Una deliciosa y perfecta mezcla de agudeza, drama, ironía, gotas de amargura, humor y también calidez hacen de “Olive Kitteridge” una de esas producciones categoría ¡imprescindible!

La miniserie que arrasó con los Emmy (6 premios, todos de primer orden) es un largometraje por entrega: son 4 capítulos de una hora cada uno, que llegaron a la televisión gracias a que Frances McDormand compró los derechos de la novela, premio Pulitzer, de Elizabeth Strout y puso todo su genio y talento (¡que vaya que lo tiene! y de sobra) en sacar adelante este proyecto. (Y convencer a HBO que la emitiera).

La primera escena del primer capítulo es impactante: la cámara sigue los pies gruesos de una mujer, calzados con un zapato plano y viejo, que camina por un bosque pisando las hojas secas. Llegado un punto aparece Olive con una manta que extiende en el suelo, un sobre que tira y que dice “A quien le importe” y, de entre sus ropas, saca un revólver que apunta a su sien.
Corte.
25 años atrás, señala un letrero que atraviesa la pantalla.

Así comienza el relato de la vida de esta malhumorada profesora de matemáticas, con antecedentes familiares de depresión severa, que vive en un pequeño pueblo de Maine, casi en la frontera con Canadá.

Con Olive, Frances McDormand encontró el lado B de Marge, esa inolvidable policía embarazada y buena persona de un pueblo perdido y nevado que le valiera un Oscar en “Fargo” (dirigida por su marido y su cuñado, Joel y Ethan Coen) y que la convirtió en una actriz inolvidable.
Pero si Marge era una apacible provinciana, feliz con su inocuo marido, Olive es una mujer que apenas disimula su amargura con un humor negro y desconcertante y que si no maltrata más a su esposo -el atento, humano y agradable Henry (Richard Jenkins), farmacéutico del pueblo- es porque lo suyo es más bien enarcar las cejas, hacer un comentario sarcástico y seguir de largo.

Su hijo adolescente, Christopher, tiene con ella una ambigua relación: la aguanta, porque no le queda más, pero a la vez suele ser cómplice de sus comentarios despectivos en la mesa familiar donde el blanco suele ser, naturalmente, el cándido y bondadoso Henry.

Frances McDormand deslumbra con la interpretación de un personaje complejo, al que, a pesar de su antipatía el espectador le toma cariño; ella es una mujer insoportable pero no es fría en lo absoluto. Ella ama y comprende a sus seres más cercanos, aunque tiene una extraña manera de demostrarlo (si es que lo hace).
En este sentido, el guión y la dirección son una obra maestra. Porque esa complejidad también la tienen los personajes secundarios y el entorno en que se mueven, que en sí mismo tiene una singular vida propia.

La literatura, el teatro y el cine, siempre, de alguna forma -más o menos directa- están hablando de la familia. Y, como en la película “El Clan”, uno se cuestiona ¿qué es una familia normal? ¿Existe realmente eso?
La de Olive, Henry y Chris lo es. Salvo que nos introduzcamos en su intimidad y empecemos a ver sus detalles. O la de Rachel y su hijo, o el profesor O’Casey, o la encantadora familia californiana con que terminan relacionándose los Kitteridge. ¿Hay alguno totalmente normal?

¿Es Olive una “bruja” a tiempo completo?
Todo y todos tienen sus matices detrás de sus fachadas impecables. La diferencia es que a Olive no le interesa en lo más mínimo que su fachada luzca mejor que su interior.

¡Fascinante!

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