Cruza la calle Santa Isabel en el barrio Italia de Santiago, su barrio. Un obrero de la construcción la mira embobado y le dice algo indescifrable. Ella lo ve de reojo y sonríe. Sigue caminando, sin apuro, con su cuerpo menudo pero armónico, el pelo brillante, negro, ondulado, su piel pálida, casi transparente, sus ojos oscuros, sus labios llenos. Se reconoce vanidosa “como toda actriz y mujer”, diría más tarde, sin asomo de pudor, casi con orgullo, “hago Pilates, me cuido el pelo, la piel. Me preocupo de lo que como, no tomo ni fumo”.




Claro, tampoco es cualquier actriz. Más de una vez la han presentado como “la musa del cine chileno”, “la consagrada”, el rostro del éxito y la fama entre sus pares, con una decena de películas (“Azul y Blanco”, “El lenguaje del tiempo”, “El Chacotero Sentimental”, “El Desquite” y “Machuca”) y otras tantas teleseries (“Los Pincheira” es un clásico), obras de teatro y premios en varios festivales internacionales.




Tamara Olga Acosta se encoge de hombros y asegura que “no me creo mucho el cuento. Uno tiene que trabajar siempre. Trato de no perder el norte. Mantengo la vanidad, el ego, a raya”. En lo más inmediato, está afanada grabando la serie Los 80, que inicia en estos días su sexta temporada en Canal 13. Sólo por ese trabajo ha sido nominada cinco veces el Premio Altazor como mejor actriz de televisión (en tres ocasiones lo ha ganado).




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Hace el papel de Ana López, la abnegada madre que lidera el clan ícono de los Herrera, una típica familia chilena de clase media que conoce las grandezas y miserias humanas en los tiempos oscuros de la dictadura. Ella asegura que la serie “me ha traído sólo satisfacciones. Hay mucho de Ana López en mí. Los Herrera somos todos, decía alguien por ahí. Es un trabajo muy cercano a lo que uno hace. Me interesó el proyecto desde el comienzo”.




—¿Qué tiene Tamara Acosta de Ana López?
—Los actores siempre ponemos algo nuestro en cada personaje y viceversa, igual nos llevamos algo de ese personaje. Ana es tranquila… apacible como yo, pero con mucha fuerza interior, la misma que creo también tengo. Me identifica su valor, su coraje para enfrentar los problemas. Es valiente y jugada como millones de mujeres chilenas, sufridas pero dignas, con la frente en alto siempre. Eso me emociona y me interpreta. En Ana hay algo de todas nosotras, es mujer, es mamá, es amiga, es trabajadora… ufff y lo es hasta el cansancio.




—Es así de contenedora con sus cercanos, empática y sacrificada…¿por dónde va el parecido…?
—Sí, soy querendona y me gusta contener, estar disponible para mis cercanos… para los amigos, los compañeros de trabajo y por supuesto para Olga y Sebastián. Me gusta soñar juntos, creo que la vida es un camino para caminarlo con otros, con los queridos, y con los que nos necesitan. Y sacrificada… si, lo suficiente, depende de la causa. Pero soy jugada e idealista… ¡cómo no serlo, sería aburrida la vida!




—En esta sexta edición Ana, su personaje toma mucho protagonismo y refleja el cambio que ha tenido la mujer chilena en las últimas décadas… ¿cómo vivió esta transformación?
—Es una muy buena pregunta, es un cambio que ocurre en Ana, pero también nos ocurrió a nosotros, como equipo, los actores, los guionistas, el director… todos. Teníamos que reflejar una época en que Chile inició una seguidilla de cambios profundos, que marcaron la historia del país, con mayores libertades, reales y aparentes. Una libertad que nos sorprendió y remeció. Había que tomársela en serio y decidir qué hacer con ella. Y, sin duda, uno de los cambios importantes ocurrió con la mujer, salió del hogar y se encontró con un país diferente, más libre pero más desafiante. Y ahí está Ana, con su carisma, con su ternura, pero también con determinación y coraje… como siempre enfrentando la vida, sólo que ahora es diferente… y… no puedo adelantar más.




—Ana se va rebelando de a poco frente a una sociedad machista. ¿Qué piensa del machismo y del feminismo, con cuál se identifica?
—Ni lo uno, ni lo otro, creo que cada cual tiene un rol en la vida y lo femenino y masculino son dos energías que se complementan y evolucionan. Hoy vivimos en un mundo muy diferente al de Los 80 en muchos aspectos y particularmente —las mujeres— hemos asumido un fuerte protagonismo, pero eso no es feminismo, es parte de la evolución y de la vida.




—Al parecer en esta temporada Ana vive una aventura y se enfrenta a la infidelidad, ¿siente que esta situación refleja el empoderamiento o emancipación que ha tenido la mujer chilena en el último tiempo?
—No, no creo… que la emancipación vaya por ese lado, más bien creo… que hemos debido asumir un nuevo modelo de sociedad, con una organización de la familia diferente. Es una sociedad un poco más realista y más justa, que ha reconocido la importancia del rol de la mujer, no sólo como esposa o madre, sino también como trabajadora o profesional independiente y sobre todo, se ha ido reconociendo a las miles de mujeres que son jefas de hogar.




—¿A qué atribuye el éxito de la serie Los 80?
—No esperábamos esa respuesta, nos pilló absolutamente de sorpresa. La primera temporada la hicimos con mucha ilusión y alegría, pero yo pensaba que no la verían tanto. La adhesión de la gente tiene que ver con la calidad con que se produce. El público reconoce cuando las cosas están hechas con honestidad y contenido. Por otro lado, dónde están puestos los acentos: en la nostalgia. Es un tema duro y cada cierto tiempo habrá una reflexión sobre lo que nos pasó, como sucedió en Alemania. Son ciclos lógicos de un país.




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—¿Siente nostalgia de la familia Herrera, de esa “moral” del chileno clase media trabajadora y la mujer que la ayuda a poner el hombro y salir adelante…?
—La nostalgia es un sentimiento fuerte y todos la tenemos. Privilegiamos los buenos recuerdos por sobre los malos, o los más duros. Es parte del ser humano. Los Herrera son queribles, memorables, representan lo mejor de las personas: el esfuerzo, la tenacidad, la honestidad, la amistad, el idealismo y muchos otros valores significativos que están en ese Chile de barrio, de vecinos, de almacenes, cercano y acogedor. Fíjate… que esa moral nos trajo un poco de aire fresco y reivindicación social a todos, siento que la familia Herrera sacó lo mejor de nosotros. Bueno… es una opinión sesgada, como todas, por lo demás.




—¿Piensa que este cambio en los Herrera refleja la transformación que ha tenido la sociedad chilena en el último tiempo?¿ Le gusta?
—Creo que es la intención del director, de los guionistas y de nosotros como intérpretes… ojalá lo logremos, es bueno que Chile pueda mirarse al espejo con honestidad, sin vergüenza de ser lo que somos, de lo que hemos logrado ser… y valorarlo, pues ha costado mucho, ha sido doloroso… pero aquí estamos. Es bueno saber que somos capaces.




—¿Qué cambios le haría al Chile de hoy?
—Ufff, esa sí que está difícil… me gusta la palabra Unidad y la palabra Nosotros, y no hablar de “este país”, sino de “nuestro país”; sin distancias ni diferencias irreconciliables, con cariño por nuestra tierra y por nuestra gente, para que el futuro sea mejor para todos. Hay que seguir creciendo pero hacia dentro… en los corazones.




Para fines de este año está programado el rodaje de La Salamandra, una producción chilena dirigida por el cineasta Sebastián Araya, su pareja hace once años. “Es la historia de un inmigrante, en un lugar que no le corresponde”, explica. No suelta más.
Unica hija entre dos hermanos hombres, regaloneada y sobreprotegida por sus padres desde siempre. El, sin profesión establecida, dice ella (“ahora trabaja en una empresa de trenes”); la madre, dueña de casa. Una clásica familia chilena de clase media de San Bernardo, “más bien de izquierda”, acota.




Tamara partió con las grabaciones de Los 80 en mayo y ella se unió una vez más al elenco, aunque ahora acompañada por alguien nuevo: Olga, su primera hija, nacida el 3 de marzo, una colorina de sonrisa fácil, que tiene sus mismos ojos, y que la acompaña a todas partes —incluidas grabaciones y entrevistas—, junto a Taty, la ‘nana’ querendona. “A la hora de hacer las escenas logro llegar a la misma concentración de antes. Es la logística la que cuesta más: organizar los días, horarios, traslados. Estoy privilegiando la lactancia y eso es sin horario”, explica.




A los 40 años la actriz se decidió a ser madre ya que, confiesa, el reloj biológico iba marcando las horas sin clemencia. “Durante muchos años ser padres no fue tema; se me pasó el tiempo ocupada en miles de cosas, trabajo, viajes, el teatro, la tele. Pero nos sentamos en un punto y dijimos ‘¡Ahora sí!’ Sebastián está chocho, aunque es más aprensivo que yo”.




De pocas palabras y largas pausas, se advierte un poco asustada, algo abrumada en este nuevo escenario. Aunque reconoce que “nunca había sido tan feliz”, reclama en tono semiserio que “quisiera tener un manual de padres. La experiencia ha sido como un volcán que erupciona. No sabía que era así, tan intenso. Un terremoto, muy fuerte, se dan todas las fuerzas de la naturaleza. Uno necesita harto apoyo, y lo tengo pero estoy absolutamente invadida. Hay una mezcla de cosas, de una felicidad y un amor que, creo, nunca volveré a sentir. Estoy enamorada de mi hija”. Entonces, calla, porque quién sabe, de repente se rompe la burbuja y todo era demasiado perfecto para ser cierto.




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Estudió en la Escuela de Teatro de Fernando González. “Al salir del colegio no tenía muy claro lo que quería. Estaba entre arqueología, periodismo, y me fui entusiasmando de a poco con la actuación. Creo que le achunté. Me gusta lo que hago”, comenta. Recuerda que eran tiempos de Pinochet en que Chile vivía con una dictadura que sembraba la desconfianza y el miedo, como si ella no tuviera suficientes. Porque los temores la han acompañado siempre, como una sombra larga que no da tregua, que paraliza los sueños y revuelve el alma. Hoy tiene una depresión diagnosticada. “Debo controlarme, tomar medicamentos, probablemente de por vida. Es como cualquier enfermedad crónica. Lo supe desde una gran crisis que tuve como adulta pero lo venía arrastrando desde niña”.




—¿Miedo a qué?
—A todo. Me cuesta soltarlos, pero he ido haciéndolo de a poco. Ha sido la historia de mi vida. Todo me costaba, era muy rígida conmigo, con la gente. Y eso era puro sufrimiento. Hace mucho que no soy así, cambié de a poco, la vida, la experiencia, los años. Ya no me abruma tener más preguntas que certezas. Aunque me gusta tener las cosas bajo control porque eso ayuda a bajar los miedos, a manejar las variables.




—¿Tuvo depresión post parto?
—No. Tuve los ‘blue days’….




—¿Cuánto duraron los días tristes?
—Cerca de un mes. Pero lo atajé a tiempo.




—¿Fue atroz?
—Atroz. Atroz de triste, de miedos, de tragedias espantosas, uno no sabe qué hacer.




—¿Se recurre al médico, a la mamá, al terapeuta, a la peluquera?
—A todo lo anterior. Todo ayuda, la compañía sirve.




—¿Qué quisiera para su hija?
—Que sea feliz. Uno empieza a decir todos los lugares comunes, sin pudor. Que sea alegre, no me importa nada más, que herede mi sentido del humor, mi principal virtud. La verdad es que uno va resolviendo de acuerdo al día y día. Con ella hago lo que me surge naturalmente: el instinto, regaloneo, brazos, harta pechuga, por ahora al menos. No soy para nada de las que anda pensando en la disciplina. No sé qué sucederá más adelante. Quizás a otras mamás les resulta más natural lo otro.




Casi en un susurro cuenta que “Sebastián me calma, me contiene. Ahora que somos padres nos echamos mucho de menos, más que nada. Ya no tenemos el ciento por ciento de dedicación el uno para el otro. Es muy absorbente tener hijos”.




En otras épocas, el mundo la hería, y Tamara llevaba a cuestas la insoportable levedad del ser como una joven rebelde, intensa, sin pausa ni causa. A los 16 tuvo su primera relación sexual con un hombre 20 años mayor y, según propia confesión, fue infiel en algún momento. En el camino militó en el Partido Socialista, votó por Gladys Marín, se definió como comunista y católica y, tras el triunfo de Evo Morales, dijo ser una “indigenista de izquierda”. En 2001 partió a Madrid para hacer la obra de teatro La Defense. A su pololo le dijo ‘voy y vuelvo’, la idea era ausentarse por cinco meses, pero se entusiasmó y se fue quedando. Entre idas y venidas, pasaron cuatro años. “Mi casa estaba allá, vivía con otros amigos que iban rotando. Fue una muy buena experiencia, me hizo muy bien. Con Sebastián nos llamábamos, iba a verme, yo venía. Estábamos recién empezando y yo tenía este proyecto antes de conocerlo, tenía que hacerlo. Fue difícil a la distancia pero se mantuvo el amor”.




—¿Le resultó difícil amar, bajar los muros?




—Sí. Esta vez me costó más que otras veces. Venía de desilusiones, estaba más defendida. ¡Pero ya no queda nada de los muros, estoy absolutamente entregada! Ahora me pregunto cómo pude haberme ido sin Sebastián. No concibo la vida sin él.








—¿Una mujer de contradicciones?








—¡De puras contradicciones!— dice y larga una carcajada.








—Y muy reservada.
—(pausa) Sí, mucho, no sólo porque soy actriz sino que por naturaleza. Hasta con mi pareja. Defiendo mi privacidad.








—Se equivocó de profesión, entonces, porque una actriz está muy expuesta…
—Sí, pero lo he sabido llevar bastante bien. La gente se acerca con harto respeto y cariño, y mis más cercanos ya me conocen, entonces, tampoco insisten mucho.








—En varias declaraciones suyas pasadas se advierte un cierto temor al compromiso. ‘No quiero amarrarme, no quiero marcar tarjeta, no quiero casarme’…
—Era muy joven. También me encontré con una pareja que me ha permitido todo esto, me dio mis tiempos. Se ha dado naturalmente echar raíces.








—También ha dicho que el mejor antidepresivo es el humor. ¿Dónde lo encuentra?—En todo. Me río mucho de mí. Si no, no me soportaría. El humor es una forma de distender las situaciones, relativizar las cosas, tomar distancia. Los chilenos tenemos un humor bien particular, ácido y casi cruel. La facilidad de ponerle un sobrenombre a todo es genial, por ejemplo.








—¿Usted tiene alguno?
—(se ríe) Sí, varios.








—¿Puede compartir alguno?
—¡No!