Hubo alguna vez un candidato a la presidencia que sugería en sus campañas políticas que toda su fortuna había surgido de su trabajo constante y resuelto. En su versión de los hechos, las empresas que manejaba habían tenido su origen en un negocio infantil que consistía en criar y vender pollitos. Aquel candidato, evitaba referirse a que su pertenencia social lo dispuso desde su nacimiento en la cúspide de la élite chilena, con una prodigiosa carga de herencias sobre sus espaldas y una tupida red de parientes e intereses entre la clase alta. Mencionar ese aristócrata trampolín para la prosperidad no era útil para los efectos que esperaba.

El relato de los pollitos resultaba más provechoso en un país que en los años ’90 se asomaba al auge del capitalismo en su versión neoliberal. Junto a las cifras de crecimiento cundían los discursos que nos decían que el sistema tendía a recompensar el esfuerzo individual y la capacidad de sacarle provecho al mercado. En el papel, hacer dinero no dependía de la familia de origen, ni del aspecto físico, ni de los contactos, sino del trabajo duro. La realidad chilena, sin embargo, tendía a hacerle zancadillas a esos discursos y las leyes no escritas de nuestra convivencia castigaban al nuevo rico con el menosprecio y la sospecha. En un país estamentario como el nuestro, ascender económicamente desde el fondo de la pirámide tenía límites bien definidos: terminar el liceo, llegar a la universidad, comprarse un auto. Ellos la hicieron, el nuevo docurreality de Canal 13, desafía ese límite, su mensaje es optimista, nos dice que es posible nacer pobre y llegar a ser millonario.

En cada capítulo el programa cuenta dos experiencias: la de alguien que logró un éxito económico apabullante y otra de quien recién comienza y está al borde del fracaso. Tras describir ambas biografías reúne a los protagonistas y logra que el magnate aconseje y guíe los pasos del principiante. Francisco Saavedra y Aldo Schiappacasse son los guías de este paseo a ras de suelo por las vías de ascenso social. Muestran casos que desafían el habitual baldón chileno sobre la figura del nuevo rico. El programa, en cambio, lo exhibe del mismo modo en que se hacen los de entretención norteamericano: sin beatería culposa.

En Ellos la hicieron, lo más importante son los personajes. La televisión nos había acostumbrado a la imagen del emprendedor zorrón que fue a Europa a estudiar y vuelve con la idea del food truck con onda. En este caso lo que se nos muestra son ascensos reales, no anécdotas de sobremesa de Vitacura. Los exitosos vienen del pueblo: un hombre que hizo su propio imperio funerario sin haber pasado por la universidad y que disfruta de su dúplex con vista al Manquehue; o una mujer que maneja una empresa que le vende servicios a las mineras y nos habla de sus años de pellejerías infantiles con nostalgia y orgullo.

Frente a la felicidad del éxito en forma de billetes, el programa contrapone la fragilidad de los sueños y la precariedad de muchos, que ven cómo sus historias de esfuerzo no logran dar frutos. La cara y el reverso de una promesa imperfecta.