gigante. Llevamos una linterna en la cabeza para apreciar las espectaculares formaciones de piedra caliza en los lugares sin luz natural. Para culminar el día con un clímax acorde a la experiencia, mojados y siguiendo al guía saltamos desde un pequeño acantilado de unos ocho metros a una poza de agua fresca.
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Dormimos en el lodge Mountain equestrian trails en las montañas cerca de San Ignacio. En Belice uno se siente más viajero que turista, pues cada rincón tiene sabor a inexplorado, sin necesidad de renunciar a las comodidades. Aquí se comparte mesas con otros huéspedes. Las anécdotas fluyen y todos coincidimos en que hay que volver. Recuerdo un dicho de Eddie, nuestro chef garífuna: Good soup neva meet good fufu, algo así como: ‘las cosas buenas nunca suceden todas juntas’. Pero en esta tierra sí parecen ocurrir.