Yerko Puchento nació como una respuesta a la farándula. El personaje partió como la caricatura de uno de los primeros periodistas que comentaron en televisión los pormenores de la nueva casta de celebridades aparecidas del fútbol y las discotecas, un subgénero bastardo de la tradicional prensa del corazón dedicada al jet set de otras latitudes. Los creadores de Yerko Puchento —el actor Daniel Alcaíno y el guionista Jorge López— supieron darle un giro al personaje cuando la burbuja creada en torno a la farándula reventó.

Nació entonces una nueva dimensión de Yerko: la del bufón de la corte que se permitía apuntar a los políticos y a los poderosos. La figura del afeminado de lengua venenosa —un estereotipo más de ‘la loca’, siempre en el límite de la homofobia—, cobró entonces el atributo de los justicieros heroicos. Eso ocurrió en Vértigo. En adelante el momento en el que aparecía Yerko Puchento sería el clímax del programa. Ese impulso parecía incombustible hasta la temporada de este año, cuando el filo de su rutina ya no enciende los ánimos del mismo modo. La broma que le gastó a la actriz Daniela Vega en el primer capítulo de Vértigo no era políticamente incorrecta, era sencillamente predecible en su burda crueldad. Ese chiste es el tipo de humor de patio de colegio que habría tenido que aguantar alguien como el mismo Yerko, si existiera. Pero no existe. Yerko —el personaje— es finalmente la creación de dos varones heterosexuales que nunca debieron comparecer ante el mundo por lo que eran y no podían dejar de ser.

Las denuncias de decenas de telespectadores al Consejo Nacional de Televisión que provocó la broma a la protagonista de Una mujer fantástica es una alarma que los creadores del personaje debieran atender. En el gesto de reírse del aspecto de una ministra o de la capacidad intelectual de una chica que fraguó una carrera en televisión a contramano de su origen social, no hay un desafío, no hay mayor creatividad que hacer lo que siempre se ha hecho en Chile: humillar al distinto, al que no combina con nuestras expectativas sobre el poder, maltratar a las mujeres, reírse del moreno, del indio, del inmigrante. El desplome en cámara lenta de la popularidad de Yerko Puchento tiene que ver con eso, con un personaje que en lugar de enfrentarse a las convenciones, las refuerza, transformando su rutina en una advertencia conservadora disfrazada de irreverencia.