Uno de los fenómenos más interesantes de la última década en el mundo del espectáculo local ha sido la extensión del stand up comedy desde un circuito pequeño, de algunos bares, a los medios masivos.

La figura clásica del humorista latinoamericano, aquel contador de chistes sucesivos, pequeñas historias absurdas que abusaban de los prejuicios de todo tipo, fue reemplazada por la del cómico que presenta una rutina extendida con un estilo particular y un sello que transforma un mero relato, en un espectáculo. Este cambio supuso otros tantos: el comediante dejó de ser exclusivamente masculino y la narrativa rompió con los clichés conservadores habituales a los que se acostumbraba a recurrir.

La huincha, el nuevo programa de TVN, toma el surgimiento del stand up comedy como principal insumo. La competencia que plantea La huincha, está levantada sobre un formato que podría describirse como un híbrido entre America’s Got Talent, The Voice y el clásico Cuánto vale el show. Del primero tiene la idea de una audición en la que un jurado clasifica o simplemente ignora; del segundo las batalla de rutinas y del tercero, la precariedad. Porque si hay algo que La huincha demuestra, es el lastimero estado de la televisión pública, una situación que cobra tintes de agonía aun más graves que la fracasada adaptación nacional de Lipsync, quizás el programa más ridículo de la década.

El primer elemento que desconcierta es el nombre elegido para el programa, que se debe al piso deslizante sobre el que se presentan los aspirantes. Para los creadores, esa franja que se mueve en dirección a las bambalinas durante los segundos que tienen los concursantes para dar a conocer su rutina, es una huincha, es decir una cinta transportadora como la de los aeropuertos. ¿Alguien le dice huincha a eso? ¿Por qué darle protagonismo a un elemento secundario, mal logrado que encima apenas se percibe en televisión? Quizás por las ansias de hacer novedoso un programa que no lo es en absoluto: la media de los concursantes podrían haber estado hace 40 años contando chistes en El festival de la una a cambio de mil pesos. Así de refrescante. Tampoco ayuda a deslumbrar un jurado cuya composición resulta insólita: uno de los creadores del Jappening con Ja; el humorista símbolo de lo peor de la televisión de los años ’90; y una actriz conocida por su desempeño en programas de farándula.

Todos los fantasmas del pasado juzgando lo que se supone serán los talentos del futuro. Karen Doggenweiler hace lo que puede como conductora en un esquema que la pone en una situación incómoda: es un formato que no necesita conductor, tal como The Voice o America’s Got Talent. La huincha, más que risa, provoca una reacción nerviosa similar a la que surge con la vergüenza o la desgracia ajena.