En ‘actitud Olivia Benson’. Con pose y todo. Así me tomó una foto mi amigo Rodrigo en las escalinatas de tribunales en Nueva York. Fue el homenaje a una de mis adicciones televisivas: La Ley & El Orden: UVE. Uno de los títulos de la infinita lista de shows y películas que se mueven en torno a la corte y que seducen con ese suspenso que sólo rompe el veredicto.

Tono de tensión que este semestre de sobredosis de juzgados se ha replicado en Chile. Por eso, con o sin conocimiento judicial, muchos han hecho cercano los casos. Como verdaderas series cuyos capítulos transmiten los noticiarios a diario.

Formato nuevo para seguir una investigación. Tan adictivo (más allá de la importancia real que tienen para una serie de figuras), que se generó una ola de alegatos el día en que las cámaras no estuvieron prendidas y ‘en vivo’ cuando la justicia decidió liberar a los empresarios involucrados en el Caso Penta. Se apuntaba a la transparencia, pero muchos sintieron que les habían ‘cortado el TV cable’ en un momento a lo “¿Quién le disparó a JR?”.

Historia con inicios de novela desde la prensa, como el artículo que se llevó el premio de Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado.

Otra cosa es lo que sucede con las ‘historias de sangre’. Crímenes que habitualmente son informados al público con una falta de recursos en el segmento de los matinales.

No se trata de glamorizar con el dolor de otros, sino que de armar un relato que involucre a quien lo sigue, alejándolo de las fronteras del morbo. Cuando se logra, pronto la ficción se hace cargo. Se inspira. La miniserie Zamudio es el ejemplo —y excepción— más reciente.

Dan ganas de ver más títulos en esa dirección. De esos que tienen que partir o finalizar con la advertencia. “Cualquier similitud es sólo coincidencia”. Tal como sucede con La Ley & El Orden y su repetición eterna de episodios en el trasnoche, esos que no molesta volver a sintonizar mil veces.