Luego del éxito de Mundos Opuestos el horizonte de los reality shows parecía haberse agotado en su atractivo. El desabrido resultado de Trepadores confirmaba una tendencia a la baja, que si no era el sótano de la decadencia total del formato, al menos un declive que afectaba lo más importante en este negocio: las entradas económicas que le significaban al canal que lo emitía.

Chilevisión encontró una fórmula para intentar remecer la tendencia con Padres Lejanos, un programa de telerrealidad de origen español que elige a los participantes en duplas familiares. Madres, padres, hijos e hijas con relaciones deterioradas son sometidos a un viaje de encuentro a través de la precordillera de la Araucanía. La novedad es que en este caso las miserias ventiladas —materia prima del género— no son las estrictamente personales, sino las que corresponden a una de las instituciones sociales más resguardadas y mitificadas de la sociedad chilena: la familia.

El primer capítulo mostró las historias de las seis parejas que competirían. La selección era un ramillete que iba desde la franca violencia intrafamiliar de tinte policial —uno de los padres había apuñalado a su hijo luego de una discusión— a la sencilla aspereza de carácter. Una mujer que había sido abusada por su abuelo, un joven que se prostituye a disgusto de la madre, un hombre que abandonó a su mujer y su hija, son sólo algunos de los seis casos presentados.

El casting de historias y personajes de Padres Lejanos tiene una curiosa semejanza con la línea editorial de las noticias de Chilevisión. Un eco sostenido en la necesidad de pintar un retrato naturalista de aquellos bordes sombríos de nuestra sociedad que parecen capturar, cada vez más, una audiencia particular que se torna fiel a esos contenidos. ¿La búsqueda de un reflejo acertado de sí mismos y no de una imitación rubia falsificada? ¿El deseo de hurgar en la desgracia ajena en clave intrafamiliar? Los relatos de cada uno de los casos de Padres Lejanos se sitúan a un par de metros de la crónica roja, como el rumor de un suburbio hostil en donde la violencia no solamente se instaló en las calles, sino también en los comedores y dormitorios. Los participantes son la encarnación de un pueblo que ha hecho de la figura del ‘huacho’ un símbolo patrio y de la madre todopoderosa una aspiración cívica. Por otra parte, la modernidad surge en el programa en la figura de los terapeutas, los dos expertos en conflictos familiares. Un contrapunto necesario para el espectáculo y para crear la fantasía de que el amor es más fuerte que el rencor.

Comentarios

comentarios