La dueña de Las Conchitas comenta todas esas cosas para salvar su negocio. La televisión le está dando una oportunidad y ella la toma. Nosotros, la audiencia, nos abrimos camino en todos esos detalles que usualmente como clientes no querríamos conocer sobre el restorán al que acudimos. Aquello que ocurre más allá de la puerta de la cocina, es justamente el lugar al que nos lleva Pesadilla en la cocina (Chilevisión).

La versión chilena del programa del célebre chef británico Gordon Ramsay tiene un tono de documental de tragedia familiar que compensa un hecho ineludible: su conductor, el uruguayo Gustavo Maurelli, es desconocido para el gran público y por lo tanto sus opiniones no tienen el mismo peso que las de una celebridad como Ramsay. Maurelli acude al llamado de empresarios gastronómicos que ven cómo sus negocios están al borde del colapso. Su misión es hacer en una semana un tratamiento de shock registrado por las cámaras incluso en sus más íntimas miserias. Hemos visto matrimonios a punto de romperse, amistades quebrarse y confianzas derrumbarse. Un drama que, como efecto dominó, empuja a que otro se desate. El programa exhibe la trastienda de esa cocina que rara vez querríamos ver cuando nos sentamos en un boliche y nos cuidamos de mantener nuestro rol de cliente. Aun más en un país como el nuestro en donde el servicio es de manera apabullante, pésimo.

La ignorancia muchas veces nos protege. La deficiencias que el programa muestra son inagotables: desde la higiene hasta la franca torpeza y prodigiosa ineptitud.
Pesadilla en la cocina es un docurreality al borde del registro social, en donde el aspecto estrictamente culinario pasa inadvertido y lo que vemos es un montón de trapos sucios que se acumulan en la trastienda. Una diferencia de la versión chilena con la original británica no puede pasar inadvertida: Ramsay vuelve después de un tiempo —algunos meses— a los lugares en donde intervino para comprobar el efecto de los cambios. Eso no ocurre en la versión local. En este caso sospechamos que el final feliz de cada capítulo es más una necesidad del guión que una realidad perdurable.

En cada episodio parece haber demasiados platos sucios y muy pocas manos con el deseo de limpiarlos.