Por la ventana de la habitación, en el sexto piso del hotel Ritz-Carlton, veo por última vez esa escena de postal: el mar calmo, verde turquesa, las arenas blancas, el sol languideciendo, los turistas bronceados que matan el día sujetando en la mano un Cadushi: puré de cactus, ron de caña, triple sec y limón. Entonces pienso que era verdad lo que decían de Aruba. Su eslogan reza: one happy island. Para mi desgracia, la felicidad no es eterna. En pocos minutos me embarco de regreso a Chile. 

Wp-ritz-aruba-450

Llegamos un día martes, pasado el mediodía. Desde el cielo la isla es una franja que mezcla colores tierra y verdosos. En el aeropuerto nos espera Jasmin —una morocha bajita y voluptuosa, madre de un adolescente, y la encargada de ser nuestra guía en esta aventura—. Antes de llegar al hotel nos lleva a almorzar a un chiringuito a orilla de mar (un clásico dentro de la oferta gastronómica arubense). La carta del The West Deck tiene mucho pescado, cangrejos y camarones, también plátano frito, tostones y frutas caribeñas. Muy propicio para aplacar un día caluroso como todos los del verano isleño, en donde la temperatura fluctúa entre los 28 grados como mínima y los 32 como máxima.

Jasmin habla castellano. También, como la mayoría de los arubenses, inglés y holandés —de hecho, la figura político-administrativa de Aruba es la de un país autónomo perteneciente al Reino de los Países Bajos, igual que Curazao—. Pero sin duda lo que los hace únicos es el Papiamento, dialecto que funde no solo los tres idiomas, sino también el portugués, algunas lenguas africanas e incluso hay quienes dicen que recoge cierta influencia alemana, lo que la convierte, como habría de esperarse, en una forma de comunicarse… ¡infernal!

Wp-fofoti-aruba-450

“Troqui troqui, bunshi, boni bini…”, dice Jasmin al teléfono y nosotros nos miramos con cara de oír a una extraterrestre. Lo bueno del Papiamento es que por más que intentes comprender, no vas a entenderlo en una semana ni en quince días. Entonces aplica aquello de que un problema sin solución deja de ser un problema. 

Aruba se vende fundamentalmente bajo la etiqueta de playas. Y, en ese afán, no se queda corta. La costa oeste ofrece 12 kilómetros de arenas casi blancas y aguas cristalinas, desde Palm Beach a Baby Beach. Algunas de ellas tienen sus particularidades como Eagle Beach —donde anidan tortugas cuyos huevos son protegidos con vistosas demarcaciones— o Renaissance Beach —la playa de la isla del hotel homónimo que está habitada por flamencos—. Los grandes hoteles, que los hay por doquier —Ritz-Carlton, Marriot, Hyatt, Radisson, por nombrar algunos— ofrecen distintos servicios de playa. El Ritz-Carlton, además de reposeras y un bar atendido por personal del hotel que se transporta en monociclos eléctricos, incluye unos cómodos flotadores en forma de sillón que permiten disfrutar de la brisa y el mar caribeño como si estuvieras en el living de tu casa… de tu casa en Aruba, claro. 

Wp-terraza-aruba-450

Los días pasan rápidos. Una mañana salimos directo desde el hotel al embarcadero del Varadero Aruba Marina. Ahí nos espera Rudy Kelly, con su yate. Rudy tiene una embarcación que ocupa para salir a navegar alrededor de la isla los fines de semana. Su padre construía grandes lanchas y desde niño llevó a Rudy junto a él para contarle los secretos del mar y la pesca. En memoria de su padre, Rudy bautizó su yate con el apodo con que era conocido su progenitor: Zaga Boy. Al mando del timón, y mientras suena una sufrida salsa, me cuenta que en los días más translúcidos es posible ver en lontananza Venezuela —está 25 kilómetros al sur de la isla—, cuestión que esta mañana el polvo del desierto del Sahara, que llega hasta estas latitudes, impide. No sé si me habla en serio o me está tomando el pelo. Como fuere, de tanto en tanto los aviones cruzan el cielo como para recordarnos que esta isla no está separada del mundo. Un alto para quitarnos la ropa y lanzarnos al agua: refrescante, apenas tibia, calma. Un sueño.

Pero al atractivo de sus playas Aruba suma los restoranes. Es prácticamente una experiencia comer ahí, a orilla de mar o, en algunos casos, prácticamente en el mismo mar. Es lo que pasa en Pinchos Bar and Grill —donde es posible probar el Aruba Ariba, un cóctel que tiene ron, vodka, crema de plátano, leche de coco y jugos de arándano, naranja y piña— o en el ZeeRover Restaurant, prácticamente un palafito que se adentra en el mar. Aquí, apenas llegas eliges los pescados que te vas a comer. Te sientas a la mesa en unas bancas de madera y en cosa de minutos llegan unas bandejas con los pescados, además de plátanos fritos y langostinos. La gracia es sacar las presas de las cestas y comer con la mano —para estos efectos hay un grifo que opera como agua de manil—. Toda una experiencia que incluso cuenta con una mesa de pool. 

Wp-diving-aruba-450

También los hay elegantes, como el White Modern Cuisine, ubicado en el Palm Beach Plaza Mall, donde se aprecia la comida de autor del chef Urvin Croes y probar la pechuga de pato glaseada con jarabe de arce. O en el Screaming Eagle, donde la mano de Erwin Hüsken puede ofrecer un carpaccio de solomillo de angus negro o unos caracoles de Borgoña a la mantequilla. Sofisticación, buen gusto y sabor. 

Las sorpresas de Aruba no acaban ahí. Si bien cuentan con un número importante de inmigrantes, que llegan preferentemente de Colombia y Venezuela —seducidos por lo que significa trabajar en una isla donde el estrés es prácticamente una ficción—, los arubenses son muy afables y acogedores. Un ejemplo es el caso de Osyth Henríquez, la anfitriona de la fabulosa Casa Alistaire (una casa hippie-chic que está literalmente en el mar: cuenta con un embarcadero y la terraza se levanta a varios metros de la orilla); o Fernando Mansur, gerente y fundador de House of Mosaic (una casa de eventos donde hay desde una milenaria silla japonesa hasta un bar de oxígeno), un personaje por donde se lo mire, extravertido y excéntrico.

Wp-mainstreet-aruba-450

Ellos forman parte de las mil caras de Aruba. Una isla que es playa, que es gastronomía, pero que también es un parque de 32 kilómetros cuadrados (el Parque Nacional de Arikok), un zoológico que rescata animales de todo el mundo para darles un hábitat más amable (el Philip’s Animal Garden), una aventura en buggies por el lado este de la isla o una tarde de snorkel en Palm Island que permite descubrir que si en la superficie Aruba es una fiesta bajo el mar también lo es. 

Como dice el propio Fernando Mansur: “Aruba es una isla tan pequeña en el mapa que algunos creen que es un error de impresión. Pero es tanta la felicidad que encuentras que da lo mismo el tamaño. Imagínate que una vez nos bombardearon  —los alemanes, en la Segunda Guerra Mundial—, pero los torpedos no hicieron explosión. ¡Cómo no vamos a estar agradecidos!”.

Tiene razón, Mansur. Una isla feliz, digo, mientras dejo la habitación en el Ritz-Carlton. Una isla feliz, repito, mientras termino de escribir esta nota.