El formato de late show cobró popularidad en Chile a partir del 2000. El nuevo milenio amplió el horizonte del género que en nuestro país sólo conocíamos por Noche de Gigantes, el programa ochentero en donde Don Francisco entrevistaba a las celebridades opacas de la dictadura.

Gracias al cable, a internet y a los viajes las nuevas figuras de la TV de fines de los ’90 supieron que había conductores de programas de entrevista nocturnos más allá del universo de Mandolino y la Cuatro dientes. Entonces, todos quisieron tener ‘un late’, ser como Letterman, hablar como Conan O’Brien. Muchos lograron producir y anunciar el suyo pero, hay que decirlo, ninguno pudo establecer algo parecido a un estilo propio que le permitiera hacer varias temporadas; tampoco dejar una huella, ni menos convocar una leyenda sobre su programa.

Diana, el espacio de la menor de las Bolocco debía enfrentar esa realidad. El nuevo late show de Canal 13 no logra sacudirse de una carga cultural que hace de los chilenos malos conversadores. La charla, en nuestra sociedad, no fluye a través de la oratoria clara, con una sintaxis precisa; sino por las expresiones faciales, los modismos que resumen ideas en una onomatopeya o los chistes de doble sentido como sinónimo de ingenio.

Sortear ese primer escollo es difícil, sobre todo cuando los tiempos de la televisión exigen que la consistencia esté sometida a la velocidad de reacción. Para ello no sólo se requiere una conducción astuta, sino también una producción cuidada y guiones pulidos en el oficio. Diana no tiene ni esa producción ni esos guiones.

La figura de la animadora —simpática, deslenguada, alguien que se ríe de sí misma— parece estar sola en medio de un set desierto, a merced de un desfile de invitados que rara vez entran en el juego. Más que un programa consolidado, parece un piloto al aire al que se convocan los mismos personajes que pululaban en Vértigo. Diana no despega porque no se sabe hacia dónde habría que hacerlo.

¿Qué sentido tiene invitar a Raquel Argandoña a conversar de lo mismo que habla en el matinal? ¿Para qué ir a Buenos Aires con Benjamín Vicuña si las imágenes apenas van acompañadas de un diálogo interrumpido por algún chascarro? Diana no es comparable a Chelsea Handler, porque no se le puede pedir a una celebridad de un mundo pequeño como el de la TV chilena, que creció en un ambiente de privilegios, lograr el oficio de una comediante y guionista nacida en Nueva Jersey en una familia de clase media judía.

Pero más allá de esa distancia, el principal problema de este late es que revela pobreza de ideas, es una puesta en escena de un vacío, apenas disimulado por alguna carcajada nerviosa, que recuerda que lo que estamos mirando debería divertirnos.