La nueva serie turca de Canal 13 marca el retorno de un fenómeno que parecía en retirada. Selín saca provecho de la popularidad alcanzada por el personaje de Hurrem, la esclava que se transforma en pieza clave de la corte del Sultán Suleimán en la serie exhibida durante más de un año por el mismo canal.

Meryem Uzerli, la actriz que encarnaba Hurrem originalmente, vuelve ahora en una versión siglo XXI de su personaje anterior; es una extranjera que enamora al patriarca de un clan riquísimo, despertando la envidia y el resquemor de su entorno y sembrando el pánico entre los herederos del magnate viudo.

Tal como la sultana medieval, Selín sabe que el amor sólo se disfruta en plenitud cuando viene acompañado de poder. La historia arranca en Francia, cuando esta mujer de ancestros turcos pero criada a la manera occidental conoce un hombre turco llamado Kartal que está en viaje de negocios. Mantienen un romance fugaz, pero intenso, que pareciera tener futuro si no fuera por un detalle: el extranjero es casado con la hija neurótica e inestable de un potentado farmacéutico de Estambul. Un divorcio lo perjudicaría enormemente.

Kartal abandona a su aventura de manera poco decorosa, dejándole a su conquista una suma de dinero en el hotel. Como todo siempre puede ser peor, ninguno tomó precauciones anticonceptivas y lo que pudo haber sido una historia sin consecuencias, terminó en embarazo y maternidad. Años más tarde Selín conoce a otro hombre turco quien, como era de suponerse, cae a sus pies y ve al niño de la mujer como a un hijo. Naturalmente y desafiando las leyes del azar, este nuevo amor es el suegro magnate del enamorado original. Selín descubre todo, mantiene la calma y aun cuando se entera que fue abandonada por Kartal, no por su voluntad, sino por las presiones familiares, la sed de venganza es superior a la tentación de dar vuelta la página.

Hay un detalle importante que dice mucho sobre el relato: la serie en Turquía se llama “La reina de la noche”, aludiendo a las circunstancias en que Kartal conoció a Selín y a los encuentros sexuales que tuvieron. El mismo punto de arranque de Las mil y una noches. Las interpretaciones a esa obsesión cultural por el honor femenino concentrado en una reunión romántica apresurada por la pasión o la necesidad, pueden ser escalofriantes.

Tal como en la serie que desató la fiebre por las producciones de Estambul, en Selín parecen convivir varios siglos en una misma época: en apariencia es el mundo contemporáneo, pero en las relaciones de género todo transcurre bajo las normas del imperio Otomano. Con una factura técnica muy superior a las teleseries locales, Selín toca las mismas teclas que hicieron de las series turcas un fenómeno de audiencia. Una fantasía de sometimiento y pasión reprimida con personajes de gran atractivo físico y normas morales de internado de monjas.