A Reed Hastings, el creador de Netflix, cuesta preguntarle lo que no se puede encontrar sobre él en el buscador de Google. Son tantos los mitos construidos en torno a él, que no se sabe qué es verdad o qué puede ser un cuento de marketing, gossip o simplemente la buena historia que alguien quería escuchar. Lo importante es que funciona, vende y ha salido muy bien. “Y de celebrar sabemos mucho”, bromea frente a un grupo de setenta periodistas de América Latina, que lo esperan en un salón del Four Seasons en el D.F.

“Hoy queremos darles una sorpresa. Festejamos más de cinco millones de latinos inscritos”, comenta cuando se reparten gráficos y se muestran pantallazos con los rostros más famosos de las series de Netflix. Mientras esto ocurre, todos los periodistas nos hacemos la misma pregunta: ¿Por qué festejan tanto? Es que para muchos, aún son demasiadas las interrogantes que quedan en relación a Netflix y a su éxito. Lo cierto es que avanza a pasos agigantados para destronar a sistemas gratuitos de streaming como YouTube o ilegales como Cuevana, pero para Netflix pareciera que casi todos son competencia: YouTube, HBO, Yahoo y hasta el mismo Amazon.

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La historia de Netflix —que hoy está presente en América, Australia y recientemente acaba de abrir operaciones en Alemania y Turquía, con un total de 53 millones de usuarios— parte en 1997 y se construyó entre la realidad y la ficción. Famosa es la historia de su fundación, que cuenta cómo los 40 dólares de una deuda en Blockbuster por el arriendo de Apolo 13 habrían sido inspiradores para la creación de la compañía. Luego, en una entrevista, el propio Hastings reconocería que era “una buena historia para contar”.

Lo cierto es que las verdaderas motivaciones y lo que realmente inspiró a Hastings y a Marc Randolph, su dupla, aún es un misterio. Pero poco de eso importa cuando se sabe que la compañía durante el año pasado aumentó en un 200 por ciento el valor de su cotización en la bolsa. 

La de Marc Randolph y Reed Hastings, sus fundadores parte en un estacionamiento. Cuando ambos rondaban los treinta años. Una mañana de primavera de 1997, acordaron encontrarse cerca de Santa Cruz, el lugar donde los geeks de Silicon Valley suelen reunirse.

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Marc Randolph era productor de televisión y Hastings estaba haciendo un máster de matemáticas en Stanford. Marc tenía una idea. Ver cuánto tiempo tardaría en llegar por correo un DVD a una casa particular, para entonces Hastings ya tenía en su poder el paquete que le había enviado el propio Randolph. “Está en perfectas condiciones”, le dijo Hastings. Era el comienzo de Netflix, una compañía que partiría con el arriendo de películas que luego eran devueltas por el correo tradicional.

“Al principio fue un desastre. La gente no devolvía la películas, o se perdían en el correo, no sabíamos bien cómo manejar las platas y los tiempos”, recuerda Hastings. El comienzo de ese desastre permitió que apareciera la segunda buena idea: ofrecer servicio de streaming on line. Era 2007. Fueron los tiempos difíciles para Blockbuster, un gigante que se veía amenazado con bajos precios y películas que se adquirían por tiempo ilimitado. Sin cobros de multas asociados. 

En adelante, el resto es historia. Acumulación de cifras azules y buenos momentos para compartir. El 2013 fue el gran salto hacia la generación de contenidos propios, con la adaptación de la serie inglesa de la BBC, House of Cards. Cien millones de dólares fue la cifra final para que nombres como Kevin Spacey y David Fincher, el director de El club de la pelea, que jamás habían hecho televisión, se tentaran con el salto a la internet. Todo, frente a los ojos expectantes de Hollywood. El resultado fue todo un éxito y hoy con apenas ocho dólares, menos que el precio a una entrada de cine, los usuarios acceden a más de 120 mil títulos, entre los que se encuentran series, películas y documentales, que pueden ser vistos desde cualquier dispositivo, sin importar la hora ni el lugar. Series, documentales de creación propia, que convierten hoy también a Netflix en la Meca obligada para los nuevos realizadores audiovisuales.

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Antes de eso, Hastings se dio un par de vueltas haciendo casi de todo. Vendedor de aspiradoras, se enroló en los peace corps y fue profesor de matemáticas en Suazilandia. Todo para volver a montar una compañía de software, que recuerda como poco exitosa. Hoy a sus 53 años, habla conciso, sonríe fácil y los ojos azules profundos de seguro le sirven para llevarse miradas y mantener la atención con quienes conversa. Tiene dos hijos adolescentes, a quienes poco controla el tiempo que le dedican a la televisión y que se embarcan con él en cada viaje que pueden. El resto del tiempo lo pasa con su señora y cuatro perros recogidos de la calle en un pueblo playero de Santa Cruz, lejos de los Ferrari que se pasean por Los Gatos, donde se encuentran los cuarteles principales de la compañía.

Hastings reconoce que, a diferencia de su socio, la televisión no era su pasatiempo favorito. “Crecí en los sesenta y en esa época la televisión no era tan buena como lo es ahora”.

—¿Usted cree que la televisión va a dejar de existir?

—Sí, pero no por Netflix. Tenemos a YouTube que es mucho más grande que Netflix o HBO. Somos parte de esta gran tajada y esperamos avanzar hacia eso. La televisión como la conocemos va a desaparecer de acá al 2030. Fue una muy buena idea, al igual que el uso del caballo hasta que llegó el automóvil. Hoy tenemos internet y eso vuelve el consumo más conveniente. La era de la televisión abierta durará quizá de 1930 hasta 2030, el video por internet continuará expandiéndose y terminará por absorberla.

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—¿Cómo definiría su relación con Ted Sarandos? ¿Cómo funciona la fórmula entre el geek y el hombre de televisión?

—Funciona perfecto. Ted se unió a nosotros el 2000, hace casi 14 años. Durante los dos primeros tuvo que trabajar desde su pieza, porque no teníamos oficina en Los Angeles, y aún estábamos muy instalados en el garaje. Ahora la mitad de nuestros ejecutivos están en L.A. y la otra mitad en Los Gatos. De esta manera tenemos lo mejor de dos mundos; el de Hollywood y el de SiliconValley. Los dos estamos aprendiendo y nadie más que el otro. Nos vamos de vacaciones juntos, estuvimos en Galápagos con nuestros hijos y lo pasamos muy bien.

—Pero son muchos los usuarios que aún alegan por problemas…

—Claro. Tenemos un montón que aprender aún. Problemas con los buffer, con los sistemas de pago, la homologación de catálogos y la creación de nuevos contenidos. Netflix está fantástico en relación a lo que fue hace cinco años, pero está muy malo en relación a lo que será en cinco años más.

—Ted Sarandos prometió los catálogos homologados. Aún son muchos los chilenos que prefieren ver Netflix con un IP norteamericano. ¿No les preocupa eso?

—Tratamos de que todos en todas partes tengan el mismo contenido. Nuestras series originales, la gran mayoría se pueden ver desde todas partes del mundo. Queremos comprar más licencias. Better Call Saul, el spin off de Breaking Bad lo estrenaremos primero en Chile que en USA.

—¿Qué es lo que se aprende al leer la mente de las personas y saber qué es lo quieren ver?

—La gente no es homogénea. Todos quieren ver cosas diferentes. Contamos con 53 millones de canales para cada uno de los usuarios y nadie es igual a otro. Lo que tratamos de hacer es algo que nunca nadie ha intentado: personalizar la TV, qué es lo que quieres, qué es lo que queremos que te guste…

—¿Una fórmula secreta?

—No es tan secreta. Tenemos códigos que nos guían. Que nos dicen cómo sugerir, cómo promocionar y cómo desarrollar el contenido para que las personas quieran ver mucha televisión. Creo que eso ha hecho que resulte la fórmula Netflix.

—Pero existe gente que pasa demasiado tiempo viéndolos y que cría a los niños con la ‘niñera mecánica’, frente al televisor. ¿No se siente un poco responsable por eso. Usted mismo es promotor de la educación… Es un poco contradictorio no cree?

—Claro que no. Cada familia tiene que saber cómo usa Netflix, no hay una sola manera de hacerlo. Nosotros no decimos ni dictamos si se usa mucho o poco. Es como cuando vendes cupcakes, no promueves a que la gente coma todo el día eso, pero no puedes hacer más que los mejores y nosotros hacemos el mejor servicio. Quizá mucha gente lo ve mucho, pero depende de qué está pasando en su vida.  Si van a ver TV es mejor que vean Netflix, porque no tienes comerciales.

—¿Cómo es su relación con Hollywood? Hace un par de años dijo que era estupenda porque firmaban cheques grandes…

—Sigue siendo muy buena. Hollywood nos sube el precio y nosotros tenemos que acceder. Es un tira y afloja que funciona bien. Es muy positiva, porque apoyamos en derrotar la piratería.

-¿No tiene amigos de ahí? Parece que usted fuera toda una celebridad…

-—No, no estoy interesado en sacarme selfies con famosos ni nada de eso, tengo buenos amigos, pero no salen en las pantallas, están más relacionados al negocio que aparecer en las películas. Claro, Kevin Spacey me parece un tipo increíble, a veces salgo a comer con él y lo pasamos muy bien.

—Pero en algún minuto tiene que haber hecho ese salto. No veía mucha televisión de niño, pero tanto desinterés…

—Me interesa la televisión que hace a la gente feliz, pero de ahí a hacerme amigo de los famosos, no me interesa. Quizá he tenido que usar más mi esmoquin, jajaja.