El canal que se encumbró en los índices de audiencia gracias a esa casualidad llamada series turcas, estrenó producción propia y la situó, en una operación quirúrgicamente elaborada, entre Las mil y una noches y Fatmagul. Pituca sin lucas es una especie de entremés de factura propia que contrasta con las historias ambientadas en la ribera oriental del Mediterráneo en ritmo y dramatismo. En este esquema la serie nacional más que la nueva teleserie de las 20:00 horas, es un ejercicio de estrategia de programación y en ese sentido es un acierto. Sólo en ese sentido.

La expresión francesa déjà vu parece haber sido inventada expresamente para describir la teleserie Pituca sin lucas, la gran apuesta de Mega que involucró la contratación de la directora María Eugenia Rencoret, a cargo de una contundente lista de éxitos durante la década pasada en TVNPituca sin lucas es una suerte de Frankenstein armado con retazos de Rompecorazón y Amores de mercado, un dejo de Puertas adentro y algunos guiños a Juani en sociedad. Una ensalada de recuerdos.

El choque cultural entre grupos de dos clases diferentes es un asunto que se ha hecho repetitivo en las telenovelas locales. Los conflictos de clase en sordina que vive nuestra sociedad parecen ser blanco inevitable para buena parte de los guionistas chilenos. Pero algo sucede entre la creación de la trama y su puesta en escena final que termina transformando todo en un borrador de estereotipos sin profundidad, rendidos a la caricatura y la explotación de lo pintoresco. Mientras la burguesía es un despunte de frivolidad vacua, los personajes pertenecientes a la clase trabajadora aparecen nuevamente aquí como una especie de cuadro folclórico, aunque esta vez, sumando un elemento novedoso: el activismo político claramente expresado. Las teleseries de Moya Grau acostumbraron a toda una generación a la descripción de los pobres como fieles a su destino de obediencia, con la docilidad de una mascota y la ética de una niña de parroquia. Esto parece haber cambiado definitivamente.

En Pituca sin lucas una familia con un padre dirigente sindical de inspiración comunista encarnado por Alvaro Rudolphy surge como un avance cultural: aquello que hace dos décadas podría haber desatado una polémica —política y derechos sociales en una teleserie— ahora es sencillamente un dato más que enriquece no sólo las posibilidades de los personajes sino también las lecturas de la audiencia. Es quizá justamente esa sintonía con las discusiones actuales —educación pública, delitos económicos— el ingrediente más atrevido de una teleserie con regusto noventero y estética Sabatini. Pituca sin lucas es la colonización vespertina del horario nocturno y un portal que debiera abrirse a la originalidad más que al enjuague de fórmulas sin alma.