La caravana de jeeps avanza lentamente por el desierto jordano rumbo a Petra. Es la tarde del 17 de abril de 2014 y este es el primer destino de la luna de miel (regalo de Leonardo Farkas y su señora Betina Friedman) de Tonka Tomicic (37) y Marco Antonio López (53). De pronto el viento comienza a soplar más fuerte y en cosa de minutos la tormenta de arena rodea al grupo. Se hace difícil ver a unos cuantos metros y cuesta respirar. “Todo se puso blanco, no se veía nada, tuvimos que salir del camino porque enfrentarse con la tormenta puede ser fatal. Era como una película de Indiana Jones. Esto no ocurría hace muchos años, por eso los guías se asustaron. Nos refugiamos en un lugar, donde justamente el viento pasaba por arriba, para que no nos llegara a la cara. Ahí nos encontramos con unos beduinos que nos acogieron en sus carpas. Fueron muy amables. Nos hicieron panes pita enormes. Y cuando supieron que éramos recién casados tocaron sus tambores, cantaron y bailaron. Ahí quedamos perdidos por un tiempo, sólo el teléfono satelital de nuestro amigo Leo funcionaba…”, recuerda Tonka. Y aunque no pudieron llegar a Petra, la experiencia hoy es una anécdota inolvidable del matrimonio que la pareja venía planeando hace meses.

Fue en el verano cuando eligieron el 16 de abril para casarse. “No fue fácil fijar la fecha, intentamos muchas veces hacer coincidir la agenda de todos y era imposible, entonces fueron nuestros padres quienes dijeron ‘vayan ustedes’. Ahí decidimos viajar los dos y concretar esto que teníamos muchas ganas de hacer. Era un proyecto íntimo, muy nuestro, de verdad sólo importaba estar unidos”.

El día antes a la tormenta el cielo de Jerusalén amaneció claro. Después de pasear por la ciudad Tonka se vistió y arregló ayudada por su amiga Tina (Friedman). Desconocía totalmente el itinerario y los detalles de lo que le esperaba. Marco Antonio había preparado y contratado todo y ella se dejó llevar. El vestido, diseñado por Rubén Campos, había llegado intacto en una gran maleta cubierta por una caja de cartón marcada con un gigante ‘frágil’ en los cuatro costados, y estaba envuelto entre sábanas para que el novio no lo viera. Cerca de las seis de la tarde estaba lista, tenía que llegar a la ceremonia antes de que el sol se pusiera. Salió junto a Tina del hotel King David, donde se alojaban, rumbo a un centro de eventos ubicado frente al Muro de los Lamentos. Pero un recorrido que usualmente toma 15 minutos, demoró 50 debido al gran movimiento que existía en la ciudad por la Semana Santa.

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“Al salir del hotel se me revolvió todo el velo, me detuve un momento. Había mucha gente, todos me felicitaban, me gritaban cosas y hacían un grito gutural al verme de novia, que no sé qué significa. Se supone que tenía que llegar al atardecer, pero no alcancé. No estaba nerviosa ni ansiosa, sólo muy contenta y tranquila”.

Cuando bajó del auto, la recibió un grupo de cinco hombres. “Me rodearon y me guiaron hacia el salón. Caminaba muy cerca de ellos y me impedían ver más allá de mi espacio más cercano. De pronto se detuvieron, me abrieron el paso y ahí vi a mi marido esperando por mí. El me miraba con intensidad y alegría, me sentí en el cielo. Yo nunca había fantaseado con el matrimonio, no imaginaba cómo sería, ni qué me pondría, nada de eso, incluso cuando ya teníamos todo planificado tampoco lo pensaba, sino que me abandoné a lo que viniera, por eso cada momento fue una sorpresa enorme”.

—¿Por qué casarse en Jerusalén?

—Porque para Marco Antonio era súper importante… Ahí comenzó el tiempo, nuestra Era. Es un sitio donde confluyen las tres fuerzas religiosas más grandes del mundo. Queríamos recomenzar nuestra vida juntos allí. Es una manera de decir nuestro tiempo también partió en ese sitio maravilloso, cargado de significado.

—¿Nunca pensaste en otro lugar?

—Sí, en varios, pero él sentía que ‘ese’ era el lugar y yo lo seguí por supuesto. Los dos queríamos algo fuerte, simbólico y con un peso histórico.

—¿Por qué en Semana Santa?

—La verdad es que coincidió, elegimos la fecha porque nos convenía a los dos, después nos dimos cuenta de que era una época tremendamente especial para los cristianos y los judíos. Nos casamos en el centro neurálgico de las religiones más importantes de la humanidad.

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—Pero no eres judía, ¿qué tipo de rito fue?

—Primero una ceremonia civil como la de todo el mundo y luego una bendición hecha por un rabino. Algo muy bonito y emocionante. A esto se sumó el ambiente porque había mucha gente rezando en los alrededores. Entonces mientras nos bendecían, se produjo un silencio y se escuchó el murmullo de cientos de personas orando. Eso fue un golpe que me llegó al corazón y me emocioné profundamente. Era como si todas las personas estuvieran con nosotros. Teníamos los ojos cerrados, pero llenos de lágrimas. Fue un momento increíble.

—¿Pudiste recibir bendición sin ser judía?

—Sí, eso depende de las corrientes rabínicas… Y en este caso se podía.

—¿Y te dieron libreta de familia?

—Allí estaba el embajador de Chile en Israel. Firmamos nuestros papeles y después tuvimos que ir al consulado a hacer la inscripción, pero los documentos deben llegar pronto a Chile en la valija diplomática. Supongo que entonces me darán la libreta.

—¿Bajo qué régimen de bienes se casaron?

—En sociedad conyugal.

Terminada la ceremonia hubo brindis y comenzó la fiesta en el mismo lugar con los diez invitados presentes. “Bailamos, lo pasamos súper bien, estuvimos como hasta las 3 y media de la mañana, fue muy bonito, con torta, con todo”.

—¿Con tirada de ramo y liga?

—¡Sin ramo porque se me olvidó! Y también la liga, pero saqué una cinta de una silla, me la puse y esa fue la liga. Fue una noche súper especial, había luna llena y corría una brisa tibia, luego ese viento que levantó todo el velo como se ve en las fotos. Muy mágico, yo creo que algo cambió en mí. Y aunque siempre he sentido que somos una familia, y era de las personas que tenía la idea de que las cosas no varían con casarse, siento que hoy hay un lazo muy profundo entre él y yo, una especie de raíces que se entrelazan, bajan a la tierra, se afirman en el silencio, en la oscuridad y en la intimidad. No es algo externo, es muy íntimo. De hecho, cuando vimos las fotografías nos sorprendimos por la fuerza que irradiaban. Captaron esa magia, eso único que se dio allí. No recuerdo haber sido más feliz en mi vida.

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—¿Habrá otra ceremonia en Santiago?

—Ceremonia no porque ya nos casamos, pero haremos una celebración con la familia y los amigos para compartir esta alegría.

Al día siguiente partieron en grupo de luna de miel. Primero Jordania, incluida la tormenta de arena, luego Estambul y terminaron en Grecia.

—¿Luna de miel grupal?

—Sí, lo pasamos súper bien, porque no somos una pareja de recién casados que acaban de salir de las casas de los papás, los dos estamos bastante viejos para eso, llevamos mucho tiempo viviendo juntos, no necesitamos lista de regalos, ni luna de miel a solas, entonces qué mejor que ir de viaje con amigos. Además, nos caló tan profundo la ceremonia, los dos quedamos en shock, que fue una gran ayuda que otros se encargaran de todo.

—Hubo rumores de embarazo.

—Pero no hay nada, todavía no. Me da risa tantas cosas que se dicen… Frente a cada especulación prefiero guardar silencio. Si es que vale la pena uno lo desmiente, pero no puedo andar por la vida aclarando cada cosa que aparece. Ahora algunos dijeron que no estoy casada. ¿Qué quieren, que les muestre el papel de inscripción?

—¿Planean tener hijos pronto?

—No, todavía no, pero hay que ver en el futuro, aunque hay que cuidar que no se nos pase el futuro, por no decir el tren.

—¿Qué opina Marco Antonio, él ya tiene 53 años?

—No respondo por él, pero también quiere hijos.

—Y si se pasara el tren y no resultaran las cosas, ¿adoptarías?

—No hemos hablado del tema, pero yo estoy dispuesta.

A fines de marzo, dos semanas antes del matrimonio, Tonka se despidió de la soltería en Las Vegas, la ciudad del pecado. Con un vestido transparente camina por las afueras del hotel Bellagio, uno de los más famosos de esta ciudad de neón. Y detiene literalmente el tránsito y a las personas, que por docenas, se dan vuelta a mirarla. Las famosas aguas del frontis del hotel bailan al ritmo de Celine Dion, pero ella sigue posando junto a la fuente, subiendo y bajando de la limusina que la lleva por la strip, la calle de 7 kilómetros en torno a la cual se ordenan hoteles, casinos, salas de espectáculos y teatros. Es el opuesto absoluto de Jerusalén. Aunque acá también hay miles de almas en busca de sueños, pero mundanos. “No es que ahora voy a dejar el pecado porque me casé”, advierte. “El matrimonio no es volverse una mujer latera, ¿verdad?”.

—¿Cuál es tu lado pecador, ese que sacaste en Las Vegas?

—Sí, hay algo de eso, pero principalmente es que he dejado la culpa, ahora gozo y trato de vivir mi vida sin remordimientos. En Las Vegas me desaté, me sentí libre, me permití vivir el ahora a un 100 por ciento, sin estar pendiente de qué es lo que va a pasar, sin analizar el día a día, sólo sintiendo y colmando mis deseos a través de los sentidos, de los placeres.

—¿Y cuáles fueron esos sentidos, muy diferentes a los de Jerusalén?

—Los dos me satisfacen de manera distinta, es que soy muy gozadora, a mí me gusta disfrutar al máximo.

—¿Por ejemplo cómo?

—Me gustan los placeres; desde comer algo rico hasta que me acaricien. Soy muy de piel, me gusta tocar y que me toquen. Me siento muy viva, muy mujer y creo que si uno está clara, puede dejarse llevar sin culpas.

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—¿En algún momento de tu vida la culpa fue tema?

—No, pero hay una época en que uno se enrolla mucho y se frena. Las mujeres estamos analizándonos siempre, queremos llegar a un umbral de perfección. En Las Vegas jugué, me destapé, me relajé, me reí, disfruté y sentí que podía ser yo de una manera distinta… Lujuriosa.

—¿Como en toda despedida de soltera, los límites estaban más corridos?

—Fue una despedida para destaparse. En un lugar donde pude mostrar mi lado hedonista. Dejé que se abrieran todos mis sentidos. Era un ambiente saturado de luminosidad, neones, ruido, locura, juego y riesgo. Estas fotos reflejan una parte de mi vida, esa donde me asumo totalmente y dejo que salgan a la luz aspectos más íntimos gracias al juego.

—Te atreviste a ir por la calle con ropa totalmente transparente.

—No me dio pudor. Me ocurrió algo parecido a lo que me pasó en el matrimonio, el saber que no había ni una mirada de alguien que me conociera me relajó mucho. Me sentí libre, muy tranquila.

—Pesa mucho la fama parece.

—Ahora me llevo bien con ella, porque he aprendido a bailar…

—¿Hace cuánto aprendiste?

—Diría que bien, bien, hace como un año…

—¡Recién!

—Es que siempre hay ajustes. Al principio uno sufre un shock, después hay que digerirlo, vas aprendiendo… Y la relación con los medios, eso sí es como un baile. De pronto sientes que es el otro lado el que baila y no uno, hasta que tomas el ritmo. Y yo recién lo logré hace como un año…

—¿Antes te llevaban los otros?

—Esto es entre un baile y un gallito. Y dura hasta que entiendes que hagas lo que hagas, para bien o para mal, va a repercutir. Y si sueltas y piensas ‘soy así’, comienzas a moverte con tranquilidad. Uno se demora mucho en eso porque tiene que ver con lo que pasa en el entorno y en como uno asume su vida.

—¿Qué hizo que te asumieras?

—Tiene que ver con un proceso de maduración, con las cosas que he vivido y cómo uno se va valorando como mujer y profesional. Esos ajustes demoran básicamente porque uno trabaja para el público, pero nunca vas a llegar a darle en el gusto a todos.

—¿Entonces tiene que ver con sentirte más segura?

—Más empoderada, con más experiencia, y sin tener que demostrarle nada a nadie, entonces uno se relaja.

—¿Y te gusta que te reconozcan?

—Se vuelve algo cotidiano. Para mí hoy es natural… Además, debo decir que en general las personas siempre han sido muy amables conmigo, la mayoría de las veces muy respetuosas.

—A pesar de todo eso, igual convives con la popularidad. ¿Te gusta? ¿Lo elegirías de nuevo?

—Es que ese no es el foco de este trabajo, viene por añadidura. Lo que me inspira a mí tiene que ver con el contacto con las personas, los milagros que puede hacer la televisión. Si bien la tele tiene muchos contenidos banales, a veces bizarros, otras genera momentos únicos que pueden cambiar la vida de las personas… Eso me apasiona. Uno puede encauzar la popularidad para cosas buenas, un aporte real y hace que todo valga la pena.

—¿Cómo te imaginas en 10 años más?

—Con familia y desarrollándome en lo laboral, me imagino todavía en la televisión, no sé si en los mismos programas o en otra parte.

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—¿Hay alguna área que te gustaría desarrollar en TV?

—Quisiera probar en producción o en la creación, estar también detrás de cámara, y en el futuro-futuro, me gustaría crear una especie de escuela de superestrellas y entregar mis conocimientos a otras personas con talento. Y también por supuesto tener un lazo importante con la acción social.

Dice que sus bienes más preciados son intangibles y están a préstamo durante lo que dure su vida. “Lo que tenemos hoy es tremendamente volátil, decir mis bienes me parece sentirse demasiado importante en el universo, cuando somos unas hormigas y nuestras vidas pasan así (chasquea los dedos) rápidamente, entonces las personas, relaciones están a préstamo”.

—¿Qué ambiciones tienes?

—Soy muy autoexigente, mi ambición pasa por lograr sentirme bien en el día a día conmigo, por ser consecuente con mis emociones, mis principios, en eso soy muy autocrítica.

—¿No aspiras a nada material?

—Es que soy una privilegiada. Todos saben que este trabajo es bien remunerado, pero me lo he ganado, he trabajado duro por esto, no me lo regalaron, no tengo apellido, ni marido en la TV, ni relaciones, ni rumores. Eso me hace sentir bien conmigo y mi historia. Y esto sigue. No he sentido que he llegado a una parte en particular, sigo exigiéndome, todos los días empiezo de cero y me gusta que sea así, el Bienvenidos me da entrenamiento y también lo aplico en mi vida diaria, personal.

—¿Cómo es tu relación con el dinero?

—Toda la vida he trabajado, vengo de una familia de inmigrantes. Mi abuelita me contaba que llegó con cien escudos y no tenía ni zapatos y con eso empezó de cero, sin idioma. Ellos fueron unos conquistadores y esa fuerza la traigo en mi ADN, creo que el dinero viene del trabajo… a no ser que me gane el Loto.

—¿Ahorras?

—El gen emigrante trae el ahorro, pero a mí me gusta disfrutar la vida y me gusta que los que están conmigo lo hagan también. Me encanta compartir el pastel, nunca lo dejo para mí sola.

En estas entrevistas en Las Vegas y en Santiago ha estado Marco Antonio, quien ha tomado distancia con respeto, incluso ofició de ayudante con la producción. Ellos tienen una relación potente, muy de partners y amigos también. Llevan 10 años juntos, ocho compartiendo casa. “Lo más importante es que nuestra relación no ha variado por el título que le pongamos. Hace tiempo que somos familia, y la verdad me siento privilegiada de compartir mi vida con un hombre así. El es sólido, resuelto, muy inteligente, excelente ser humano y… nuestras vivencias son totales, o sea no es un hombre a medias, tiene peso específico, contenido, personalidad y resoluciones. Es una persona segura, muy auténtica…”.

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—¿Te apoyas ciegamente en él?

—Los dos nos ayudamos y complementamos, pero sin duda es un apoyo positivo, es un hombre que también me ha empujado a ser siempre yo y cada vez más yo. Me ha potenciado al ciento por ciento.

—¿A costa de su propia postergación?

—No, no, en cuanto a que sea yo misma, que tome mis decisiones, quiero decir que no es que me haya querido moldear de alguna manera. Todo lo contrario, es una pareja que me ha impulsado para que sea auténtica y se siente súper orgulloso de mi trabajo y de lo que he avanzado como profesional y también como persona.

—¿Qué tan gravitante ha sido él en tu carrera. ¿Crees que hubiese sido distinta sin él?

—O sea, es súper importante estar lleno en lo emocional y en lo privado para poder dar hacia afuera. Creo que mi trabajo también es de mucha entrega, de compartir, de acompañar a los que están solos o enfermos. Entonces si uno está bien en lo íntimo, camina segura en el día a día y en el trabajo. Para mí ha sido más fácil enfrentar lo árido, la competencia, la rudeza de la tele con un hombre al lado que me apoya y ¡que me ama!

—¿El te ayuda a tomar las decisiones laborales?

—O sea ha habido momentos claves en que le he preguntado y él me ha dado su opinión, pero yo no puedo tomar una decisión si no la siento absolutamente en el estómago, en mi interior. Cuando resuelvo algo, ahí está él a mi lado y por supuesto que cuando he tenido dudas le he preguntado y agradezco mucho su consejo.

—¿Alguna vez no tomaste su consejo y te equivocaste?

—Es que cuando uno toma una decisión sincera en su vida, aunque parezca al principio que no resultó, si hay convicción y estás segura contigo, es porque a la larga no te equivocaste.

—No me digas que todo es certeza, ¿nunca dudas?

—Es que frente a la duda abstente, ese es mi lema, porque si titubeas entra el miedo y sonaste. Pero siempre que le he pedido apoyo Antonio me ha dado buenos consejos, también ha sido súper visionario, entonces esto es como un trabajo en equipo.

—Supongo que no todo es tan estable, ¿como pareja han tenido crisis?

—En el día a día siempre hay altos y bajos, obvio. ¿Qué pareja no tiene días y días? Bueno, yo tengo un enfoque positivo de la vida y de las cosas y eso es lo que comento en público. Los problemas e inconvenientes los vivo a puertas cerradas, como tiene que ser… La intimidad de una pareja tiene que quedar ahí.

—¿Y qué opinas de las críticas que le han hecho algunos medios sobre la poca claridad de su profesión y de sus negocios?

—No vale la pena aclarar cosas que no son así.

—Igual debe ser difícil para él estar con alguien tan conocido.

—Pucha, pero es que no puedo responder por él, tengo que respetar su privacidad.

—Pero, si lleva 10 años contigo, tanto peso no será, tendrá más cosas buenas que malas.

—Yo soy la persona pública, me asumo como tal y sé que tiene un cierto precio, que es entregar y compartir ciertas cosas de mi vida. Pero en ese contexto respeto a mi familia y mi hogar. Es una armonía que he aprendido a llevar y la estoy tratando de preservar y manejar lo mejor posible.

—¿Siempre supiste que te ibas a casar con Marco Antonio?

—¡No, nunca lo imaginé! Nada parecido a esas parejas que dicen: ‘lo vi y supe que sería el padre de mis hijos’, el matrimonio no era un tema para mí. Yo era de la idea que con papel o sin papel yo tenía una familia igual.

—¿Y ahora piensas distinto?

—No estoy diciendo que estaba equivocada, pero se generó algo diferente, un lazo indisoluble… bueno eso lo deben decir todos los recién casados. (Ríe fuerte). Ahora siento que es para siempre, ¡ojalá! Quiero que sea para toda la vida y para la próxima también, para todas las vidas.