Uno de los temas predilectos de conversación de las tardes eternas de Sábados Gigantes durante los años ochenta eran los relacionados con roles de género. Planteados en forma de chanza se discutían asuntos fundamentales tales como ‘quién manda en la casa ¿la mujer o el marido?’ o ‘¿debe la mujer trabajar fuera del hogar?’. Los panelistas eran separados por sexo y concluían entre risas que todo era mejor cuando la dueña de casa conservaba el delantal puesto y el marido trataba de llegar sobrio los viernes del trabajo. La televisión en general tenía un tono de conservadurismo polvoriento del que le ha costado despegarse. La idea de guerra de sexos se ha mantenido en programas de conversación de trasnoche y talk shows de mala muerte confundiendo la vanguardia con la vulgaridad y una visión moderna de los roles de género con erotismo de cantina. En este panorama la mujer es la que suele llevar la peor parte.

La televisión en general tenía un tono de conservadurismo polvoriento del que le ha costado despegarse.

El éxito de la primera temporada de Soltera otra vez consistió en hacer de la guerra de sexos una parodia refrescante para los estándares chilenos. Ni tan serie ni tan teleserie, con un 99 por ciento de comedia y una dosis milimétrica de drama sacudió las noches del 13 hasta ese momento dominadas por la hegemonía del reality show y sus subproductos. El personaje de Cristina Moreno alcanzó el rango de rara heroína, una perdedora empedernida en el difícil arte de la conquista con un destino regido por el autoboicot permanente. La adaptación chilena del guión original despojó la premisa inicial de la serie argentina: una apuesta entre mujeres. Gran parte de la carpintería argumental local del relato tuvo que ver con despojar de poder y retocarle el carácter a la protagonista. La chilena no tendría problemas de sobrepeso, tampoco un plan profesional claro ni un sentido de la ironía y el sarcasmo muy desarrollado. Cristina sería un alma ultrasensible, bien intencionada y sumamente torpe cuya meta vital consistiría en arrojar un ramo de novia en una gran fiesta repleta de amigas. Una Bridget Jones atrapada en la mente de una Hello Kitty de colegio de monjas de Ñuñoa.

Una Bridget Jones atrapada en la mente de una Hello Kitty de colegio de monjas de Ñuñoa.

Durante la primera temporada el ritmo y la variedad de personajes —reforzada por un casting astuto y efectivo— dio resultados espléndidos. Soltera otra vez logró que la audiencia se identificara con la manada de treintones buscando un destino con una trama de ritmo acelerado y diálogos inteligentes. Repetir el éxito era difícil. La segunda temporada de Soltera otra vez sufrió el bajón de no saber encauzar la historia más allá de la histeria de un personaje que está a milímetros de pasar de criaturita inofensiva a monstruo obsesivo compulsivo. La guerra de sexos y los conflictos de género se atascaron en un atolladero que más que conflictos vitales parecen crisis de pánico sucesivas. La propuesta romántica se asomó a un despeñadero social difícil de resolver cuando el único objetivo de los personajes de ficción femeninos continúa siendo encontrar un marido a quien cocinarle mientras bebe cerveza con sus compañeros de juerga.

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