Ignacio Sánchez, el rector de la Universidad Católica, declaró hace unas semanas que la casa de estudios que dirige tenía la intención de vender la participación que aun conserva de la propiedad de Canal 13. Explicó que “seguir en la televisión comercial es altamente riesgoso para la universidad”.

Sánchez hizo estas declaraciones en una entrevista en la que se deslizaba que la programación de la televisión abierta provocaba incomodidad en su comunidad universitaria y en cierta manera traicionaba la misión editorial propia de una institución confesional. Un asunto que parecía no provocarles conflictos en otras épocas, cuando la señal transmitía programas tan comerciales como Martes 13, Viva el lunes o Protagonistas de la fama con gran audiencia y millonaria recaudación publicitaria. La diferencia con la actualidad es que las cifras no son tan alegres como antaño, cuando el canal significaba una fuente de ingresos para la universidad. Todo indica que las vacas flacas han influido para que la vara con que antes se medían los contenidos cambiara en términos de flexibilidad.

Mientras la universidad busca la manera de desligarse del canal, debe tolerar una parrilla de programas que contradice en gran medida del discurso público en torno a ciertos valores y criterios propios de una institución religiosa.

Uno de esos espacios es El momento de la verdad. El flamante espacio —una franquicia adaptada— desafía a dos personas por edición —un concursante y una celebridad— a contestar preguntas comprometedoras a cambio de dinero. Los participantes previamente han sido sometidos a un cuestionario controlado por un polígrafo, un detector de mentiras. Los interrogados deben responder públicamente del mismo modo en el que lo hicieron con el polígrafo. Cada respuesta —un sí o un no— que coincida con el registro previo, significa una suma de dinero para los participantes.

El momento de la verdad fue producida por primera vez en Colombia, en donde logró notoriedad luego que a una de las participantes se le preguntara si era efectivo que había mandado a matar a su marido. La respuesta de la mujer fue “sí” y ganó. La participante se llevó 25 mil dólares de premio.

El nuevo programa de Canal 13 es una vuelta de tuerca al género de la intimidad como forma de espectáculo inaugurada con los reality shows hace dos décadas. En este caso en lugar de una edición de la convivencia cotidiana, lo que se pone en escena es una síntesis de las conductas privadas de las personas; una especie de curriculum vitae de sus pequeñeces y miserias ventiladas como forma de entretención. El resultado es algo demasiado parecido a poner en juego trozos de dignidad a cambio de dinero.