Sí: Santa Clarita Diet es una comedia y Drew Barrymore, que hace su debut en TV,  jamás pierde su encanto. Y esta es la serie por la que Netflix está tirando toda la carne a la parrilla (nunca mejor dicho) este verano. Pero —por si no ha visto los trailers— le advierto que esto es para estómagos firmes.

Todo transcurre en un encantador suburbio de clase acomodada en Los Angeles, Santa Clarita, con sol, jardines bien cuidados y una vecindad donde todos se conocen. Sheila (Drew) y Joel (Timothy Olyphant) conforman un matrimonio bien avenido, aunque algo desgastado por los años de convivencia.

Trabajan juntos como corredores de propiedades y tienen una hija, Aby (Liv Hewson), una adolescente a tiempo completo. Justo cuando están mostrando una casa a unos clientes, el malestar que Sheila había sentido levemente a la hora del desayuno, se convierte en una vomitadera nivel atómico. Después de esperar 3 horas sin éxito a que alguien los atienda en el hospital (¡pasa en todas partes!), la pareja se devuelve a casa. Sheila se siente mejor que nunca: solo tiene mucha hambre y devora… carne molida cruda. Muy pronto requerirá carne fresca. Humana.

Los realizadores construyen una comedia de enredos y situaciones inesperadas y desesperantes, acerca de una familia normal, con problemas normales, vecinos normales, a la que le agregan —sin conmiseración— el gore más desatado, sin censura y a pleno sol (la mayor parte de las veces). (¡Qué estómago tiene Drew!). Inalterablemente con este luminoso y hogareño telón de fondo. Sobre este contraste rotundo estructuran una historia básica, una que sería como varias de las comedias que ha protagonizado Drew Barrymore, si no fuera por este elemento.

Porque Sheila —con Joel como su cómplice— intenta resolver su “pequeño” problema de la misma manera que si el asunto se tratara, por ejemplo, de esconder en su casa a un pariente desagradable. “Qué bueno que esta enfermedad no reseque la piel”, comenta aliviada en algún momento.

Es que la vida sigue y solo se trata de otro obstáculo que afrontar, como muchos. “Sé que tenemos que asesinar a alguien hoy, pero somos padres todos los días”, le reprocha a Joel, por no ocuparse de los problemas que está teniendo su hija en la escuela. Por lo demás, esto de buscar a “alguien” (“ojalá hubiera un Hitler joven y soltero”) para que Sheila pueda cenar es algo que discuten mientras ella se pone el rimmel en las pestañas y él se pasa hilo dental en el baño. “¡Por qué es tan difícil matar a alguien!”, alega, como quien reclama por el calor en el verano.

Los secundarios aportan lo suyo: el cargante vecino sheriff, de chistes fomes y pesados; Eric, el chico nerd, amigo de Aby, que hace el “diagnóstico” a Sheila; la abuela serbia de un petulante profesor de la escuela; las amigas parranderas; la jovencita china que atiende la farmacia-almacén; la primera víctima. Santa Clarita Diet es una vuelta de tuerca a aquello que siempre está en el meollo de toda creación dramática: la familia, los lazos personales, los afectos. Solo que esta exige del espectador resistir que aquello que viene a provocar el cambio es el canibalismo contemplado en primer plano.

La idea es bastante loca, lo que la mayoría de las veces es una cualidad en términos de ficción (por ejemplo, ese gracioso y singular falso documental “What we do in the shadows”, 2014). Santa Clarita Diet va más allá, al mantener este escenario de “normalidad” total, lo que obliga a su realizador, Victor Fresco, a forzar en exceso las situaciones y llevar las dificultades a extremos cansadores.

La espléndida química que derrochan Drew Barrymore y Timothy Olyphant —parecen una pareja de bailarines perfectamente coreografeados— y el gran acople de Liv Hewson contrarrestan esta sensación. De todas formas, si Ud. es de los que NO ve The Walking Dead, asómese al tráiler para saber si está en condiciones de resistir esta comedia gore. En Netflix. Primera temporada. 10 capítulos. 25 min de duración aproximadamente cada uno. Desde el viernes 3 de febrero.

Comentarios

comentarios