Hay algo extraño en la nueva versión de Vértigo de Canal 13. Algo parecido a una sensación emotiva. Un dejo que va más allá del planteamiento del programa —famosos obligados a soportar el acoso y acorralados por el público que los desecha o salva— que se ajusta a las nuevas tecnologías sin perder su eje. Se trata de un aspecto inasible que nos indica que a pesar del aggiornamiento en el uso de aplicaciones para smartphones como forma de eliminar a los invitados, a pesar de los cambios de ritmo y la puesta en escena, Vértigo se ha transformado, quizá sin quererlo, en un programa de nostalgia sobre un mundo que se fue. Una época tan cercana —la primera década del milenio— que nos parece actual, contemporánea, cuando en realidad es pasado, pretérito imperfecto de una escena que se desarmó con el declive de la farándula y la crisis de la televisión abierta que dejó, como principal malherido, a TVN. 

La versión de este año parece, como ninguna otra, la de los testimonios de quienes vivieron una fiesta que ya no existe más, en donde personajes como la doctora Cordero se mezclaban con el auge del axé, los conflictos de Maldonado y Argandoña y el último vestido de la mayor de las Bolocco. El imperio del comidillo dejó de ser el plato principal y los sobrevivientes de la resaca asisten a esta jornada de recuerdos con un currículum que apenas los autoriza para ser considerados celebridades. Son más bien los testigos del fin de una época que nos mantiene en una transición. Vértigo los convoca, porque debe hacerlo. La gente se burla, los juzga, los animadores los interrogan, pero cada intervención de ellos es escuchar hablar en una lengua muerta que pocos se interesan por revivir. La verdadera atención sobre el programa, el verdadero gancho es Yerko, o más bien su rutina, que más que una rutina es la performance de quien supo hábilmente cambiar el rumbo la temporada pasada, cuando el personaje pasó de hostigador de la farándula más vacua a bufón feroz del acontecer político. 

Yerko es el puente que conecta con el espíritu de la época televisiva, los restos aun frescos de un pasado que no se resigna a su propio entierro y un presente sin certidumbre sobre la industria de la televisión abierta y el futuro de los programas de entretención nocturnos. Aquellos que en Chile llamaron ‘estelares’, para subrayar el hecho de que a esa hora y en ese canal, era posible ver a las estrellas inalcanzables brillar. Lo que estamos viendo son los tibios intentos por darle vida a cuerpos que más que celestes, se ven opacos.