Cumplió dos años viviendo en su casa de Ñuñoa; una construcción antigua de grandes espacios, y que Fernanda Urrejola (30) ha decorado según las reglas del Feng Shui. Resaltan los blancos y cítricos, mucha madera, flores de goma pegadas en paredes y ventanas. Muebles modernos que se combinan con otros más retro le dan una calidez especial.
Instalada en la terraza, y acompañada de un gran tazón de té, la actriz cuenta que esta casa vino a coronar una seguidilla de muy buenos años. Ya cumplió cuatro con el italiano Stefano Benaglia (que trabaja en relaciones públicas de una reconocida marca de autos), con quien se proyecta y quiere formar una familia.

Fernanda tuvo un exitoso 2012. Protagonizó la serie El diario secreto de una profesional; la película Tráiganme la cabeza de la mujer metralleta, que este año promete estreno. Por estos días está grabando la adaptación de la exitosa teleserie argentina Graduados, donde interpreta a Laura; una mujer que se casó y fue madre a los 18 años, que vivía muy bien su rol hasta que se encuentra con un ex amor de colegio (Marcial Tagle), con quien tuvo un affaire en la fiesta de graduación, lo que desestabiliza su vida y matrimonio (con Ricardo Fernández). Además, ya tiene listo el guión de su propia cinta Silencio, que cuenta la historia de una mujer con crisis de identidad que intenta suicidarse, sin embargo, experimenta un cambio de conciencia y toma el control de su vida. Una trama que tiene mucho de autobiografía.
—Al igual que su personaje en Graduados usted también se casó a los 18, ¿fue por amor o rebeldía?
—Mis papás pololearon dos meses, se casaron a los 18 y llevan 40 años. Sentía que esa era la felicidad; el enamorarse así, firmar una libreta y tener una pareja para toda la vida. En mi familia lo adoraban, era buen tipo, talentoso, estudiaba medicina, dije ¡esto es! Duramos casados un año y diez meses; éramos muy inmaduros. A la primera pelea, nos separamos. Pero mi historia no se parece a la teleserie…
—¿No le asusta heredar la mala sintonía de La sexóloga, que además protagonizó su hermana Isidora?
—Para nada. De partida, es otro horario, apunta a otro público, ojalá lo vea todo el mundo. Es un guión probado, que funciona, que corre; lo más importante al minuto de iniciar algo.
—¿Por qué cree que no le fue tan bien a la serie La sexóloga?
—Había un problema de historia base, y ya el nombre pudo ser un error. Pueden ser tantos factores, que no podría decir cuál fue la razón principal.
—¿Se agotó el desnudo en TV?
—Me encanta esa teoría; yo estaba cansada de verlo. La sexualidad que se muestra es fea, chabacana; es tan íntimo, que ninguna escena logra reflejarla. Mejor llegar a la sensualidad, a la atmósfera y contar la historia, para qué mostrar el cuerpo arriba del otro moviéndose, ¡si todos saben que es mentira! No tiene sentido; es feo, falso, ¡no aporta nada! Por eso no hice más desnudos…
—¿Cuándo lo decidió?
—Después de Mujeres de lujo… Hace años hice un desnudo en la película El roto, y si verme en el cine me impactó, hacerlo después en TV fue heavy. Este formato no lo aguanta; la televisión se mete en tu pieza, en tu intimidad, la gente te tiene ahí, a diferencia del cine en que desde un principio sabes que es ficción. Ahí dije nunca más.
—¿Cuáles son sus límites?
—No transgredirme. Cuando siento que no estoy cómoda ¡lo digo!, lo que no hacía cuando chica. Fui abusada desde muchos lugares porque no era capaz de poner límites. Ahora no temo defender mi espacio.
—Con esa postura, corre el riesgo de perder trabajos, que muchas actrices no estarían dispuestas a correr.
—¡Y me carga! Las actrices no tenemos por qué andar por la vida mostrando todo, como si fuera parte del contrato. A mis compañeras les digo ¡defendámonos, hagamos algo! Cuando te enfrentas desde la verdad, cuando eres honesta contigo, la vida te responde bien. Claro que temí plantear no mostrar mi cuerpo teniendo el papel de prostituta, pero me propusieron usar dobles, y al final me dejaron igual. Y si algún día me dicen no, tampoco es terrible.
—Pero usted ha reconocido que estos personajes la han ayudado a trabajar su tema con el sexo.
—Tenía muchas trancas con mi sexualidad…

“DE NIÑA SUFRÍ ABUSO SEXUAL. Antes el sexo era para mí una entrega, una gran demostración de amor, no lo relacionaba con el placer. En Mujeres de lujo era una prostituta víctima, por lo que recurrí a mis traumas; sin embargo, en El diario secreto de una profesional, investigué, y descubrí que a la mayoría de las escort les gusta lo que hacen, están empoderadas y lo pasan chancho. Usé la terapia cognitiva corporal, y aprendí cómo se ubican en el cuerpo las diferentes emociones. Por ejemplo, las personas con energía sexual muy activa desde chicas se manejaron desde la rabia. A mí, en cambio, siempre me costó manifestarla. Como no me defendía, de la ira pasaba a la pena, y me ponía a llorar al tiro. Al trabajar la rabia, se me cruzó con la vida y salieron a flote mis rollos personales… Desde la emoción, se me quitaron los pudores, mi cuerpo se empoderó”.

Lea la entrevista completa en la edición del 1 de marzo.