Barack Obama la trata más que una igual: confía en ella, la respeta y cuenta con la plataforma de su popularidad para obtener el apoyo de la población estadounidense menos política en tiempo de elecciones. Oprah Winfrey es ley en el hemisferio norte. Magnate, coach valórica por los medios, referente de corrección. Pero 2014 se recordará como el  año de su ‘fracaso’. A inicios del nuevo siglo logró poner a un mandatario afroamericano en la Casa Blanca, pero no pudo con Lindsay Lohan (27). Ni los bajos ratings de su nueva cadena de TV la expuso tanto como la rebelde actriz. La fiestera colorina quebró a la gurú. Esta rebelde es la verdadera arma secreta norteamericana a la que debería temer Kim Jong-un o Putin. Pura destrucción.

Era la temporada perfecta para la ex revelación juvenil. Se cumple una década de su película de culto Mean Girls (Chicas pesadas). Con reuniones de elenco, artículos y sitios web dedicados especialmente a la película sobre colegialas malcriadas y superficiales que en el afiche lideraba Lohan. También su amigo Jimmy Fallon la invitó al sketch inaugural de su debut en el icónico programa Tonight Show. Y, en paralelo, Oprah puso todo su arsenal de producción para documentar el regreso de la veinteañera al espectáculo post rehabilitación de drogas y alcohol. Esta era la movida de lujo. Tenía a la madrina soñada. Una directora ganadora del Emmy por seguir para HBO a Obama a su disposición. Dinero para arrendar el departamento que quisiera en Nueva York. Y a la joven le dio lo mismo. Tomó la oportunidad, la quemó y tiró por la ventana.

Pareciera que esta chica se levantara —siempre pasadas las dos de la tarde— escuchando Seek & Destroy como canción motivacional. Lo único que salva y, a la vez, se preocupa de construir y agrandar es su guardarropa: inabordable, envidiable, caótico.

Fascina. El programa expone una decadencia a la que los ojos no pueden escapar. No tiene el efecto shock de Acumuladores, ni la dulzura incómoda de Grey Gardens. Es cerrar por dentro las puertas de un mundo premium, y a la vez claustrofóbico y sin salida emocional. No hay que verlo con culpa. Ni Oprah pudo escapar, aunque todos le dijeron que iba a ir en caída libre. Y vaya que se dio un costalazo.

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