El cambio más importante en la transmisión de la TV chilena de la Copa Mundial de Fútbol, surgió en 1986. Ese año Canal 13 hizo un movimiento inesperado: puso al aire un programa que consistía en un panel que hablaba de la Copa disputada en México. El espacio nocturno se llamaba Lo mejor del mundial y lo conducía Javier Miranda. Así la televisión asumía que el fútbol, más que un tema del área deportiva, era una industria del entretenimiento capaz de derramar su influencia más allá de toda frontera política, intelectual o estética.

Un ancho campo de juego en donde la profundidad era lo de menos, porque tal como lo había enseñado Julio Martínez, a través del fútbol era posible hablar largamente de todo, sin decir absolutamente nada. El esquema fue un éxito. El programa volvió cuatro años después para la copa del mundo en Italia, con una novedad: la figura del notero ingenioso que recorría Roma, Milán o Nápoles buscando temas ligeros o absurdos para hacer reír a la audiencia.

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Durante el mundial de Francia de 1998 —el primero desde España 82 al que la selección chilena acudía— la fórmula acabó por estallar: fue imitada por otros canales que pusieron a sus principales figuras a cargo de los paneles. Surgió el concepto de Marea Roja, que aludía a los hinchas chilenos que salían del país para apoyar al equipo local. La Marea Roja se transformó a partir de ese momento en una fuente noticiosa en sí misma, no sólo para los programas de conversación, sino para los despachos de prensa que fueron abriendo cada vez más su ámbito de acción a los fenómenos aledaños al fútbol; los subproductos de una industria que —como la corrupción en la FIFA— sólo sabía crecer y expandirse. Estos hitos marcaron un tono que se sostuvo, con mayor o menor entusiasmo en los 2000. Gracias al equipo de Sánchez, Vidal y Medel la TV local alcanzó el éxtasis. La gran fiesta duró hasta la eliminación en las clasificatorias a Rusia.

Las transmisiones de la Copa de Rusia 2018 lucen como una gran resaca después de los años de parranda, un viaje de consuelo o un largo peregrinar por la frustración de la eliminación del equipo local. En los 80 o los 90, cuando nadie esperaba nada de un equipo chileno las cosas parecían más fáciles. Pero ahora hay en cada despacho en vivo la amargura de estar reporteando sobre una fiesta ajena que debió ser propia, de haber perdido lo que se daba por ganado. La obsesiva búsqueda del hincha argentino o peruano burlándose de los chilenos y el ejercicio de bullying entre fanaticadas resume en lo que se ha transformado el negocio del deporte más popular del mundo: una gran fábrica de chovinismo; de villanos y de héroes; del disfrute jactancioso de los triunfos propios y sobre todo de las humillaciones ajenas.

Los 90 minutos de juego son sólo la antesala para una factoría de emociones que en esta pasada, para la televisión chilena, tiene el aspecto de la amargura mal disimulada.