¿Qué hiciste, Brian? El profesional estrella, con un contrato por 50 millones de dólares, mintió. O como dijo al pedir disculpas, cometió un error al recordar sus aventuras periodísticas en territorio enemigo. El primer desliz detectado fue hace un par de años. Esa vez, durante una entrevista en el show de David Letterman, habló del susto que pasó cuando, una década antes, una granada impactó en el helicóptero que lo trasladaba en Irak. La realidad fue que el proyectil golpeó a un helicóptero que iba muchos kilómetros delante de la nave en que viajaba el periodista. Williams ni siquiera vio el incidente. Ahí pasó piola. Nadie lo desenmascaró. Dos años después, Williams volvió a repetir la historia. Esta vez en la edición nocturna de su propio programa de noticias. Un miembro de la tripulación del helicóptero que fue impactado por la granada lo escuchó farsantear y escribió en Facebook la verdad sobre los acontecimientos. Se activaron las redes sociales y saltaron los tapones. El hombre ancla se infligió una herida en su posesión más valiosa: la credibilidad.

¿Por qué lo hiciste, Brian? Aquí entramos en el campo de las suposiciones.

—Avidez narrativa: contar una historia donde uno es el protagonista es más emocionante que narrar lo que le sucedió a otro. El arco dramático se tensa y hasta podemos ver el brillo en los ojos de quien nos escucha. La fascinación es tal que uno se permite ciertas licencias.

—Ego endiosado: si todos te alaban y celebran tus pequeñas exageraciones sin cuestionarlas y el marketing de la empresa que representas te promociona como un héroe que está en todos los frentes a la caza de la verdad, está a la vuelta de la esquina perder sentido de realidad y creerse un dios omnipotente que incluso puede hacer de mentiras verdades.

¿Por qué, Brian, no te disculpaste a tiempo y de buena manera? A todos nos traiciona el ego y esa pequeña mentira útil es familiar en la vida cotidiana. El asunto es qué se hace cuando te pillan. Se trata de explicar lo inexplicable —como lo hizo Williams de manera poco convincente— o se mira de frente a los ojos y se dice: “Perdón, me equivoqué, soy falible”. Suena fácil. Es difícil. Quizás el periodista pensó que si aceptaba que había mentido su audiencia dejaría de adorarlo. Y por protegerse de la posibilidad del desamor, esquivó nuevamente la verdad y cayó aún más profundo. La sed de afecto y la capacidad de autoengaño –que acompañan a la condición humana— cobraron una nueva víctima.

¿Qué será de ti, Brian? En la vida pública norteamericana, al igual que en la chilena, hay segundas y también terceras oportunidades.