La serie española del momento no es sobre asaltos a casas de moneda, ni sobre viajes en el tiempo. Tampoco es un culebrón de época. La serie de la que todos hablan es cómica, sentimental, absurda y hasta romántica, se llama Paquita Salas y es protagonizada por un actor con sobrepeso (Brays Efe) que interpreta a una representante de artistas cincuentona tan entrañable como torpe. Un placer que se hace fugaz en sus dos temporadas de cinco capítulos cada una. En los episodios de 30 minutos se reconcentran guiones que mezclan personajes reales y de ficción con ese desparpajo ibérico que tiende al exceso, la rutilancia y la verborrea deliciosa. Diálogos propios de una cultura que llena de palabreo la vida, en todos sus recodos, y transforma cualquier discurso, en un gesto de pasión que lleva al gozo. Paquita Salas fue estrenada en una plataforma web, pero su éxito fue tal que ahora está en Netflix.

La serie tiene algo de la británica Extras y otro poco de The Office, solo que remecidas por una armada española encabezada por Javier Calvo y Javier Ambrossi, dos productores, guionistas y creativos con espíritu millennial que ya montaron un musical, rodaron una película —La llamada, también en Netflix— y hasta lograron fama como dupla de coaching en un concurso de talentos local. Un currículum veloz como los tiempos que corren, que los puso en la cresta de la ola. Paquita es una agente de artistas desde los años ’90, cuando alcanzó cierta notoriedad que fue perdiendo en la medida que sus despropósitos y torpeza la dejaron rezagada en el negocio. Pero ella no se da por vencida. Mantiene una oficina —PS Management— que consiste en dos escritorios, dos computadores y Magüi, su fiel secretaria, tan leal como inepta. Una dupla semidesempleada, con regusto al Quijote y Sancho Panza que incluye como Dulcinea a un cartero ronco y desastrado y una corte de los milagros variopinta de celebridades de éxito variable.

La serie logra un ritmo acelerado y un lenguaje universal, a pesar de los guiños a la cultura pop española, gracias a que bajo todos los golpes de efecto, los diálogos insólitos y las situaciones esperpénticas nunca deja de lado el fondo de todo: una reflexión sobre la fama, los sueños y el fracaso. Paquita Salas tiene todas las condiciones para ser una caricatura, pero nunca llega a serlo. En sus excesos siempre hay un matiz de sentimiento, de ética. Y en su torpeza, corazón. Existen series que entretienen, producciones cuyas historias atrapan y otras que provocan la necesidad de vivirlas, ser parte de ellas, conocer sus personajes y dejarse acompañar por ellos. Paquita Salas es de estas últimas, un universo paralelo vibrando tras la pantalla.