La marginalidad parece ser uno de los temas más visitados por los creadores audiovisuales chilenos. Desde El chacal de Nahueltoro, Caluga o menta y Taxi para tres en el cine, hasta Huaiquimán y Tolosa y El reemplazante en la televisión. Las feroces distancias sociales de nuestro país y la violencia que generan, son un ancho campo para cosechar historias. Pero así como surge la oportunidad, aparece el peligro: el enfoque paternalista, la seducción por los estereotipos y el afán por crear moralejas o peor que eso, discursos políticos. Príncipes de barrio se instala en esta tradición chilena y logra esquivar los desafíos con una combinación de personajes fuertes, trama ágil y un tema central que asegura el interés de la audiencia: el ascenso social a través del fútbol.

Príncipes de barrio es una suerte de cuento de hadas en clave realista y versión pichanguera. La fragilidad de La Cenicienta está en esta serie encarnada en el Tofi, un adolescente de pocas luces, buen corazón y escasas oportunidades de prosperar en la vida, pero con un talento: el Tofi es bueno para la pelota. El dominio del balón en estas circunstancias es el zapatito de cristal perdido que debe encajar en el pie de manera adecuada. Para que esto suceda es necesario un intermediario, el agente cazatalentos —encarnado por Daniel Muñoz— que busca en las polvorientas canchas de los suburbios las estrellas del futuro. Una vez que ambas partes se encuentran, se produce la magia. 

La nueva serie de Canal 13 propone una historia que en tono de comedia va señalando grandes temas propios de las tragedias: el valor de la amistad y la lealtad frente a la traición y la codicia; la manera en que el dinero a raudales de una industria del entretenimiento eleva al nivel de ídolos a unos cuantos elegidos al mismo tiempo que los usa y desecha; la ferocidad de un negocio que tiene la apariencia de un deporte y los usos de la trata de personas. La producción aborda además, de manera indirecta, la historia de un pueblo, el chileno, en el que la figura del padre es una sombra o apenas un recuerdo, en donde el sacrificio recae en los hombros de las mujeres trabajadoras que de una extraña manera empujan a sus hijos varones a reproducir la historia. Una épica en donde la crítica social nunca está mostrada de manera explícita, sino más bien insinuada entre partido y partido, al ritmo de la estética de los futbolistas de éxito, aquellas criaturas toscas y silvestres que abrazan el consumo como a un salvavidas que los rescata del polvoriento olvido de morir en una pichanga de población.

Príncipes de barrio es el retrato de la manera en que incluso la frágil alegría dominical de buena parte del pueblo puede ser empaquetada y dispuesta en el mercado, como quien le pone precio a la esperanza de una vida mejor.