The Voice es un concurso de talentos, pero con un valor agregado. A diferencia de otros —como Rojo o Talento chileno— en donde un jurado sencillamente vota por quien les parece mejor, en The Voice existen entrenadores o coaches, que seleccionan en audiciones ciegas la voz en la que ven un potencial. Así logra instalar el sentido del mérito puro y duro por sobre la imagen. Un juego astuto que le imprime un primer impacto dramático al espectáculo. La tensión se refuerza con la diversidad del casting: mujeres, hombres, jóvenes, trabajadores, morenos, rubios… y la mayor representación de la diversidad sexual vista hasta ahora en la TV local. Cada uno de ellos es presentado con su historia, familiares y amigos. Dicho sea de paso, es posible que las franquicias internacionales —como Master Chef— hayan empujado a que los grandes canales chilenos por primera vez pusieran rostros y cuerpos alejados del estereotipo de belleza europeo, en horario nocturno prime

Si durante las audiciones una voz es elegida por más de un entrenador, será disputada entre ellos para educarla con clases de canto. El nuevo talento seleccionado decidirá con quién quedarse para pasar a la siguiente etapa: la competencia de equipos con clases personalizadas. 

El principal problema para hacer The Voice en Chile es estructural: es un programa que promete a los espectadores la posibilidad de ser testigos del proceso que transforma alguien común con un talento, en una estrella. Supone ser el registro del primer paso de una carrera en la industria musical, es decir, una carrera en algo que en nuestro país apenas existe en términos artesanales. 

En sus versiones internacionales la franquicia ha logrado un éxito rotundo principalmente porque quienes son encargados de pulir los talentos en bruto son personalidades —cantantes y productores— que han triunfado en la industria y están plenamente vigentes: Kylie Minogue, Tom Jones, Mika, Pharrel Williams, Gwen Stefani y Will I Am. La verosimilitud de esa fantasía es la principal debilidad de la versión chilena que ya ha sido testigo de la virtual desaparición de todos los personajes que lograron fama con Rojo o Talento chileno. Las voces, en esos casos, eran célebres sólo mientras fueran figuras de televisión. Fuera de ella no había nada excepto eventos de discotheques.

Nicole, Franco Simone, Álvaro López y Luis Fonsi son los rostros encargados de mantener la fantasía que promete The Voice, un programa que sin lograr el impacto rotundo que tuvo en otros países, al menos le ha impuesto mayor intensidad a la competencia por la audiencia.