Visten como en otros siglos y habitan pueblos que son una fiesta de colores y aromas. Pocas veces un viajero vivirá una experiencia semejante.

La duda no resulta fácil de despejar. ¿El más hermoso lago del mundo es el Como, de Italia, o el Atitlán, que recorremos ahora, en Guatemala, con volcanes llenos de nubes en sus cabezas y coloridos pueblos mayas a sus pies? Al iniciar la navegación rumbo a su pueblo más importante, Santiago Atitlán, un tumulto de nubes oscuras avanza lanzando rayos rojos. Pescadores indígenas se desplazan en minúsculas embarcaciones, que se parecen a las antiguas bateas para lavar ropa. Ubican los cardúmenes sumergiendo y sacando sus cabezas en el agua, y luego ensartan los peces con lanzas. Una belleza simple, perfecta. El cielo al alcance de la mano.
Al regresar tenemos un sentimiento diferente. Los indígenas que viajan junto a nosotros en una embarcación tienen expresiones que nos hacen temer el infierno.
Algo ocurre y no sabemos qué. Nuestro guía, un maya-tzutuhil nos dice con la cara desencajada: “Está soplando el viento xocomil”.
—¿Es peligroso?
—Barre los pecados, y por eso mueve mucho las aguas del laguito, mister. Sería bueno apurarse.
A los pocos minutos el pequeño barco se bambolea como una campana. Nos explica que hace siglos, el lago Atitlán se enamoró de una princesa que por las noches se bañaba desnuda en sus aguas, sin permiso del rey. Se lo prohibieron, y nunca más el lago pudo ver a su enamorada. El Atitlán “exaltaba las pasiones de la princesa”. Y hasta hoy, al acercarse la oscuridad, suele estremecerse de dolor. Por eso, al sentir las primeras brisas del xocomil, los navegantes buscan puerto manso.

Vamos con el acelerador a fondo de regreso a Panajachel, o Gringotenango, el puerto de los turistas, que tiene buenos hoteles. El lago amenazante se ve todavía más bello que al amanecer. Rojizas nubes del crepúculo parecen resbalar por las faldas de los volcanes, como si quisieran desnudarlos. Mujeres que lavan en la orilla miran más al cielo furioso que a su ropa enjabonada.
Lo que afecta a los viajeros no es el temor, sino la pena del adiós. Después de recorrer los pueblos de la orilla, de mezclarse con los mayas en Santiago Atitlán y otros pueblos, que parecen vestidos para una colorida ópera indígena, se van con la certeza de que no les será fácil repetir una experiencia de viaje semejante.
Decidimos conocer el Atitlán después que alguien en Antigua Guatemala o en Chichicastenango nos hablara con entusiasmo de la zona de Sololá.
Ahí los mayas visten como si fueran personajes de cuento. Y encontrarán el lago Atitlán. Tienen que verlo.
Trepamos 1.500 metros o más, por los caminos irregulares que nos trajeron al altiplano central guatemalteco, donde en el siglo XX las guerras y guerrillas alborotaron sus montañas. Pero alguien nos asegura que “ahora se vive en paz”.
El camino avanza como si fuera en medio de una enorme huerta, entre pequeños valles, de maíz y de raps. Todo rincón se siembra, porque hay tres a cuatro cosechas al año. Algunos cultivos se acercan a los cráteres. Así imaginamos el mundo de los mayas hace dos mil años, aunque se diga que no fueron buenos agricultores. Hay a cada paso pequeñas casas pintadas con alegría. Y con frecuencia se asoma un multicolor transporte rural, el ‘bus de las gallinas’, que baja por caminos que parecen toboganes. De ese encantamiento pasamos, en unos segundos, a la fiesta mayor: hemos descubierto el lago Atitlán desde el pueblo de Sololá. Tiene forma de quitasol. La docena de pueblos alrededor del lago forman una ronda que tiene siete siglos. Las ropas son distintas en cada lugar, y por eso no puede extrañarnos que haya en Guatemala más de 350 trajes nacionales. En estos pueblos —especialmente en Santiago Atitlán— podemos ser testigos de un fenómeno religioso que parece situado al comienzo de la colonización de América: en los templos cristianos los indígenas tienen su propio espacio, sus imágenes, sus ceremonias aparentemente simples, como si la mezcla de religiones —el sincretismo—, estuviera recién iniciándose. El chamanismo, la magia y la medicina popular se mezclan sin esfuerzo. Entrelazan con especial habilidad las creencias católicas con otras indígenas, aderezando con algo de magia. Conjuros, rezos, pócimas, brebajes, santos y vírgenes. El sincretismo más afiebrado. La verdadera religión es la mezcla de todas.

SANTIAGO ATITLÁN SE ENCUENTRA EN EL OTRO EXTREMO DEL LAGO, junto a volcanes cubiertos de blanco. En nuestra lancha viajan mujeres que visten el característico huipil, recortado como blusa, y no en forma de túnica. Algunos hombres llevan abstractos murciélagos bordados en la espalda. Cada tanto aparecen pueblos con sus pies en el agua. Por sus nombres, hacen que el Atitlán parezca Tiberíades, el lago de los apóstoles: San Juan, San Lucas Tolimán, San Pedro La Laguna, San Antonio Palopó, San Marcos La Laguna, Santiago Atitlán… Y hasta San Simón. De él proviene —según se cree— el habitante más extraordinario del lago: Maximón, una imagen singular. Nuestro propósito es encontrarle en Santiago Atitlán. Llevarle un poco de aguardiente, unos puros y varias monedas. Advierten que lo difícil será ubicarlo, pues cambia de cofradía todos los años; va de casa en casa, y la pequeña ciudad está formada por calles aldeanas con vocación de laberinto. Maximón, el santo, tiene cara de palo y muchos vicios. Lo fotografiaremos para dejar constancia de su impúdica existencia.

Al desembarcar en el muelle de Santiago Atitlán, eludimos un enjambre de vendedores. La mayoría son niñas indígenas que visten y peinan como para ser fotografiadas. Algunas llevan crías en brazos. Venden artesanías traídas de todo Guatemala. Otros las producen aquí con telares de cintura o de pedal, con tornos sencillos, con dedos diestros como palillos. Tejen, pintan y tallan el arco iris. En el camino que lleva a la iglesia de Santiago —que tiene hermosos paneles con las tradiciones locales— resulta difícil no comprar uno de esos prodigios tejidos o bordados.
Cuando abandonemos el pueblo, estarán llegando otros viajeros desde los mil lugares de Guatemala donde se celebran fiestas patronales o llamativas ferias indígenas como en Totonicapán, Jocotenango, Quiché o la lejana Chicacnab, cerca de Cobán, tierra de los quetzales, cuyos habitantes mayas que hablan qéqchi no parecen tener muy claro que un tal Colón llegó a América. En el departamento de Sololá cada martes es el día de mercado y acuden los indígenas con sus increíbles trajes.
En los 17 kilómetros de diámetro de Atitlán sobresalen los gigantes llamados Tolimán, San Pedro y Atitlán, volcanes que hoy es posible escalar. Podemos llegar a los villorrios caminando, en bicicleta o en auto, por caminos amables. Podemos nadar, bucear, meternos en sus ferias y sus templos, conocer la historia de esos pueblos de siete siglos. También hacer alas delta; alojar en muy buenos hoteles donde a la hora de comer suena la marimba, y a veces los chinchines, cheremías y otros instrumentos coloniales. Como nadie necesita gastar fortunas, Atitlán y Panajachel —a 130 km de la capital— se han convertido en el nuevo boom turistico de Guatemala.

Y lo principal es que al viajero lo esperan los mayas, unos 30 mil tzutuhiles y cakchiqueles, que protegen sus tradiciones, usan ropas fuera del tiempo, y quieren seguir siendo lo que son. Piden respeto sin olvidar la simpatía. Son herederos de los personajes que nos habla el Popol-Vuh, libro nacido en este vecindario, en Chichicastenango: “Dioses divinos que decidían el agua con la lluvia; la luz con el sol; el alimento con el maíz, la vida con la muerte…”. Los mayas están repartidos hoy día por cinco países vecinos. Alguien sacó la cuenta que sólo en la pequeña Guatemala el mundo fue creado de 28 maneras distintas. Nadie, eso sí, parece haber inventado la forma para que los mayas desaparezcan. Y alrededor del Atitlán seguirán teniendo el más hermoso de sus reinos.

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