Maximalista y algo vintage. La casa y set de la serie de HBO parece sacada de alguna película estrambótica. Pero más allá de la estética, entre luces, cámara, acción y espeso cortinaje, la tercera temporada de Sr. Ávila, por fin verá la luz el 24 de julio. Allí, entre salones aterciopelados y grandes muros, CARAS conversó con el Señor de señores y su nuevo amo de llaves. Porque los seguidores están expectantes del momento en que Tony Dalton ascienda, convirtiéndose en jefe máximo de un oscuro negocio de muertes por encargo.

Aunque tocar la cima no fue fácil. Y un arma nunca facilitó las cosas en la lucha del asesino a sueldo contra sus propios demonios. El mismo Dalton cuenta que Avila presenta cada vez más complejidades. En la primera temporada conocimos su lado más emocional, mientras se desarrollaba su claro conflicto interno. Luego en la segunda percibimos mucho más su parte oscura. Al mismo tiempo que se jugaba con desafíos más físicos, como la palpitante escena del ataúd en el final de la segunda temporada. ‘Eso estuvo medio claustrofóbico’, recuerda el actor en tono de broma sobre la asfixiante escena del féretro.

Pero ya ad portas de la tercera temporada, él mismo reconoce que Ávila nunca habría imaginado convertirse en el máximo líder. Además, y como ya no tiene familia, ‘en este ascenso crece con él un sentimiento de lealtad hacia su gente y de protección por los suyos’, cuenta. Y claro, tras la muerte de su esposa e hijo, la organización es lo único que tiene.

Y sin familia, un monstruo aguarda. Es una realidad que, según el mexicano de 41 años, iremos observando mientras avanza la temporada. ‘Tanto en fotografía como actoralmente, hemos tratado de que se vaya más a las sombras, a las esquinas, y que sea como esta figura de la muerte’, sentencia con una seriedad casi tan implacable como su personaje. Es que a punta de armas u otros artilugios, los villanos y antihéroes suelen conquistar a las masas. ‘Grandes historias son hechas por grandes villanos’, dice el actor ejemplificando con el lado oscuro de Darth Vader y o el apetito de Hannibal Lecter. ‘Creo que es como un morbo que tiene siempre el espectador de ver cómo opera y cómo piensa una persona con la moral medio distorsionada”, remata.

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Pero una mente maquiavélica necesita algún devoto colaborador susurrándole al oído. Allí es donde entra en el juego Miguel Pizarro como Linares. Porque la casa que heredará Avila viene con una especie de mayordomo, y que entre antiguos muebles deambula casi como una entidad. Se le ofrece a su nuevo señor como un misterio, cuenta el mismo Pizarro. Y si bien puede resultar peligroso para Avila, también se vuelve necesario dada toda la información que maneja.

Aunque Pizarro comprende que Linares tiene límites. “Sabes que hoy estás vivo, pero mañana nadie sabe”, dice evocando misterio y estremecido con la idea de que a veces la realidad supere la ficción. Pensar en la realidad de niños sicarios, por ejemplo, lo asusta. “Antes era Topo Gigio quien te decía ‘a la camita’, en cambio hoy nos vamos a dormir con un bombardeo de noticias que te hacen temblar. El mundo está desbocado”, dispara el actor que comenzó en las telenovelas con Salma Hayek en Teresa (1989). Y si allí moría de amor, pronto la muerte rondará su vida a la sombra del señor de señores. Un nuevo líder ungido en sangre que desatará sus demonios más oscuros.