La desaparición y asesinato de 14 niñas en Alto Hospicio marcó no solamente la historia policial chilena, sino también la conciencia del abandono en que vive buena parte de la población más pobre del país. Eran chicas de una comuna formada por una toma de terreno de familias sin casa, en el borde de la pampa. Un paisaje desolado. A partir de 1998 algunas de esas familias veían cómo a cuentagotas iban desapareciendo muchachas sin que las autoridades parecieran preocuparse. La policía explicaba que no desaparecían, sino que se fugaban para prostituirse. El gobierno respaldaba la tesis, sin medir el daño que provocaba a los padres de las niñas: además de la desesperación ahora sumaban la vergüenza del escarnio público.

Una de las virtudes de la serie La cacería (Mega) es indagar más allá del crimen serial, iluminando los distintos rincones de oscuridad de la historia. El relato está contado a través de César Rojas (Francisco Melo), un carabinero de civil que llega a Iquique en misión especial. Rojas viene a liderar un equipo inepto y prejuiciado que lejos de conducir una investigación, se ha restringido a apuntalar la tesis de que las adolescentes huyeron.

La principal barrera para resolver el crimen no es la astucia del sicópata ni la elaboración intrincada de una inteligencia criminal superior, sino algo más pedestre: la burocracia y la corrupción que rodean el caso. La cacería muestra un sistema de protección de niños y adolescentes pobres, totalmente colapsado, profesionales sobrepasados por la realidad, un fiscal al que solo le interesa trepar, y vínculos de compadrazgo entre empresarios y carabineros que limitan cualquier avance. El guión enfatiza este aspecto de la trama a través de personajes que representan las diferentes reparticiones públicas involucradas: policías, abogados, sicólogos, cuidadores de niños. La mediocridad desesperante que apenas contiene la espinosa realidad de la que supuestamente debe hacerse cargo.

La cacería reconstruye un mundo que, tal como Alto Hospicio, habita el borde de un precipicio, una vista hacia luces lejanas que distraen de la oscuridad que se carga sobre los hombros. Los personajes parecen haber sido arrojados en ese descampado inerte, atrapados por la letanía de una vida que se va momificando por la sequedad del desierto. En uno de los capítulos de la serie, el dueño del prostíbulo La Ponderosa —única entretención para los varones de la zona— invita al protagonistas a cazar. El policía le responde extrañado ¿qué van a cazar si en el desierto no hay nada? El hombre le contesta que siempre es posible que aparezca un bicho y que si no aparece, lo consiguen. La serie refleja el pulso del agobio provinciano envenenado por todos los vicios que se mantienen bajo la alfombra, detrás de las fotos oficiales y escondidos en los archivos de los funcionarios.