Liviano pero imponente, Pablo Cerda Adaro (33) se mueve por las distintas salas de la Galería de Isabel Aninat como si fuera una gacela, concentrando miradas y despertando elogios entre las mujeres que circulan por el lugar. Nada queda de los casi treinta kilos que engordó para su primera película Educación Física. Más tarde, en un café cercano a la avenida Alonso de Córdova, confiesa que “aunque fue un trabajo muy cuidado con supervisión médica constante, hoy por hoy tendría mis reparos si algún productor me pidiera un cambio tan drástico”. Ahora, un séquito de productoras y maquilladoras lo acompaña mientras se entrega a la sesión fotográfica. Lo ayudan con los cambios de ropa y le celebran cada una de sus poses. El responde con una sonrisa distante, pero sigue atento las instrucciones y aporta ideas.

Sus años como bailarín en el Teatro Municipal, los estudios de danza contemporánea y de masajes así como el paso por la selección nacional de Hankido, que logró ganar el torneo mundial del 2000, explican el manejo total que tiene de cada uno de sus movimientos, estilizados y precisos. Mucho antes quiso ser basquetbolista de la NBA y con la ayuda de sus padres partió a Cuba al Centro de Alto Rendimiento de La Habana, donde entrena la elite deportiva de la isla.

“Quería vivir de eso. Era un buen sexto hombre, muy aplicado y llegué en gran nivel, pero allá me tocó entrenar con gente excepcional y entendí que no era lo mío. Fui honesto y dije no puedo. Entonces, empecé a estudiar digitopuntura. Fue una experiencia increíble que abrió mi mente y cambió mi manera de ver el mundo”, recuerda.

Hijo de un comerciante y una profesora, nació en el puerto de San Antonio, pero a los doce años partió a vivir con su abuela al norte, a Illapel. Fue un adolescente “súper pesado” que se sentaba en la última fila de la sala, tiraba tallas e inventaba sobrenombres a sus profesoras y compañeras de curso, dejando a más de alguna al borde de las lágrimas. Algo que con el paso de los años le generó más de un sentimiento de culpa. “Uno cambia”, se defiende.

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Formado en la Academia de Fernando González, consiguió su primer papel a poco tiempo de egresado. Era el personaje más freak de una de las primeras teleseries nocturnas de TVN, Idolos. En 2008 fundó su productora audiovisual La Nena, con la que inició carrera como director y guionista. Así nació Domingo, un cortometraje que fue elogiado en el Festival Internacional de Cine de La Habana y que sirvió de inspiración para su primera cinta, Educación Física.
El largometraje, que se convirtió en el primero de toda América Latina en estrenarse de manera gratuita a través de internet, recibió el beneplácito de la crítica especializada. La trama aborda la vida de un treintañero profesor de educación física notoriamente fuera de forma, cuyos alumnos no lo toman en serio y que vive con la desazón de haber dejado pasar demasiadas oportunidades.

“Todo lo que ocurrió desde que empezamos con el proyecto me disparó emocionalmente a lugares que yo no sabía que podía llegar. A partir de ahí me tomo la vida con más calma y puedo decidir dónde quiero estar. El año pasado fue súper bueno para despejar la mente y decantar todo lo que viví el 2012. Tomé clases de batería, de canto, de danza. En definitiva, decidí dedicarle más tiempo a las cosas que hace diez años me daban energía. Si tú me contratas, quiero darte el mejor servicio que pueda. No basta con haber estudiado… Hoy hay mucho actor, el plus está en ofrecer cosas de calidad que enriquezcan la interpretación”, afirma.

En la nueva teleserie de Vicente Sabatini, escrita por Víctor Carrasco, el personaje de Cerda luchará por el amor de Carolina Salazar (Francisca Lewin), quien al momento de conocerlo está a punto de casarse con Lautaro Martínez interpretado por Eduardo Paxeco. Con casi una docena de producciones dramáticas en el cuerpo, ahora enfrenta el primer protagónico de su carrera con templanza y entrega.Wp-pABLO-450
—¿Cómo fue tu llegada a Chilevisión?

—Fue un pololeo que se venía dando hace un buen tiempo y las cosas se dieron en el mejor momento. Estoy muy contento porque es un canal en el que quiero estar.

—Los actores dicen que siempre trabajar con Sabatini le agrega una cuota de exigencia mayor.
—Siempre es atractivo trabajar con él.

Imagínate fue “el” director de los noventa, dirigió algunas de las mejores telenovelas que se han hecho en la historia de la televisión. Acoplarme a este equipo ha sido genial. Hay gente muy talentosa que te hace el día agradable y eso es fundamental.

—Uno de los puntos interesantes que aborda la novela es el tema del clasismo en Chile.

—A Martín, mi personaje, le importan bien poco las clases sociales o de donde viene cada cual, que es de alguna manera lo que yo he vivido. Nadie sabe ni el colegio donde estudié o que mis amigos vienen de las canchas de básquetbol. Mi vida se ha desarrollado así, por lo que no tengo el gran tema del arribismo, las clases sociales o de sentirme discriminado.

—¿Te gustaría seguir los pasos de Benjamín Vicuña o Gonzalo Valenzuela e internacionalizar tu carrera?
—Ya no estamos en los noventa, cuando todo parecía más difícil. Hoy nada está tan lejos. En mis trabajos hay una mirada global.
No hago películas sólo para Chile, así que veo eso perfectamente como una posibilidad.

Pese a que juega al misterio, Pablo jamás deja de mirar a los ojos y tiene un lado B que a simple vista cuesta imaginar. “Soy un sentimental. Soy súper AM… Bien, pero bien, cebolla. Amo a José Feliciano, me gusta Manzanero y adoro los boleros así como me gusta el hip hop. Soy bien raro, de todo trato de sacar provecho.

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—¿Estás en pareja?
—No. Estoy soltero hace más o menos tres años.

—Pero oportunidades no te faltarán…
—(Se ríe). No me va mal, cero quejas, pero ahora estoy abocado a mi trabajo.

—¿El teatro está entre tus planes?

—Me gusta mucho, pero yo crecí viendo películas así que cuando estoy enamorado o tengo pena, recurro a los clásicos de los noventa: Terminator II, Superman III y Rambo. De hecho, siento que conozco mucho más a Lex Luthor que George Bernard Shaw. Lo mío es lo audiovisual, vengo de la cámara handicap de mi abuela, cuando con mi primo hacíamos comerciales para mostrarlos a la hora del te. Así crecí.
La muerte de su madre y la de un gran amigo son capítulos de su vida que guarda bajo siete llaves. “Cada día me vuelvo más tímido en parte porque mi trabajo es sumamente público. Mis amigos son de otro mundo. Uno es abogado, otro trabaja en diseño web, otros son montajistas o camarógrafos. Además, cada día quiero hablar más tonteras y sentirme cómodo. Para cosas serias e importantes ya tengo suficiente con mi vida. Cuando llega la tarde, lo que me interesa es tomarme una cerveza, conversar y reír”.

—El año pasado Alfredo Castro alzó la voz contra el desamparo en que se encuentran algunos teatros y Mario Horton defendió la Asamblea Constituyente. ¿Ves al actor como agente de cambio social?
—Veo la política desde afuera. No comulgo para nada. Estoy inscrito en los registros electorales porque mis papás en su momento me obligaron, pero ni vote en segunda vuelta porque no me siento identificado para nada. No escuché a nadie hablar de políticas culturales en ningún debate y eso que los vi todos. No me siento un portavoz de verdades, conceptos o luchas políticas. Para mí lo importante es que hable mi trabajo.