El nuevo programa de medianoche de Canal 13 indica al menos dos tendencias: la primera es que ninguna decisión de programación actual escapa de la profunda crisis económica que viven los medios de televisión abierta y la segunda es el estancamiento creativo de una industria que obligadamente recurre a fórmulas baratas de producir y poner en pantalla.

Sigamos de largo —conducido por Marcelo Comparini, Marcos Silva y Sergio Lagos— se inscribe en el cruce de esos dos ejes. Canal 13 decidió resucitar Plaza Italia, aquel espacio icónico del canal Rock and Pop que durante la segunda mitad de los ’90 significó un respiro. Fue la época en que la televisión comenzó a atiborrarse de la banalidad de la farándula impulsada por Viva el lunes. Eran otros tiempos. Canal 13 gastaba dinero en sueldos millonarios para que tres personajes —Kike Morandé, Cecilia Bolocco, Alvaro Salas— entablaran conversaciones sin sentido, salpicadas de chistes, con modelos de discoteca, futbolistas peinados con gel y figurines de popularidad variable.

Fueron jornadas de pizza y champaña para una audiencia cautiva: eran años previos a la masificación de la televisión de pago y a internet, en donde imperaban dos canales y una estética estentórea que pretendía reflejar a una sociedad entusiasta encumbrada en el crecimiento económico. La resistencia al bullicio ocurría en el Canal 2 Rock and Pop, que con presupuestos bajísimos logró enganchar a una generación de veinteañeros que aspiraban a algo distinto. Hoy esa misma audiencia está en su cuarta década de vida y parece ser el blanco de Sigamos de largo.

¿Qué podríamos deducir de ese público a juzgar por el programa? Que permaneció preso del cliché del departamento de soltero reproducido en la escenografía; que a menudo recurre a la nostalgia cómoda como refugio y que intenta seguir el trote de los cambios sociales. También podríamos concluir que ese público aprendió a dejar que los invitados hablaran, a moderar los chistes de los conductores como demostración de ingenio, a no temerle a la aventura de desarrollar una idea compleja en pantalla, pero a resignarse a una televisión predecible y anémica.