Durante la primera mitad de los ’80, la mayor parte de la programación de la televisión chilena estaba dedicada a programas de concursos. Los había en los de mediodía y en la noche, gente que competía por ganarse una licuadora, un calefón o un auto.

Gran parte del éxito de Sábados gigantes radicaba en la atención que la audiencia le prestaba a concursos de distinto tipo en los que participaba gente común y corriente, justamente el tipo de personas que rara vez era retratada por la televisión. Aquella programación —auspiciada por una marca específica— fue cediendo terreno en la medida de que las condiciones económicas mejoraron y la producción de ficción se multiplicó durante las décadas siguientes. Quizás el más notable resurgimiento del esquema ocurrió cuando Canal 13 trajo a Chile el programa ¿Quién quiere ser millonario?, un éxito mundial —que incluso inspiró la película Slamdog Millionaire— que fue conducido en la versión nacional por Don Francisco, el monarca de la era de los concursos.

Pasapalabra Chilevisión (CHV), una franquicia inglesa que tiene particular éxito en España, inevitablemente recuerda aquella época de la televisión chilena. Pasapalabra utiliza el mismo anzuelo para enganchar con quien lo sintoniza: que el espectador logre proyectarse en el concursante, acompañarlo en su campaña, sentir vicariamente el avance hacia el premio prometido luego de traspasar los obstáculos planteados. Aunque el juego incluye en una primera parte la participación de celebridades que acompañan al concursante, es la segunda parte —el llamado rosco— la que convoca más atractivo, sobre todo porque en esa etapa vemos una competencia en donde todo depende de la habilidad mental de quien participa. Una metáfora de la meritocracia que rara vez se cumple en la realidad nacional, pese a ser incluso un discurso político. Esta interpretación es refrendada por la popularidad que alcanzaron la profesora de inglés Ledy Ossandón y la estudiante universitaria Sujey Jara. Ambas mujeres avanzaron en el desafío logrando admiración y simpatía. La audiencia reconocía en ellas el valor del mérito y la forma de recompensarlas fue transformándolas en personajes públicos por un par de semanas.

Con su nuevo programa CHV acertó de una manera que sospecho, ni siquiera sus ejecutivos imaginaron. Lograron conectarse con una necesidad insatisfecha, hacerlo con un programa comercialmente rentable que ahonda en los vericuetos del lenguaje, premia la memoria y destaca el conocimiento. Un acierto inesperado que tiene a Julián Elfenbein de vuelta en la televisión, en un rol más severo, pero que le permite demostrar su sentido del humor desprendido del bullicio de los matinales.