“La Tierra del Fuego tiene uno de los climas más horrorosos del mundo”, fueron las palabras que el mareado Charles Darwin escribió luego de que su embarcación, el Beagle, intentara tres veces llegar a una roca maldita flotando en la mitad de la nada, donde el Atlántico y el Pacífico se unen: el Cabo de Hornos.

Sólo algunos se atrevieron a seguir, y a quienes lo conseguían, además de hacerse millonarios abriendo nuevas rutas de comercio y tráfico de especias, y de conquistar a su paso a varias reinas, se les entregó otra recompensa; ser parte de una hermandad internacional conocida como los cap horniers. Quienes se hacían parte de este grupo tenían derecho a tres ritos: colgarse un aro en la oreja izquierda, poner el pie sobre la mesa y mear en contra del viento. Un premio que podría parecer de lo más justo, cuando el castigo para otros diez mil que lo intentaron fue la muerte. Todos, junto a sus embarcaciones, descansan acá, en este cementerio flotante.

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Tierra del Fuego es uno de los archipiélagos más grandes de América, compartido con Argentina, se compone de seis islas principales y varias más chicas, incluyendo las famosas Lenox, Pinto y Nueva. Todas fueron habitadas por yaganes, kaweskar y alacalufes, quienes resultaron cazados, comercializados y secuestrados por “desgraciadas relaciones con los colonos que llegaron hasta allá”, como contó Francisco Coleane en su libro.

Hoy sólo un diez por ciento de ellas se encuentran ocupadas y el resto pertenece al Parque Nacional Cabo de Hornos, Alberto de Agostini, uno de los más grandes de América.

El amanecer por el mar en Punta Arenas es la primera parada de la expedición Australis y también el primer imperdible de este recorrido. Bordeada por las aguas del Estrecho de Magallanes, este es el único lugar del país donde el sol aparece por el este. Vale una madrugada y ver, aunque sea desde la ventana del hotel, el espectáculo de un cielo que se vuelve naranjo y que convierte al estrecho en un espejo, que ilumina y despierta de a poco a la ciudad de los techos rojos, como se conoce Punta Arenas.

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Después de un desayuno, que se recomienda sea liviano, habrá que prepararse para el cruce hacia la isla. El estrecho casi siempre se encuentra tranquilo, pero dependiendo del clima y desde donde se cruce se verá el tiempo real de desplazamiento hacia la isla.

Durante el viaje lo recomendable es moverse y no quedarse bajo techo por dos razones, una para evitar el mareo, y la segunda, para ver a las simpáticas toninas, una especie de delfín austral, blanco y negro, que salta y juega con las barcazas.

El desembarco es en Bahía Chilota, a cinco kilómetros de Porvenir, desde donde se consiguen los mejores platos de centolla austral. En el Club Croata la sirven de manera suculenta, y no supera los 10 mil pesos, independiente de la cantidad de patitas que se le pongan, que es donde se concentra la carne más rica. Si tiene la mala suerte de ser alérgico, otra apuesta segura es el salmón y para los más atrevidos las milanesas de guanaco. Todo un orgullo local.

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Hace tres años Cecilia Fernández se encontró con casi cien autos afuera de su estancia cerca de Bahía Inútil. Salió a ver qué pasaba y descubrió un grupo de quince pingüinos rey revoloteando por el patio. “La gente no sabía qué eran, ni cómo cuidarlos, un montón los maltrataba. Les ponían jockey, anteojos, y se sacaban fotos”, dice. En ese minuto empezó a sentirse responsable de los pingüinos, sintió que tenía que cuidarlos. Pasaba días enteros mirándolos y protegiendo que nadie más se les acercara, hasta que junto a su marido decidieron ir por más y formaron el primer parque privado de pingüinos en la Patagonia.

“Pensé que los pingüinos venían a pasar un rato, pero después me di cuenta de que se fueron instalando, y que cada vez llegaban más”. Es que al parecer, los animales están volviendo porque hay leyendas selknam que cuentan que hace 500 años había de estos pingüinos por acá”, asegura. El panorama es instalarse a mirar qué hacen. Ojalá que alcance el periodo de crianza, que es donde se sacan las mejores fotos.

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Unos 450 kilómetros separan a Porvenir de Ushuaia, que es la ciudad argentina donde nos embarcaremos. Un largo trayecto que conviene mirar despierto. En el norte, el paisaje es desértico; pampas amarillas teñidas por el coirón, una especie de pasto duro que sobrevive bajo la nieve junto a enormes rocas que quedaron ahí desde el Paleolítico arman un paisaje de aspecto marciánico; rojos, naranjos y amarillos tiñen el paisaje. Hacia el sur, todo se vuelve verde, las montañas aumentan de tamaño, aparecen ríos, lagos, y los glaciares se cuelgan de los cerros.

El clima es impredecible. Los cielos amanecen soleados, y en minutos aparecen chubascos o nevazones. No es garantía la estación del año porque, como dice la canción, ¡En Magallanes el sol no calienta!

“Esta tierra está ligada a mi sangre y la calidad de vida es única”, cuenta Rodrigo Fuentes, magallánico y guía de la expedición. “Cuando conocí Tierra del Fuego me di cuenta de que no quería moverme más de acá”, comenta mientras tomamos una cerveza patagónica y a lo lejos se ve como el atardecer cae sobre el próximo destino: los glaciares de la Cordillera de Darwin. Piloto, Aguila, Pía y Garibaldi son algunos de los gigantes blancos, bordeados por los canales australes que abren las puertas de la segunda parte del viaje.

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Es que los magallánicos tienen demasiados orgullos locales: cerveza, bandera propia, himno, todo un vocabulario que poco se diferencia de los argentinos y, como ellos dicen, su propia cordillera: La de Darwin, la dentadura blanca y radiante que alumbra a todos los que alcanzan el fin del mundo.

“La gran amenaza de los glaciares es la salinidad del mar. Sus comportamientos son particulares y extraordinarios, esto de que avancen ocurre en pocos lugares del mundo y es algo que vale la pena estudiar”, cuenta Rodrigo emocionado.

La invitación es a mirar en silencio a estas tremendas masas y estar atento a cuando sus grandes pedazos caen al mar, formando una especie de oleaje. No hay mejor lugar para entender la inmensidad de la naturaleza de este lugar que Bahía Wulaia, que significa en yamaná Bahía Hermosa. Ubicada al oeste de la isla Navarino, en medio de bosques y donde el viento sopla tan fuerte que corta el habla.

Cerros verdes, bordeado de aguas azules cristalinas, contrastan con la parte de la historia desgraciada de este lugar y donde Robert Fitz Roy y otros ingleses sedujeron con objetos que traían en el barco a un grupo de indígenas.

En Wulaia se encuentra una casa museo que vale la pena visitar para entender la parte más desgraciada de la historia de la caza y persecución de los indios, pero también un espacio con rincones que sorprenden. Hay un baúl repleto de cartas. En éste se revive una vieja tradición cap hornier: la de entregar correspondencia a quienes vienen de otros lugares del mundo. Así cada viajero deja un mensaje, y si alguien lo encuentra se lo lleva hasta su destino.