Pablo Mackenna camina desgarbado, de buen ánimo, aunque ya lleva varias horas grabando sin parar, bajo el sol inclemente del Cajón del Maipo. Está más delgado, canoso, distinto. Después de ocho meses de silencio luego de su experiencia más brutal, ésta es su primera entrevista. Cuenta cómo salió adelante, que se siente más fuerte, que tuvo que vivir el horror para mostrar de qué está constituido, y que al igual que los participantes del reality Trepadores —que conduce para Mega—, ascenderá junto a ellos el Aconcagua “porque ése es el lugar para tener una conversación pendiente ‘con el de arriba’… ¿está bueno ya o no?”.

Sin duda Pablo de ahora es otro, a años luz del niño terrible, el poeta maldito e indomable en el que cimentó buena parte de su fama. El punto de quiebre se vivió en febrero cuando, acusado de abusar de una menor en las afueras del Casino de Viña del Mar, los medios se pelearon por apropiarse de la noticia y él se convirtió en blanco de sospecha. Sin embargo, la impactante primicia muy pronto se convirtió en sórdido fraude, orquestado desde el inicio por la madre de la niña, y Pablo Mackenna pasó del banquillo de los acusados al lugar de víctima. “Fue muy fuerte. Para mí no existe peor delito; siempre he dicho que ése sería el único por el cual repondría la pena de muerte. Y terminar bailando de este lado es una cosa muy rara, muy difícil de procesar, de entender…”.

El episodio se vio agravado por una desafortunada constelación de errores que se sucedieron a todo nivel. “Esa noche no llegó el fiscal de turno, a pesar de que ése era su trabajo; si hubiese hecho su pega habría accedido inmediatamente a las imágenes que grabó la cámara del casino y todo habría llegado hasta ahí… Pero las vio 24 horas tarde, cuando ya había unos 80 medios de comunicación afuera. Y además me formalizaron sin haber ninguna prueba. También lo del Casino de Viña del Mar fue impresentable: sabían que esa mujer operaba ahí, la conocían, había sido denunciada varias veces y seguramente actuó coludida con los guardias, pero ellos nunca dieron la cara, ni siquiera una declaración… Mientras, los canales fueron muy burdos, actuaron con gran torpeza, sobre todo el 13. Pero se trataba de una noticia que vendía… Me jugó en contra ser famoso”, reflexiona.
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Reconoce que se deprimió y le costó encontrar la salida. “Cuando fue lo del choque (en 2005, en estado de ebriedad y que terminó con él 40 días preso y sin licencia de por vida, aunque recién la recuperó tras una apelación), por lo menos supe qué hacer con lo que me estaba pasando y escribí un libro. Pero ahora la experiencia me sobrepasó. Claramente me han sucedido hartas cosas en la vida, entiendo cuáles han sido mis errores, trato de repararlos y ser mejor persona. Pero esto nunca lo entendí. Todavía no veo respuesta. Y la literatura no me salvó, aunque sí pude encontrarme en el poema de César Vallejo, Los heraldos negros”. De pronto la voz de Mackenna se convierte en un eco que resuena en el espacio. Recita de memoria: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé! Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte…”.

Ahora ya no es Pablo Mackenna, el conductor de TV, tampoco el personaje ácido que en vez de hablar disparaba a quemarropa. De pronto es el poeta, el tipo sensible, enclaustrado en una soledad profunda que sólo logra curar a través de las palabras. El hombre que teme a la muerte y que, como reconoce en estas páginas, anhela constantemente encontrar el amor, “aunque tal vez esté condenado a quedarme solo”.

Tres meses después de la dura experiencia, el mundo que Mackenna había construido a través de la literatura y en el que se había refugiado para curar el horror, sufrió los efectos de una feroz réplica. “El golpe de gracia fue en México. Estaba en un encuentro latinoamericano de poesía, leí mis trabajos y me hablaron algunos poetas para saber más de lo que escribo. Parece que ese mismo interés los llevó luego a buscarme en internet (hace una pausa, continúa). Al día siguiente varios se me acercaron, todos para comentarme lo mismo: ‘Pablo, qué terrible lo que te pasó…’. Claro, me rastrearon en la red y en lugar de mis poemas se encontraron con la noticia, donde yo había sido acusado…”.

Se cuestiona:
—Claro, porque en Chile hay un contexto, la gente sabe lo que me pasó, me conoce y tienen claro que soy desordenado, pero incapaz de algo tan terrible… ¿Cómo le explico a un tipo de Venezuela que fue una trampa de una señora en el casino? Entonces me di cuenta de que se había ensuciado un espacio sagrado para mí. Rosa, mi hija algún día va a encontrar esos titulares, ¿cómo se lo explico? Y en cuanto a la poesía, ya es complicado escribir en Chile siendo un rostro de televisión, pero me estaba funcionando bien afuera, me habían invitado a este encuentro en México; estaba construyendo este lugar que no tenía nada que ver con la tele ni con Chile y donde valía sólo por mi palabra. Y aparece esto… No pude explicarlo; no me dio para más y colapsé…”.

—¿Qué le sucedió?
—Fui yo perdiéndome en la oscuridad de la noche mexicana, dejé que me tragara. Tampoco nada terrible, pero estaba solo. Lo que era un viaje muy lindo se transformó de pronto en algo desgarrador, muy doloroso.

—¿Eso le pasa cuando se deprime?
—Me pongo melancólico, para adentro; tiendo a retrotraerme. El mundo se me vuelve ancho…

—¿En qué se afirmó cuando ocurrió lo del Casiño de Viña?
—En la Rosa y en mi familia. Estuve harto en el campo, en el sur. Le tenía miedo al mundo exterior. Te metes en tu búnker y no te atreves a abrir la puerta, pero me fui sanando de a poco y mis miedos desaparecieron gracias al cariño de la gente porque al contrario de lo que esperaba, ¡recibí mucho afecto! Hasta que llega un punto en que dices ‘está bien, una raya más pa’l tigre’. Fue una prueba y esa mancha asquerosa no me tocó.

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Comenta:
—La vida me puso una bomba atómica tan potente que también instaló una cámara para mostrarme saliendo de ese hoyo, y lo hice con dignidad. A veces necesitas el horror para mostrar de qué estás hecho. Tampoco digo que sea el hombre de acero, pero estoy bien constituido, soy una buena persona. Y sin rencor porque esto era para mandar a todo el mundo a la punta del cerro.

Uno de los pilares que le permitió dar un sentido a lo vivido fue el proyecto Inocentes de la Defensoría Nacional Pública, presentado recientemente en La Moneda y que busca dar respuesta a quienes han sido injustamente imputados. “Hay mucha gente que es formalizada sin ningún antecedente, los dejan procesados e incluso presos, pierden a sus familias, sus trabajos y a los dos años les dicen: ‘¿Sabe qué? Nos equivocamos, váyase para su casa’. ¡Si esto que me sucedió a mí le pasa a mucha gente aún en peores condiciones! Al menos tuve la suerte de que hubiese una cámara, pero cuántos hay que no tienen cómo probar que son inocentes. Con este proyecto vi que estamos muy lejos de las normas internacionales; la verdadera presunción de inocencia, que era una de las piedras angulares de la reforma, no existe. Así que me interesó ayudar para poder dar un sentido a todo lo que me había pasado”.

La experiencia también le sirvió para replantearse en términos de pareja. “En ese momento no estaba con nadie… Y lo de la Javiera (Díaz de Valdés, su ex mujer) fue muy bonito, porque hay tantas mujeres que acusan injustamente a sus ex maridos de cosas terribles sólo por unas luquitas más de pensión o, simplemente, por despecho. Que ella —incluso antes del video— dijera que no sólo ponía las manos al fuego sino que también se quemaba a lo bonzo por mi inocencia, lo encontré un poema. Ahí vi lo más lindo de ella. La persona que creía conocer seguía siendo la misma, con todas esas cosas preciosas de las cuales me enamoré absolutamente”.

—¿No le dieron ganas de volver con ella?
—No (responde firme). Fue un acto muy bonito, nada más.

—¿No hay dolores, arrepentimientos porque esa historia no funcionó?
—Me habría gustado intentar una relación permanente, criar a nuestra hija juntos, armar un proyecto de vida. Pero sé que no era con Javiera, a pesar de que quise que fuera con ella y lo intenté. Me da mucha pena que no resultara, que la única vez que me atreví a intentarlo, no haya funcionado.

—¿Eran incompatibles?
—Hubo miles de razones, pero me llevo bien con ella, la quiero mucho.

—¿Existen aspectos suyos que influyeron?
—Sí, por supuesto. Aunque tampoco creo que todo esto pase por los errores de uno u otro: juntos teníamos cosas muy potentes y, también, otras que nos distanciaron, que no terminan de cerrar entre nosotros como pareja.

Y observa:
—Cada pareja es un universo tan particular. Generan sus propios lugares de encuentro y sus dificultades… Yo tenía ganas de que funcionara, tenía ganas de llegar.

—¿De llegar?, ¿dónde?
—Es que la vida tiene tantas preguntas abiertas y una de esas es el amor. Entonces ‘llegar’, encontrar pareja, es también una respuesta. Claro que cuando tienes una vocación por el amor, por armar espacios compartidos, ¡se te puede ir la vida buscándolo! Y cuando crees que al fin lo lograste, te das cuenta de que no era, y se queda otra vez esa puerta abierta cuando debe ser maravilloso dejarla cerrada.

—O sea, quiere volver a emparejarse, tener más hijos.
—¡Por supuesto que me gustaría tener un objeto del amor!, compartir mi vida. Es bonito querer, encontrar donde renunciarse, comprometerse, regalar tus pequeños triunfos y desafiarte a ser mejor… descansar en un abrazo. Pero las posibilidades de encontrarlo son bajas, no se puede conseguir todo en la vida.

—Suena resignado.
—Es que no todos logran dar su mitad de piedra partida; puede que esa persona haya nacido en otra época, o en el otro lado del planeta…

—¿No será que esta imagen de poeta maldito aleja en lugar de acercar?
—Puede ser.

—¿Le cuesta enamorarse?
—Sí. Es que el amor tiene dos caras: por un lado es llegar; cuando lo lograste se acabó la búsqueda, ¡que también es muy entretenida! (ríe).

—En el fondo, un romántico.
—Sí, creo profundamente en el amor, es el verdadero Dorado, no hay empresa más importante, y aunque las posibilidades de triunfo sea una en mil, vale la pena el camino. No me rindo, a pesar de que puede que no me toque, lo más seguro es que no, aunque valen la pena todas las caídas, los sinsabores, los dolores, todo.
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—Después de una experiencia tan dura como la que vivió a comienzos de año, ¿su parada frente al amor cambió?
—No, ahora me siento cada día más cacho: soy demasiado acontecido, creo que eso asusta.

—¿No será que lo que de verdad asusta es su imagen de bueno para el trasnoche?
—Sí, pero el carrete en el fondo es para llenar el miedo a la soledad. Es súper raro lo que me pasa, entre que puedo estar solo y no, entre que me gusta y no tanto, pero más que la soledad, mi miedo es a la muerte. ¡Además que ya estoy aburrido de carretear, si también cansa! Ya sé que no se puede encontrar el amor en cualquier lado: a las tres de la mañana en una disco difícilmente te vas a cruzar con la mujer de tu vida.

—¿Cómo es que tiene miedo a la muerte?
—Yo no duermo, por ejemplo, a lo más algunas horas, me da miedo perder el tiempo. Pero mis demonios están hoy medio jubilados. Se ha creado un mito, ¡si yo nunca fui tan temible! De carretear todo lo que la gente piensa, estaría hecho mierda… No hay genética que resista. Lo que pasa es que soy un tipo expansivo: me gusta salir en las noches, juntarme con mis amigos, conversar. Y tengo una teoría: da lo mismo qué hiciste en la noche o a qué hora llegaste, si al día siguiente te acuerdas de algo, de una conversación interesante o te quedaste con una sensación bonita, entonces valió la pena. Si no, fue una gran pelotudez.

—Está de vuelta en la TV con Trepadores, ¿qué lo convenció de hacer este programa?
—Me pareció muy interesante, le da una vuelta de tuerca completa al género de los realities. Antes, nunca supe lo que era estar en 1910 o en Pelotón; aquí, en cambio, existe un objetivo claro: subir el Aconcagua. Ponerse metas difíciles, desafíos, es bueno para cualquiera; si me entreno física y sicológicamente voy a ser una mejor persona, llegue o no a la cima.

—Aunque cuesta entender que alguien como usted, que se define como intelectual y poeta, se convertiera en conductor de realities.
—¿Sabes lo que pasa? Que vivo mucho en la fantasía. Me podrás decir que eso me hace pendejo, pero tiene que ver con mi relación con la literatura: necesito convencerme de que lo que hago tiene un sentido. Por ejemplo, cuando conduje Síquicos, para mí no era un programa de mierda; me estaba metiendo en el tema más importante de la vida: la muerte y dónde van están aquellos que nos dejaron. Y con Trepadores siento que existe un desafío inmenso, que allá arriba, en el techo de América, hay un altar, un santuario. Hago calzar en mi relato las piezas. Además, tengo una relación con la montaña muy potente de toda la vida. Hay una cosa que tiene que ver con la cima, con alcanzar un objetivo, un sueño. Son muchas las cosas en juego; todos los años muere gente escalándolo. En 2012 fueron cinco. Aun así, me sumé al desafío y estoy seguro de poder lograrlo. Entrenaré durante cuatro meses como animal, llegaré al techo de América y voy a tener una pequeña conversación pendiente con ‘el de arriba’. Ese es el lugar.