Los últimos 30 años de la televisión chilena son de cambios intensos, pero no en una misma dirección, tampoco marcando una línea de progreso; la figura que se dibuja no es el trazo de una flecha que avanza, sino la de muchas líneas superpuestas y exigidas a torcer direcciones y sentidos por las circunstancias políticas, sociales, económicas y tecnológicas.

Entre 1988 y la actualidad los canales universitarios desaparecieron, la Iglesia Católica vendió Canal 13 —la señal más exitosa de los ’80—; el canal público pasó de la austeridad de los primeros años de democracia a un período de auge que marcó la segunda mitad de los ’90 y la primera de la década del dos mil. TVN era presentado durante los años de la transición como un ejemplo de televisión pública que no requería pedirle un peso al Estado. Un caso rarísimo y exitoso. La gente prefería sus teleseries y confiaba en sus noticieros. Hoy la audiencia le dio la espalda y la crisis actual lo tiene al borde del abismo financiero. Las estaciones de TV creadas durante este período —Mega, La Red, Canal 2— han corrido distintas suertes.

Mega pasó de ser una señal de contenidos pacatos dominada por la estética de las teleseries de Televisa y un noticiero gris y tieso, a una colorida segunda vida con nuevos propietarios y el favor de una audiencia que antes le fue esquiva. Ahora es el único canal con cifras azules y tiene al aire una teleserie —Perdona nuestros pecados— con historias y personajes que habrían provocado una escandalera nacional hace una década. Un destino diferente al de los canales experimentales orientados a un público específico en televisión abierta —La Red en su primera etapa y Canal 2 Rock and Pop— fracasaron, pero eso no significó que surgieran nuevas alternativas locales en el cable. Via X desapareció y los contenidos de factura nacional del cable tienen el destino de lo irrelevante. Los cambios en las tres últimas décadas también pueden rastrearse por sus figuras. Tomando la Teletón como fotografía de las celebridades imperantes tenemos una larga lista de desaparecidos: conductores modosos y modulados se esfumaron.

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Vodanovic, Vivado, Santis, Videla fueron reemplazados primero por la pachanga de Kike Morandé y la promesa modernosa de Sergio Lagos que nunca logró alcanzar la popularidad de Felipe Camiroaga, la figura televisiva más importante de la transición. Con las conductoras ha pasado algo similar. Sólo Katherine Salosny se ha mantenido a flote durante estos 30 años plagados de estrellas fugaces siempre a la sombra de una astuta Cecilia Bolocco. A partir del mundial de Francia de 1998 la farándula creó su propia genealogía de la fama en complicidad con la cultura de los futbolistas y las modelos de discotheque que tuvieron como plataforma privilegiada SQP y Primer Plano. La sobreproducción de escándalos acabó por saturar un medio que no contaba ni con los millones de las Kardashian ni con otra industria del entretenimiento local que sostuviera las manadas de famosos de medio pelo cuya única salvación eran los reality shows. En tres décadas se han levantado fenómenos que han decantado en valor y revelado la debilidad de la industria del entretenimiento local: el caso del programa Rojo, cuya factoría de cantantes dominó el gusto popular durante varios años, tuvo un lento declive.

Sin pantalla la mayoría de las carreras de esos artistas se hundió. Sólo una de ellas —Montserrat Bustamante— entendió que si quería vivir de la música tenía que salir de Chile. Hoy Mon Laferte es la figura internacional que ninguno de los ganadores de Rojo pudo llegar a ser. La televisión que existía hace 30 años ya no existe más. Cambió todo a tal velocidad que los canales locales apenas pudieron adaptarse. Allí donde antes había departamentos de ficción y áreas dramáticas con producciones semestrales, hoy no hay nada. La ficción se ha externalizado a productoras cuyos resultados no logran atrapar a la audiencia masiva de otro tiempo. Porque ese público ya no es el mismo y las opciones con las que cuenta para el ocio se han multiplicado, tanto como el número de pantallas. Frente a esta crisis la televisión abierta se ha refugiado en los matinales, los contenidos anodinos, despojándose de todo peso creativo y apostando a las reposiciones, la programación vintage y la entretención barata.