Altamente adictiva, UnREAL demostró en su primera temporada que podía ser muy ruda, con personajes fascinantes y detestables a la vez, moviéndose al ritmo frenético que exige producir un reality en la competitiva televisión estadounidense.

Indisimulada y ácida sátira al backstage de programas como “The Bachelor”, en esta segunda parte Rachel (Shiri Appleby) ha sido ascendida a productora de la temporada 14 de “Everlasting”.
Las sorpresas desagradables, las rudas patadas en las canillas, los cuchillazos por la espalda se suceden en un continuo, como una coreografía ágil entre depredadores, donde nadie pierde los estribos ni menos el glamour. Parte de la rutina de este equipo de trabajo es no esperar nada bueno de nadie, ni tampoco tener ninguna consideración con sus “víctimas”, es decir, las chicas que convocan a su casting.

Claire Underwood empalidece ante la serenidad, desparpajo y ferocidad con que Rachel (¡qué gran antiheroína!) y Quinn (la premiada Constance Zimmer) negocian, manipulan y zafan de las zancadillas que sus enemigos -que varían de un momento a otro- les van interponiendo.
En Rachel y Quinn -a diferencia de la hierática Claire- hay un cierto nervio, hay pasión y también desvergüenza mientras circulan por la historia.
En esta temporada, Rachel ya está más en control de sí misma, no tiene ese aspecto de estresada al borde de la sicosis con que partió y hasta luce atractiva, aunque razones para estar intranquila le sobran.

Solo que ahora asumió que su talento consiste en ser cruelmente manipuladora. (Conciencia anestesiada se llama).
No importa que en la temporada anterior Quinn, su jefa, haya destruido su vida, como le recuerda alguien. En este mundillo cruel, desenfadado y bullicioso, las alianzas se hacen y se deshacen a la misma velocidad y con el mismo pragmatismo con que se produce el show.

“Yo digo locuras y tú haces que pasen. (…) ¿Conseguiste mis locas? ¿Y mi villana?”, lanza Quinn.

El galán ahora es negro -cosa que le hace dar un respingo al gran jefe- y además, una estrella del fútbol americano: Darius Hill. No es fácil tratar con Darius ni con su manager. Pero aquí nada es como debe ser ni como se esperaría. Siempre se apagan incendios. Y eso es lo que mejor sabe hacer Rachel.

En el primer episodio -como todo en UnREAL, la verdad- las misiones suenan imposible. Como reclutar para “Everlasting” a Ruby, una activista afroamericana, estudiante de Berkeley. “¡¿Quieres que participe en ese reality misógino y racista?!”, es lo primero con que la recibe. (Y claro: evidentemente habrá en el grupo una chica… racista).
Nada que intimide a Rachel: lo normal de su trabajo son los inconvenientes, tropezarse ya no con obstáculos sino con verdaderas rocas.

Esta gran manipuladora ahora entrena a su asistente, una chica a la que aún le quedan escrúpulos, para que haga esas entrevistas que tienen como objetivo que las concursantes delaten sus lados más oscuros y escondidos (ojalá sórdidos), y terminen, al menos, llorando.
“No resolvemos problemas. Los creamos. Y los televisamos”, sentencia Quinn.
Ufff. Mujeres de temer.

Ácida y ¡muy entretenida!

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