El cuerpo femenino ha generado desde los inicios del siglo XX una industria formidable en torno suyo: la moda, la cosmética y la entretención han usufructuado de distintas maneras y formatos la apariencia y los modelos de conducta asociados por la tradición a la mujer. Los concursos de belleza son la cúspide máxima de este negocio millonario.

El formato es un cliché: usando el patrón de los festivales de exhibición de ganado los certámenes de belleza ponen a disposición de un jurado un conjunto de jóvenes que se supone representan estereotipos de cuerpos deseables. Ellas se pasean, los jueces dan un puntaje y el ejemplar con mejor desempeño es coronado en medio de una fanfarria. La idea tuvo gran popularidad en Estados Unidos y se expandió con facilidad a Latinoamérica gracias a la televisión. El auge de estos programas estuvo en los ochenta y el declive comenzó en los ’90 opacados por la irrupción de las supermodelos como íconos de belleza, con un aire más distinguido y menos pacato que las mujeres que prometían lograr la paz mundial a punta de sonrisas a la cámara.

Proyecto Miss Chile, el programa que elige la representante chilena al concurso Miss Mundo, intenta salvar la depreciación de los concursos de belleza con un híbrido que ya probó anteriormente, mezclando competencia y telerrealidad, una esquina en donde el glamour se encuentra con la miseria humana. La versión 2013 cocina un extraño guisado que mezcla algo de Project Runway, otro poco de Next American Top Model y una pizca de Rojo. El resultado tiene un regusto a Miss Pelarco.

El problema no es la conducción de Tonka Tomicic, que por ratos parece incómoda, ni el fingido rigor disciplinario de los instructores, ni las descabelladas pruebas a las que se somete a las candidatas. El tema principal es que el trofeo está devaluado luego de que la anterior ganadora terminara llorando miserias en los tabloides. Una factoría moderna debe ocuparse del producto en plenitud, y en este caso parte de esa labor es asegurarse de que la criatura que lanzó a la fama como reina de belleza permanezca ajena a los rigores de la vulgar realidad al menos hasta que tenga reemplazo. Otro escollo importante es que el formato obliga a que la audiencia se entere de lo que piensan —o no piensan— las participantes. Y eso es un riesgo de envergadura.

Proyecto Miss Chile es una suerte de zancadilla al eje que guía el espíritu de los concursos de belleza, aquel que atraviesa la cultura patriarcal y que supone que el ideal de belleza femenina es directamente proporcional al tiempo que las mujeres permanezcan mudas, sonriendo y exhibiendo su cuerpo. Ajenas a toda preocupación, distantes de cualquier signo de vida inteligente y dispuestas a ser calificadas según el ancho de sus caderas o el largo de sus piernas.

Comentarios

comentarios