Antes de las ‘narconovelas’ que parecen invadir la pantalla con relatos de presidiarias y agentes secretos, hubo un engendro fundacional en el género bajo la mirada de un chileno que emigró casi sin oportunidades de Santiago a México. Ese hombre, que ahora repasa su vida en un elegante departamento del barrio El Golf, continúa siendo materia de estudio cuando se habla de industria televisiva, el mismo que en estos días es protagonista de un libro que acaba de lanzar la editorial Miguel Angel Porrúa bajo la investigación y la pluma de Tere Vale.

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Valentín Pimstein, una vida de telenovela reza el título para atrapar una identidad velada detrás de personajes que se debaten entre la moral del esfuerzo y la difícil escalada social. Gran señor del melodrama, logró que figuras como Emilio Azcárraga Milmo confiaran en su hábil cabeza para mover los hilos de una sociedad que quería ver de frente sus tragedias y esperanzas.

Gutierritos, Mundo de juguete, Los ricos también lloran, Carrusel, Viviana, Colorina, Rosa Salvaje y Simplemente María y María Mercedes, son algunas de las cuarenta piezas que Pimstein lanzó desde la pantalla mexicana a todo el mundo, con inusuales doblajes al chino, ruso y más, al punto que hasta hoy muchas de ellas se siguen transmitiendo como clásicos de un lenguaje que tiene su origen en el alma latina. Su gran valor, coinciden todos ahora, es haber puesto los ojos en las clases menos favorecidas.

Lejos de las vanidades de la aristocracia mexicana, que siempre miraba el cine y Hollywood como la gran máquina hacedora de sueños, no traicionó su propio origen. “Recuerdo ese conventillo céntrico en Lo Encalada 444, donde yo vivía. Junto a los demás niños montábamos obras de teatro creadas por mí. Todos los vecinos iban a verlas”, nos dice pocos días antes del lanzamiento del libro en México, el pasado 17 de noviembre. No pudo viajar por instrucción médica. Luego de una caída en abril pasado sufrió una fractura en el acetábulo con compromiso del fémur.

“Pero la verdad no pude ir por la altura, tengo un corazón frágil”, dice mientras se desplaza entre sesiones de fisioterapia y almuerza con sus hijos que lo vienen a ver de Estados Unidos y Barcelona

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—¿Cómo la infancia en Chile marcó su carrera? Sabemos que vivió en el barrio Brasil, que conoció el Santiago profundo de los años ’20 y ’30, ¿Qué elementos de ese período aparecieron después en sus narraciones para la televisión?

—La vida de conventillo, los juegos, los amigos, todo…  Más adelante veía cómo mi madre iba una vez a la semana al cine Santiago para devorar películas mexicanas. Ese era su gran entretenimiento. Un día le pedí que me llevara y en ese momento nació la pasión por México y por su cine.

—¿Imaginó que su llegada a México tendría tanta fuerza y éxito cuando recién partió? 

—Mi llegada fue muy cuesta arriba, con mucho esfuerzo. Me costó un año hacer antesala en la oficina de los estudios de cine Filmex para finalmente poder entrar a trabajar allí. Y no fue como director sino como el asistente del chofer del camión de utilería de esa compañía y por eso siempre digo que yo entré por la puerta grande al mundo del cine, porque por la puerta chica no cabía el camión (responde con humor reflexivo).

—¿Cuál era su sueño en ese momento?

—Sencillamente poder entregar al mundo historias contadas desde el corazón y llenas de esperanza. Gracias a mi pasión, dedicación y constancia lo pude lograr.

—¿Qué cosas lo emocionan hasta hoy?

—Hay momentos inolvidables. Recuerdo que con Mundo de Juguete se logró hacer una campaña nacional de vacunación contra la polio. También cómo pudimos explicarle al mundo que existía la Línea del Ecuador, donde pusismos a la actriz Graciela Mauri con un pie en cada hemisferio. El festival Cervantino y su alcance. O habernos dado cuenta de que una gran mayoría de mexicanos no conocía el mar. Cuando pusimos las imágenes de Acapulco, la gente estalló de alegría.

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Con Verónica Castro, su trama rompió todas las fronteras. También con Lucía Méndez, Angélica Aragón y Victoria Ruffo, pero fue con la primera que el mundo latino penetró con fuerza en audiencias impensables. De todo el mundo corrían lágrimas en torno a esta mujer que llegaba de sirvienta para luego enamorarse del ‘señorito de la casa’. Titulada como Los ricos también lloran, tuvo mil incidentes antes y después de su producción. Cambios de elencos por las huelgas del sindicato de actores de la época e inevitables variaciones respecto al argumento original. Traducida a 25 idiomas, llegó a todos los continentes y fue la primera teleserie que ingresó a la televisión española, inaugurando una tradición que se mantiene intacta. La teleserie siguió su éxito, pero cargada de tropiezos que parecían darle más fuerza a su trama fuera de la pantalla. El régimen de turno en Argentina censuró su nombre porque atentaba contra los valores de la elite. Y lo mismo pasó en Chile, donde el general Augusto Pinochet no miraba con confianza a esta troupe de chilenos en el exterior, donde además estaba Claudio Guzmán y Arturo Moya Grau: siempre más del lado de los desfavorecidos. Prohibió el título y la teleserie se transmitió por el entonces canal de la Universidad de Chile como Mariana. “Nada nos importaba, éramos felices porque habíamos logrado atravesar fronteras y que México existiera internacionalmente”, cuenta.

—Pero no parece ser su gran orgullo...

—Lo es. Como también lo fue Colorina, escrita por el chileno Arturo Moya Grau, sobre todo por el revuelo que marcó. Era un escándalo en la época, tener a una protagonista que fuera una prostituta. Había una frase que la definió para siempre: una prostituta puede vender a su hijo pero una madre jamás. Recuerdo a Rina, donde tuve a una jorobada y rompimos el arquetipo de la heroína linda. También María Mercedes, por poner a México nuevamente a bailar danzón.

—¿Cómo era una heroína de las teleseries de los años ’80? ¿Qué rasgos tenía en comparación a las actuales?

—Correspondían a arquetipos muy marcados. Puras, vírgenes, de una moral intachable, luchadoras, humildes y con más corazón. Eran más humanas. Tenían un propósito más a nivel de sentimientos. Se les premiaba con el final feliz. Las actuales son más frías, más calculadoras, más despabiladas y no tan ingenuas ni nobles como las anteriores.

—¿Y las villanas, las antagonistas? Aparecían exageradamente malas. ¿No cree que esos límites entre buenos y malos ahora son menos gruesos?

—Claro, las villanas eran malas-malas. No tenían posibilidad alguna de redención. Y siempre estaban destinadas a recibir su castigo. Actualmente se ha salido de estos arquetipos y ya no son ni tan blancas ni tan negras. Diría que se manejan dentro de tonos de grises. Me imagino que es por esta tendencia de contar novelas más ‘realistas’.

—La televisión es un trabajo casi de tiempo completo, ¿cómo fue el apoyo familiar para lograr cierta armonía?

—Yo afortunadamente tenía a Victoria, mi señora siempre a mi lado. Ella se ocupaba de criar a nuestros hijos, de la casa y de todo lo demás. Incluso hasta de las finanzas. Era la única forma para que yo pudiera dedicarme a crear en paz.

—También trabajó con su hija, ¿qué cosas quiso transmitirle como valores a la hora de trabajar en el duro mundo del cine y la TV?

—A mi hija Verónica traté de enseñarle el respeto absoluto al público. Así como valores éticos y la responsabilidad que conlleva entretener. Mi gran deseo fue siempre tener historias inclusivas, que reunieran a la familia en torno a un televisor, donde nadie se sintiera ofendido o excluido. 

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—Y a la hora de formar equipos, ¿cuál ha sido su receta?

—Uno no contrata a un amigo para ayudarlo. Si éste no está capacitado para el trabajo, sencillamente lo ayudas prestándole dinero o regalándole cosas. Pero no se mezcla el trabajo con la amistad. Como un mandamiento: en el trabajo siempre contratarás a la persona mejor capacitada para lo que necesites.

—Si los ricos también lloran, entonces ¿qué hace feliz a los pobres?

—La esperanza es la que lleva a los pobres a soñar y ser felices creyendo que siempre habrá un mañana mejor.

—En ese sentido, qué es mejor: ¿dejar feliz al espectador, o hacer justicia en la pantalla?

—El final feliz es cuando se alcanza lo anhelado y se logra la difícil justicia.

—¿Existe alguna historia que le hubiese gustado contar o televisar y no pudo?

—Sólo una: La Biblia.