Pascal es desenvuelto y canchero. En una rueda de prensa con periodistas de Europa, Norteamérica y Sudamérica, se maneja con habilidad. Cuando le preguntan si quedó conforme con su aporte en la primera temporada es categórico. “Lo único que recuerdo es que mis compañeros me dijeron que estaba muy bien. Ahí me relajé”, afirma risueño.

A sus 41 años, su carrera va en alza. Desde que personificó al noble Oberyn Martell en la taquillera serie de HBO Game of Thrones, las ofertas no le faltan. Filmó La Gran Muralla en China junto a Matt Damon y en Londres la comedia de espías Kingsman: The Golden Circle, con Colin Firth. Títulos que ratifican que está jugando en la primera división de Hollywood y que ejemplifica con un dato: adquirió un departamento en Los Angeles. “No te diré que es la gran cosa, pero es mi hogar. Por mi trabajo estoy muchos meses fuera de mi casa y casi siempre en el extranjero. Colombia, China, Europa. Para cualquiera puede ser duro, pero tengo suerte porque ser hijo de exiliados te ayuda a formar amistades más rápidamente”, sentencia.

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Como muchos chilenos, Pascal y su familia debieron salir por la fuerza durante la dictadura de Pinochet. Sus padres, ambos socialistas, se radicaron en California. Allí tuvieron que empezar de cero. Pascal, con apenas nueve meses a su llegada a Estados Unidos, jamás se sintió un inadaptado. “Era un gringo más”, señala. Aunque nunca olvidó su origen. Toda su familia se había quedado en Chile y sus padres mantenían las costumbres de su patria y estaban constantemente informados de las protestas populares contra Pinochet y de los abusos de la dictadura. “Mis papás me cuentan que fueron tiempos muy peligrosos para los que disentían políticamente con Pinochet. Lo peor es que nosotros tenemos una familia grande, con 34 primos y costó cortar ese cordón. Cuando mis padres cumplieron ocho años en Estados Unidos, se les permitió volver a Chile por pocos días. Fue un momento de felicidad porque lentamente pudimos ir al país a ver a la familia y normalizar las relaciones. En 1995, mis padres volvieron definitivamente a Chile, que era lo que más querían”, recuerda.

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Pascal, sin embargo, no volvió. Aunque viaja una vez al año a Santiago, se quedó en Nueva York para estudiar actuación. Asegura que ha tenido suerte. Y que su papel de Javier Peña en la serie de Netflix lo ha disfrutado. “Trabajar en Narcos ha sido muy bueno porque me dieron libertad. Peña es diferente a su compañero, Murphy —Boyd Hoolbrock—, que es gringo. Peña es como yo. Medio gringo, medio latino y es un personaje más impredecible. A veces está bien, a veces está mal. Es un tipo muy humano que se involucra con sus informantes. No los utiliza”.

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Para el actor, la gran diferencia entre la primera y la segunda temporada de Narcos va más allá de los tiempos. Si en el debut, se consigna el origen de Pablo Escobar y su ascendente poder durante varios años, ahora el periodo es más acotado: la acción transcurre desde la huida de la Catedral hasta la muerte del narcotraficante. Un lapso que no supera los dieciocho meses. “Estamos muy conformes con el tratamiento de la historia y la calidad del trabajo. Más allá de mostrar la historia de Escobar, lo que se busca es mostrar la historia reciente de Colombia sin caer en ese tópico en que la cocaína se asocia al país. Esos hechos son solo una parte de un país hermoso, de muy buena gente”.

—¿Cuándo te veremos en alguna película chilena?

—Ahora es difícil porque tengo mucho trabajo. Pero me encantaría hacer cine en Chile. Tengo unos amigos talentosos e increíbles que dirigen como Pedro Peirano, Marialí Rivas y Sebastián Arrau y espero que me convoquen en alguno de sus trabajos en el futuro.