En el mundo de la publicidad es comentado un fiasco ocurrido en la década de los ’80. Una marca de vinos decidió que una buena idea para vender más era crear el corcho vale otro. La campaña fue un éxito en el corto plazo, pero tuvo un efecto colateral suicida: la percepción de la marca se fue a los suelos y allí quedó enterrada por años.

La tentación por la fórmula fácil puede aplicarse en este caso a Los Carmona, la teleserie de la tarde de TVN, que explora una vez más los conflictos que se producen cuando dos formas de vida diferentes están obligadas a convivir. La clave social esta vez es una cita a la serie norteamericana Los Beverly Ricos con trazas de la teleserie argentina Los Roldán y la profundidad de un sketch de Los Eguiguren de Sábados Gigantes.

La familia Carmona, oriunda del interior de San Javier, recibe una millonaria compensación por la expropiación de sus tierras para un proyecto carretero. Diez millones de dólares exactamente. Con una lógica implacable el jefe del clan interpretado por Alvaro Rudolphy decide que la mejor manera de invertir ese dinero es mudarse a Santiago para cautelar la educación de sus hijos. El objetivo es noble, el problema es el procedimiento.

El primer paso del plan Carmona no es, sin embargo, postular a sus hijos a establecimientos educativos sino comprar una casa en un barrio de suburbio elegante. Hasta allí el jefe del clan se muda con familia y animales —dos caballos, un chancho llamado Margarito, un perro además de pollos y conejos—. Una vez instalados buscan colegio y universidad para los niños. El método elegido es simple: preguntarle al vecino pituco pero malintencionado si conocerá un colegio y una universidad que reciba a sus niños. El vecino da un par de datos como quien sugiere un casero de las papas un domingo de feria libre. Este gesto provoca en el jefe de hogar de los Carmona una gratitud tan profunda que pone a disposición del vecino toda la fortuna recién ganada. Como puede deducirse, el fuerte de la teleserie definitivamente no está en el motor de las acciones de sus personajes. Tampoco en la caracterización.

Los Carmona es una orgía de clichés y maquetas de actuación. Los huasos no solamente hablan con un acento inverosímil, sino que también usan chupalla y trenza, hacen asados con frecuencia pasmosa —en donde comen choripán, error imperdonable porque esa es una costumbre santiaguina importada inexistente en el campo maulino— y tienen una mesa de patagua en la cocina. La familia antagonista, los Velasco, tampoco son un despliegue de matices. Con la excepción de la adolescente dark que construye un personaje que se balancea entre la rebeldía y la sensatez y que evoca a la Wynona Ryder de Beetlejuice el resto se conforma con representar bosquejos gritones de lo que se supone son. El matrimonio de los Velasco, los villanos, en lugar de parecer cómicos o temibles resultan sencillamente irritantes. Una mujer elegante no apunta con los cubiertos como mafioso siciliano mientras come y un malvado frío y calculador no puede pretender serlo con actitudes propias de Jerry Lewis en alguna de sus más intragables películas.

La nueva teleserie vespertina de TVN indica un rumbo peligroso que puede terminar fulminando el género local, o degradándolo hasta transformarlo en una caricatura para adolescentes con déficit atencional.

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