“Se acabó el bullicio, ahora quiero paz”, sentencia Sigrid Alegría dejando atrás una serie de años intensos. A cara lavada en una estrecha salita del área dramática de Mega, la colorina parece haber aprendido varias lecciones: ahora está soltera, selecciona muy bien a sus amigos y desde hace unos meses arrienda una casa ubicada a 30 minutos de Santiago, aunque no da mayores pistas para evitar el acoso mediático, sólo cuenta que es cerca de Colina.

“Hasta ahí llegan los que de verdad quieren verme; ha sido un excelente filtro”, dice sobre el lugar que describe como silencioso, en el que se escucha el cantar de los pájaros, los grillos y el sonido de los árboles meciéndose con el viento y donde sus hijos, Baltazar (6) y Luciano (4), llevan una vida simple y conectada con la naturaleza. Claro que no hay que confundir este cambio de vida con pasividad.

“En lo profesional no me faltan las aventuras”, afirma sobre los proyectos en que ha estado involucrada: a fines de octubre será el estreno de Rara, la película de Pepa San Martín, inspirada en el caso de la jueza Karen Atala, quien perdió la tuición de sus hijos luego de que —tras su separación matrimonial— se fuera a vivir con otra mujer.

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En el filme —que ganó el premio Horizontes Latinos en el Festival de San Sebastián— Sigrid interpreta a la pareja del marido despechado (Daniel Muñoz). Se suma a las ‘aventuras’ de Sigrid su rol de cantante del grupo folclórico Aparcoa, creado por su papá, el músico Juan Alegría, hace 50 años. Hoy la banda vive una nueva etapa con la colorina como la vocalista de sus cuecas bravas. Eso mientras que su debut en Mega disparó el rating con Ámbar y marcó el regreso de Sigrid a los roles protagónicos.

Atrás quedó una breve etapa en Canal 13, donde realizó las teleseries Mamá mechona (2014) y Veinteañero a los 40 (2015), amén de una década en TVN cuando estuvo en producciones como Alguien te mira (2007), El señor de la querencia (2008), Dónde está Elisa? (2009) y El laberinto de Alicia (2011), entre una larga lista. “He hecho de todo: policial, drama, romance, y ahora estoy de vuelta en la comedia; me entretiene hacer cosas distintas; no pienso mucho en si me conviene o no, si se trata de un rol protagónico o uno secundario. Para mí lo interesante está en confiar y entregarte”. Y la misma filosofía aplica en su vida personal.

“Me guío por el corazón. La razón me agobia a veces”, reconoce, y tal vez ésa sea la explicación para una serie de años intensos, de los que todavía está pagando los costos: luego de un breve pololeo se casó con el productor musical Juan Andrés Ossandón, tuvo dos hijos tras un par de embarazos difíciles, y tras una traumática separación —que se tramita en Tribunales de Familia—, se emparejó con el actor Alonso Quinteros, veinte años menor. Coronó su momento lanzándose a la piscina con el cuerpo pintado, en una de las postales inolvidables del Festival de Viña del Mar 2014 y que la marcó: “quedé tatuada para siempre con la imagen de la recién separada que se cree veinteañera”.

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“Hoy mi felicidad es de la puerta para adentro —asegura—. Salí mucho, me senté en la cuneta con personas que no había visto en mi vida y que sabía que tampoco volvería a ver. Empecé a coleccionar historias, a vivir muchas cosas… Me llevé alegrías y decepciones”, dice. Y mirando con sus pupilas castañas, concluye: “¿Pero sabes qué? Ya no lo necesito. Ahora me entretengo con otras cosas; con personas más grandes que yo, que estén más cerca de la muerte y hayan sacado algunas conclusiones de la vida. Busco la sabiduría, los lugares tranquilos, estar con gente que de verdad me dé confianza”.

Y tras tomar un poco de agua, agrega: —De pronto me pasó que encontré el mundo muy ruidoso. Escuchaba muchas cosas pero no entendía nada…

—Antes, contó a CARAS que en los tiempos en que vivió con su ex pareja había un bullicio permanente, que a su casa entraba y salía gente, que la televisión estaba permanentemente prendida, las guaguas llorando, la música a todo volumen…

—Pero no me daba cuenta, como dentro mío había tanto ruido… Hasta que finalmente la vida me ha llevado a oír con más atención, a tener más cuidado con lo que digo. Necesitaba cambiar el ritmo, que mis momentos fueran un poquito más lentos y de buena calidad. Sigrid dice que intentó buscar esa misma calma en su matrimonio, pero no la encontró. Tras un suspiro, confiesa: “Fue bien difícil. Las cosas no siempre son lo que parecen, pero no me iba a estar quejando, por respeto a mi casa, a mi hogar, pero fue súper complicado… Lo único bueno de esos tres años fueron mis hijos: Baltazar y Luciano”, cuenta, aunque se trató de embarazos complejos, cuando el menor incluso debió ser operado prematuramente del corazón y pasar tres meses en una incubadora. Superada, debió aceptar que Alonso, su hijo mayor (18), partiera a vivir con su padre, el actor Andrés Velasco.

“Pensaba que los embarazos debían ser perfectos y llenos de felicidad, pero fueron agotadores. Y tenía un hijo mayor que, conmigo en cama, me resultaba difícil de contener. Llegó un momento en que tuve que pedir ayuda y mi ex marido estuvo feliz de recibirlo. Pero para mí fue duro; sentí que no podía cumplir como madre, que Alonso me iba a dejar de querer… Pero tampoco podía darle muchas vueltas; tenía un hijo ‘en la pitilla’, otro que ni siquiera empezaba a caminar y no era el momento para victimizarme”.

Sigrid no quiere entrar en los detalles que llevaron a su separación, pero reconoce que hubo desilusiones, deslealtades, infidelidades y desamor. Con el divorcio se desató el infierno; el matrimonio se había celebrado bajo el régimen de participación en los gananciales donde todo lo obtenido en su tiempo juntos era de propiedad común, sin embargo, mientras en esos tres años la carrera de Sigrid era cada vez más exitosa, su pareja sufrió una serie de traspiés profesionales que empezaron a arrastrarla económicamente. La actriz es cauta para referirse a la crisis, aunque saca conclusiones. “Confié y fui leal. Me comprometí en un proyecto matrimonial a pesar de que intuía que no iba a funcionar. Pero di mi palabra, le eché para adelante y tuve dos hijos. Y bueno, llegó un momento en que la cosa se hizo insostenible. Tal vez, si le hubiese hecho caso a mi intuición, no habría llegado a esto”.

—¿Qué le decía concretamente su intuición?

—Que el amor no venía de la mano de los problemas, que debiera ser un alivio, un hogar, un descanso, una alegría…

Resignada, agrega: —Tuve que ponerle el pecho a las balas. Lo único que me consuela es que soy una buena persona, una buena mujer, una buena compañera y amiga; no le robo a nadie, no miento ni paso a llevar. Asumo las consecuencias de mis actos y eso me da paz. Recibo más golpes de la cuenta pero no soy vengativa. Lo que sí pido es justicia, ¡eso sí! (afirma con convicción).

—¿Eso es lo que está buscando hoy con el juicio que sostiene desde hace dos años en los Tribunales de Familia?

—Me parece increíble, inaceptable que un juicio familiar tarde un promedio de cuatro años en ser resuelto; es una cantidad de tiempo equivalente a un tercio de la vida de un niño. No digo que los jueces miren al techo en lugar de hacer su trabajo, tampoco que sea falta de voluntad, pero por alguna razón se produce este ‘taco’ en los tribunales. Encuentro cruel que sea tan lento.  Pero Sigrid no es de las que se queja, con el tiempo aprendió a arreglárselas sola. “Me criaron así, a hacerme cargo y solucionar mis cosas, aunque igual llega un momento en que necesito hablar, y entonces mis amigas me retan…; ‘¿pero cómo te metes en eso?’, me dicen. Porque soy inquieta, chispeante, inocente, y claro, me meto en problemas”.

—¿Eso explica por qué tras su separación se convirtió en el ícono de la mujer recién separada que quiere vivir la vida loca?

—Tuve que sacar fuerzas de alguna parte para empezar de nuevo, buscar otra energía. Justo estaba en una casa televisiva nueva —dice sobre su contrato en Canal 13 en 2014— con un elenco sumamente juvenil. Luego me ofrecieron ser candidata a reina del Festival de Viña y cuando gané quise celebrarlo con una propuesta atrevida, transgresora y creativa. Quería revalidarme como artista y también como mujer; sentir que no lo había perdido todo en este intento de armar una familia, algo que soñé de chica. Y claro, por autoestima: cuando un matrimonio no funciona, te afecta… “Pero así soy: me guío por el corazón, no por la razón”.

—A lo mejor es por eso que ha tenido sus caídas en el plano amoroso…

—Soy una convencida de que no he sabido elegir, pero sigo apostando por el verdadero amor, la amistad y la fidelidad… Necesito creer que todo eso existe o si no, me muero. No puedo encontrar una razón para levantarme si no creyera en el amor profundo, ya sea de pareja, o en los hijos y la familia.

—Pero la búsqueda no le ha resultado fácil. ¿No pierde las esperanzas a veces de encontrar a un hombre a su medida?

—Por supuesto que cuesta encontrarlo… (reflexiona). A veces me enojo con la vida, pero si no creyera que existe gente buena, ¿para qué seguir? No, no me permito caer en la amargura, ¡eso jamás! Tal vez sea muy inocente, pero todavía creo que la lealtad existe; es lo que ofrezco a mis amistades, a mi familia, a la gente que quiero: que pueden contar conmigo siempre. Y lo mismo quiero de vuelta.

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—Y cuando eso no pasa, ¿hasta dónde llegan sus límites?

—Tengo mucha paciencia, tolerancia, comprensión porque yo también me he equivocado y he aprendido. Pero cuando siento que el otro no rectifica, que tampoco me respeta, soy bien tajante. Doy montones de oportunidades, pero cuando dejo de creer y de confiar, hasta ahí nomás llegamos.

—¿Le siguen gustando los hombres más jóvenes?

—He dejado a un lado el tema, porque también he conocido hombres mayores más inmaduros que mi hijo de dieciocho años. El aprendizaje sicológico o emocional tiene que ver con las experiencias de vida y la crianza, no con la edad. Claro que con caídas se aprende, y a medida que más años cumples, más porrazos tienes en el cuerpo.

—Ahora lleva un tiempo soltera, ¿es primera vez que está sin pareja?

—He estado sola otras veces, qué sé yo, un año y medio. Pero no me gusta porque soy súper romántica.

—Sin embargo, hace poco se dijo que estaba con un músico de su banda, el acordeonista Juan Becerra.

—No es verdad. Me han enredado con muchos últimamente, hasta con Karol Dance ¡y ni siquiera lo conozco! No sé por qué se entretienen en eso.

—¿Por qué cree que pasa?

—No sé, no lo tengo muy claro. A lo mejor porque el tema nunca me ha importado. Lo que me atrae de un hombre es saber que puedo confiar, sentirme amada, cuidada, sin temor a que vaya a ser infiel. Porque finalmente eso es lo que yo ofrezco. Pero soy porfiada y no pierdo la fe. Confío en que en algún momento podré sentir la paz, la certeza de estar con un hombre leal, que me va a cuidar a mí y a toda mi gente. Y si lo encuentro en alguien menor, mayor o de mi misma edad, ¡qué importa! Lo que sí tengo claro es que no quiero más traiciones. No me lo merezco. Ya di muchas oportunidades y abusaron de mí. Ya está bueno.