Altísima en sus sandalias planas, vestida de blanco, el pelo tomado en una cola, imposible no fijar la vista en las clavículas de Renata Ruiz: dos estrellas idénticas, una al lado de la otra, que rematan cada esquina de sus largos huesos. Son el acto de rebeldía —y también el sello— de una de las modelos más importantes de nuestro país. Sus dos tatuajes cuentan además una historia: su partida a París, a los 19 años, tras un prometedor segundo lugar en el prestigioso concurso Elite Model Look; y luego el fin de su proyección internacional, cuando a los 20 tomó un avión de vuelta, deprimida y sin el mayor entusiasmo por regresar a una de las grandes capitales de la moda. Quiso imprimir esas figuras como una forma de sellar una decisión potente: no sería una supermodelo, no competiría en las grandes ligas; se quedaría en Chile, donde estaban sus afectos y su madre, recién diagnosticada —con sólo 47 años— del Mal de Parkinson.

Wp-renata-ruiz-450-3

En total, son ocho los tatuajes que Renata lleva en el cuerpo: dos estrellas en una de sus orejas, otro par en la muñeca derecha, en tanto que en su antebrazo izquierdo asoma una fina cruz; para rematar, una calavera azteca, marca la muerte de otro ciclo, tanto o más duro, y que ocurrió una década después, cuando —tras cinco años— terminó la carrera de Sociología en la Universidad Católica y, sin nada más que estudiar, su día a día se iba entre desfiles y castings. “Me preguntaba: ¿esto quiero? ¿Esto voy a seguir haciendo? No me sentía contenta. Me vino una especie de depresión que duró un par de años. Estaba pudriéndome por dentro, llegaba a los desfiles llorando. Me sentía vacía, que mi pega no tenía ninguna importancia. Necesitaba hacer algo que valiera la pena y empecé a satisfacer eso con el blog”. 

Renata se refiere a Para ser bella, que hoy suma más de 300 mil visitas y que representa uno de sus máximos logros. “Con él me di cuenta de que yo sí podía hacer un aporte. Empecé a hablar de la verdad tras los problemas de autoestima, de la transición de niñas a mujeres, de la anorexia, porque yo cargaba con el estigma de ser la modelo que le estaba fregando la vida a todo el mundo…”.

Wp-renata-ruiz-450

—¿A qué te refieres?

—Yo, al igual que muchas, representaba un canon estético que es súper irreal: la delgadez extrema, la belleza perfecta. Tuve la oportunidad de decir ‘esto no es así. Las modelos no somos felices, lo pasamos horrible no comiendo’. Nunca llegué a  alimentarme de papel o de algodón, pero la presión que sufren las modelos de carrera es tremenda. Eso fue lo que me agobió, lo que me marcó.

Toma un poco de agua y agrega:

—Crecí un poco a la fuerza, toda mi vida me exigieron actuar como grande y yo no me achicaba para nada; siempre muy adulta, de decisiones correctas, de una sola línea, porque en el modelaje hay mucho pelambre; la envidia y la maldad están latentes permanentemente. Entré en esto a los 14 años cuando gané el segundo lugar en el concurso mundial de Elite, comenzaron a llamarme, y no paré más.

—Pero sentías que no controlabas tu vida.

—Y empecé a plantearme de nuevo las cosas. Había ido a Francia a trabajar en las grandes ligas, financiada completamente por mi agencia, algo que en Chile sólo hemos conseguido Daniela Benavente, Carolina Parsons, Bianca Hassler, Carolina de Moras y Lieve Dannau. Pero decidí volver. Me siguieron llamando de distintas partes para que fuera a trabajar a otros lugares, pero no lo hice. Nunca más quise instalarme en ningún otro país.

—Te cerraste a la opción de ser una modelo internacional, la meta con la que todas sueñan.

—Absolutamente, y fui totalmente consciente de lo que estaba dejando atrás.

Wp-renata-ruiz-450-2

—¿Sentiste remordimientos?

—Todos los años me arrepentía. Y la gente se sentía en la libertad para criticarme, hasta hoy. Después tuve miles de oportunidades, pero no me hacía feliz estar todo el día trabajando para luego pasar toda la noche en una fiesta esperando a que me invitaran a un yate, y así…

—Has reconocido que no se trataba de un ambiente amable, ¿había maltrato?

—Sí… Eso también pasa en Chile. Pero es muy distinto llegar a tu casa, tener a tu familia, que no tener a nadie que te reciba, ningún amigo.

—Vivías con otras modelos…

—Pero era peor; me robaban, me hacían maldades, claro, competía con ellas. Mi vida consistía en salir todo el día a conocer gente, luego venían jornadas completas trabajando, sin saber el idioma, y llegaba a la casa todos los días llorando. Me dejó de llegar la regla y mi cuerpo empezó a resistir. En mis últimos tres meses  subí de 48 kilos a 58, lo que no está mal para una mujer de mi altura pero que para ellos es “obesidad”… Me dijeron que adelgazara, me dieron una dieta y vine a Chile para las fiestas de fin de año. Ahora, analizándolo, creo fue una forma de manifestarme, mis ganas de mandar todo a la mierda. Cada cosa que hice a partir de ese momento fue aportillar mi carrera de modelo internacional. Empecé a tatuarme, me puse aros… Estaba en medio de una depresión. Mi mamá me dijo que diera la Prueba de Aptitud: ve cómo te va y que el futuro se decida solo…, y así fue. Y yo pensé: si entro a estudiar a la Católica me quedo en Chile, si no, vuelvo a Europa. Era una forma de demostrar que me la podía. Y quedé en Sociología, con 710 puntos, luego de prepararme un mes. O sea, yo no soy una persona que nació para ser modelo.

El recibimiento en la UC no fue amable, sus compañeros, incluso los de cursos superiores, le hicieron la guerra, “pero en lugar de afectarme, me fortaleció; decidí demostrarles que su carrera era mucho más fácil de lo que creían, que hasta una modelo como yo podía sacarla. Luego de cinco años salí con uno de los mejores promedios.  Logré vencer la adversidad porque aquí tenía a mi familia”.

Los padres de Renata se separaron cuando ella era pequeña. La menor de tres mujeres, se pasaba pegada a su mamá, que tenía un taller de ropa y solía llevarla. 

—¿Cómo era la relación con tu padre?

—El fue un buen papá de fin de semana; con mis hermanas armamos un círculo muy unido en torno a mi mamá y él no supo entrar, aunque nunca dejó de cumplir ni se olvidó de nosotras. Hoy tenemos una muy buena relación.

—Pero el apego es con tu mamá.

—Soy lo más mamona que hay. Ella es la persona que me aterriza, que me centra, que me hace sentir en casa. Sin ella siento que nadie me quiere, que estoy sola.

—¿Qué edad tenías cuando le declararon Parkinson? 

—Creo que 15, estaba empezando en el modelaje. Al principio no se le notaba, era como una artrosis. Pero cuando volví de Francia vi que le costaban algunas cosas, como apretar los números del celular, comer… Ahí dije: ¿saben qué más? (y pone voz firme) yo me hago cargo de mi mamá.

—¿Lo sientes como un sacrificio?

—No. Perfectamente podría tenerla en un departamento, se lo pagaría todo igual y las responsabilidades serían similares, pero por una cuestión práctica prefiero que esté conmigo. No sé si eso cambie: esta es una enfermedad donde es imposible saber cómo va a evolucionar. 

—Aún no existe cura contra el Parkinson.

—No… Se pueden retroceder los síntomas, pero nada más. Ya la hemos operado dos veces… La última fue en noviembre del año pasado, otra vez sin resultados, y una tercera intervención sería complicado. Ya no es autovalente. Con el Parkinson el cuerpo se va volviendo rígido y los medicamentos producen discinesia, o los famosos temblores, que pueden ir desde algo suave a verdaderos saltos o movimientos involuntarios (y se para de golpe mientras levanta el brazo derecho).

—¿Así está tu mamá?

—Sí. 

—¿Y conversas con ella?

—Todo el tiempo. Su nivel cognitivo está perfecto; escucha, entiende, aunque a veces le cuesta hablar por los movimientos.

—¿Y cómo lo haces para hacer tu vida? 

—Ella está con enfermeras. ¡Si yo también tengo que trabajar, hacer mi vida! No soy una mártir de mi mamá y lo quiero dejar súper claro. No soy una víctima. Mi mamá sería la persona más infeliz si yo llegara a anularme por ella; al contrario, lo que más quiere es que yo encuentre al hombre de mi vida y me case.

—¿Te lo dice?

—Sí, la pobrecita como que está esperando que yo encuentre esa estabilidad como para… en una de esas, dejarse… 

—¿Dejar esta vida?

—Sí, porque su energía diaria es vivir por mí y que yo esté bien. Le daría una tranquilidad enorme que yo encontrara esa estabilidad, aunque no creo que en su cabeza exista la posibilidad de que me vaya, y yo le he demostrado que no va a ser así. 

—O sea, si llegaras a establecerte con una pareja, sería siempre con ella. 

—Hay que encontrar alguna metodología. Ella no es como un niño, es una persona enferma que necesita una serie de cuidados. Hay que buscar la manera para que las cosas puedan combinarse y sé que lo voy a lograr.

Renata ya pasó por la experiencia. En 2013 se comprometió con su novio, un publicista español, quien dejó su país para estar con ella y casarse, pero la relación no funcionó. “El se vino a vivir con nosotras y ahí aprendí la gran lección: no puedes mezclarlo todo. Como pareja necesitábamos un espacio, por último para pelear, pero estaba mi mamá e igual escuchaba —y reflexiona—.  Tendré que manejar las cosas de otra forma cuando llegue el momento, aunque no hay ningún apuro”.

—Parejas no te han faltado. No es que hayas renunciado a tu vida afectiva por tu mamá. 

—No, y hay muchos hombres dispuestos a cargar con ese tema, que no les complica; por supuesto que lo hablo en cada relación y hasta ahora ninguno me ha puesto un pero. 

—Tampoco ha sido un impedimento para tu carrera: acabas de firmar con la famosa señal internacional E!, para su programa Zona trendy

—Sí, hacemos notas y entrevistas con todo lo que está pasando acá, las fiestas, las discotecas, los eventos y lugares que la llevan, lo mejor del life style local… 

—En Chile te ofrecieron ser panelista de varios matinales, pero lo rechazaste…

—No es que no me vea trabajando en un matinal, pero si lo hago debe ser con la seguridad de que voy a poder ser yo. Durante años representé a un personaje, ¡ya no más! Soy una mujer que cuestiona, que va en contra de los moldes y quiero hacer algo que me guste, no estar por rellenar un espacio.

—En tus palabras se interpreta una cierta crítica a nuestra TV.

—No me gusta la forma de hacer televisión, hay muchos estereotipos y los roles están restringidos a la pareja televisiva o la mujer como acompañante de un hombre. En los espacios de conversación, los late shows, casi no hay mujeres, son puros hombres. Quiero cuestionar ese molde. Las mujeres estamos llamadas a sobrepasar los límites, a cuestionar los valores tradicionales.

—¿Pero qué diferencia puede haber entre un matinal y un espacio como el de E!?

—Es una pregunta complicada; soy una mujer como cualquier otra y también tengo mi lado superficial, tal como sucede con los hombres; no soy densa ni una ultrafeminista; me encanta la moda, tengo una gran vida social, me gusta salir, y lo que me ofrecieron en E! va de la mano con lo que soy. Esta es la que soy. Ya no quiero representar más un personaje.