La masificación de la cultura gourmet es uno de los más curiosos productos de la globalización y una tendencia que tiene como antecedentes distintos fenómenos, económicos, culturales y tecnológicos. Comer y beber entraron en un dominio distinto al de la mera alimentación propia de una forma de vida, para adentrarse en el complejo territorio de la entretención y el estatus.

No sólo se trata de comprar ingredientes y cocinarlos, sino también de saber la historia de esos productos, conocer sus propiedades y posibilidades de combinación. Es por lo tanto, mucho más que un mero acto que se agota en la compra de determinadas provisiones o la preparación de un guiso específico. La cultura gourmet podría entenderse como una especie de proceso educativo permanente, inagotable con rasgos similares a un hobby o un deporte. Un híbrido, que del mismo modo en que una coctelera mezcla las porciones de un brebaje, combina aspiraciones, gustos y pretensiones. La publicidad se ha encargado de crear etiquetas fáciles para los seguidores de esta cultura, un giro de consumo en el filo del esnobismo que ha evolucionado desde el bourgeois bohemian al foodie.  

En la televisión esto ha provocado un cambio significativo: la cocina pasó de ser un ámbito relegado a un género —el femenino— y a una actividad —el cuidado doméstico— a transformarse en un espacio en el que se despliegan las habilidades de la nueva criatura gourmet. Si hasta hace una década el ámbito culinario estaba reservado a los programas para la dueña de casa y restringido a un formato —la receta de una preparación para la familia—, hoy ese esquema y sus principios variaron radicalmente. El programa Top Chef es un ejemplo de este cambio. 

Top Chef es una competencia de cocina en un esquema de docurreality, muy similar a Project Runway. Tres jueces evalúan a un grupo de competidores profesionales. Los miembros del tribunal actúan también como instructores severos a quienes los participantes deben someterse. La versión chilena de este formato estrenado en Estados Unidos hace ocho años tiene como principal atractivo el carácter de los cocineros Ciro Watanabe y Pamela Fidalgo, los dos jueces que mejor encarnan el papel requerido para la tensión dramática exigida por un formato que de otra manera podría ser tedioso. El punto más bajo está en la producción: las imágenes interiores son pobres y los tiros de cámara incómodos. La cocina se ve desangelada y lo que debería ser una puesta en escena atractiva —el proceso de cocinar un plato determinado— resulta plano y confuso. El reparto de los participantes es, por otro lado, un acierto. Top Chef debe ser uno de los pocos programas con tal diversidad de origen en sus participantes y en donde existe un claro privilegio por el mérito del curriculum y los valores orientados al trabajo y no sencillamente a la apariencia.