Nicole Moreno es una vecina más en el café ubicado frente a su departamento de Las Condes. Llega unos minutos atrasada y saluda a los dueños lánguida como una gata de chalé. Nadie la reconoce ni le pide selfies porque lleva el pelo liso y tomado, aritos de perlas y va casi a cara lavada si no fuera por las pestañas postizas que le otorgan un aire trasnochado de diva de los años 50.

“Me gusta mi vida ahora, piola. Como dice Shakira: ‘Puedo ser feliz caminando relajada entre la gente’. Mi nuevo look me lo permite ¡tooodo!”, bromea y canta no muy afinada, pero con simpatía.

Hace unas semanas dejó la clínica donde estuvo internada un mes completo luego de sufrir una crisis de pánico en el avión que la traía de regreso desde Brasil. El episodio fue viralizado en las redes lo que profundizó el estrés. Su familia decidió entonces pedir ayuda médica.

“Fue como estar en un reality, pero donde te tratan bien”, cuenta en la primera entrevista en profundidad en que habla de su hospitalización y las razones que la provocaron. “¡Pero no más!”, dice, “Hoy me cuido hasta de la foto que subo a Instagram”.

Nicole elige una mesita justo bajo un retrato de Marilyn Monroe que la mira con burlona ternura. “¿Qué quieres? Te invito”, pregunta mientras pide agua “como la de las otras mesas”, o sea, una infusión de jengibre, limón y pepino.
“¿Sabes?, a veces me siento identificada con Marilyn. Tuvo mala suerte en el amor y la prensa, en algunos momentos, como que la quería destruir. Claramente, la catalogaban como una mujer de poco conocimiento”.

—¿Qué piensas de su muerte?

—Me da mucha pena. Se habló de abuso de sustancias, pero creo que la mandaron a matar. La gente puede ser taaaan mala.

—¿Y la fama?

—La fama también te puede matar.

—¿Le tiene miedo? Parece que le gusta.

—No le temo. Tampoco sé si me gusta ser ‘famosa’, aunque reconozco que amo los escenarios y me encantan las luces. Pero el costo puede ser alto. En mi caso fue la hospitalización.

Así parte esta entrevista que sigue en su casa y termina en un viaje de dos días a Los Vilos donde se realizó la sesión de fotos. Allí, frente a un acantilado donde el Pacífico golpea con fuerza, anuncia que se cambiará los implantes por unos “más pequeños, que se acomoden más a mi vida diaria —hago mucho deporte— y que logren un look más sofisticado”.

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—Este 2017 cumple 30 años. ¿Cómo asume el paso del tiempo?

—Treinta años, ¡guauuu! En verdad no pienso mucho en eso. Trato de vivir el presente y, además, me siento más joven que nunca.

Entrevistar a Nicole Moreno toma tiempo. También entenderla. Es tan ingenua como desconfiada y tan auténtica como a ratos impostada. En fin, es tan Nicole —la chica de La Cisterna que hoy tiene un mini-imperio inmobiliario— como Luli, ese personaje que habla cantadito y apostó por las curvas cuando partió en la televisión hace 10 años.

Al principio, la grabadora registra un acento seudoargentino, pero que es en realidad el de los expatriados que habitan esas moledoras de carne humana que son los realities show. Es Luli maqueteada.

Al tercer café y cuando la misión periodística parece naufragar, finalmente emerge un ser humano en una especie de lucha eterna con la adolescente que lo habita. “Fui muy regaloneada hasta los 14 años cuando tuve a mi hijo. El cambio fue demasiado brusco: me convertí en mamá, comencé a trabajar. Me salté etapas y eso afecta en cómo maduras”, recuerda en una conversación donde abundan las lagunas, retrocesos y contradicciones hasta que se hilvana una y otra vez.

“¿Por qué me critican a mí y no a otros? 
Lo que pasa es que en televisión hay gente protegida, que la cuidan”.

—¿Cómo es eso?

—Los mismos directores, por ejemplo, conversan con sus colegas de otros canales para que no salga al aire una noticia que puede afectar a algunos rostros. Hay otros que no tenemos ese apoyo. Entonces te hacen bolsa, como me ocurrió con lo del avión. Por lo que me di cuenta —no vi tele ni estaba conectada en la clínica— dijeron que estaba loca, pero a cualquiera le puede dar una crisis de pánico.

—¿Le había pasado antes?

—En el reality Mundos opuestos porque le tengo fobia a los ratones y nos tiraron unos cuando pasamos por un túnel ya estresados, con hambre y sed. También estuve en Amor a prueba, pero de ahí me sacaron. Yo no me fui. Lo que te puedo decir es que todas las crisis fueron provocadas intencionalmente porque los realities sacan lo peor de ti, de las personas. Lo pasé mal, pero no quiero entrar en detalles. Después me fui con mi mamá a Maitencillo —aunque tengo medio olvidada esa parte— y dije “ya tengo 27 años, estoy grande, no quiero seguir con este personaje siempre, quiero ser Nicole y trabajar en lo que me gusta, por ejemplo, dar consejos de fitness y moda”.

Nicole venía de un año redondo: el 2016 fue reina de Viña del Mar, panelista en Bienvenidos, anunció un cambio de imagen y fue portada en revista Paula. Pero en medio de su mejor momento sobrevino la debacle que la llevó a la clínica.  Hoy busca razones:  “Fue un todo. Soy trabajólica y estaba durmiendo tres o cuatro horas diarias desde hace un par de años. Sí o sí tenía que levantarme a las seis  y media para llevar a mi hijo al colegio, pero me quedaba en pie hasta las tres o cuatro de la mañana en YouTube, en Instagram, donde hay buena pero también mucha mala onda”

—¿Cómo aparecía fresca al otro día?

—Con mate y maquillaje, pero no con las ideas claras en la cabeza. Para descansar de verdad necesito unas diez horas de sueño. ¡Si las duermo al otro día te hablo hasta de Hitler! (Ríe.)

—¿Qué pasó en el avión?

—De eso y de lo que ocurrió en el aeropuerto no me acuerdo bien. Sólo sé que tenía un presentimiento —tengo un sexto sentido— de que iba a morir, que el avión se iba a caer apenas despegara. Hablé con los tripulantes y no me pescaron. (Silencio.) ¡Espera, recuerdo algo! Cuando llegué me hicieron exámenes, de todo.

—¿Quienes la esperaban en el aeropuerto?

—Mis padres, como siempre. Como perdí mi teléfono les comuniqué por Facebook que llegaría tres días tarde. Lo que pasa es que fui a visitar a la familia de mi ex que es brasileño y mi actual pololo (el personal trainer chileno Rodrigo Rocco) regresó solo. Mi familia decidió llevarme a una clínica porque no dormía, tomaba mucho mate, estaba con las revoluciones a mil. Creo que hicieron lo que correspondía.

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—¿Cuál fue el diagnóstico?

—Depresión por estrés. Los médicos decidieron que me quedara, descansara y ordenara mis horarios para dormir. Ahora ya se me pasó (la depresión) y siento que esa experiencia me sirvió para saber quiénes de verdad están conmigo en las buenas y en las malas: mi familia, amigos y Rodrigo que siempre me apoyó. También me hizo más fuerte y, si paso por otro momento difícil, creo que podría resistirlo sin hospitalizarme. (…) Me dieron de alta y me recomendaron llevar una vida sana, no tomar mate después de las tres de la tarde y no hacer ejercicio antes de dormir, por lo de las revoluciones. Sólo cuando lo necesito tomo un inductor del sueño.

—¿Volverías a una clínica?

—No fue una mala experiencia, pero no me gustaría volver. Te cuidan mucho y hay demasiadas reglas. Me acostaba a las 11 de la noche y me levantaba a las siete de la mañana. Pintábamos mandalas, leíamos y una sicóloga nos hacía terapia. Me quitaron el café, la coca cola, el mate, las redes sociales. Cada una tenía su pieza, porque era la Clínica San Carlos de Apoquindo. No te imagines que la gente estaba amarrada, que era como el siquiátrico. Había gente muy linda y hablábamos sobre qué nos pasaba. Recuerdo una niña con anorexia y otra que era hija de un político que no quiso darnos el nombre. La mayoría era dueñas de casa estresadas. Hay quienes te estigmatizan porque estuviste en una clínica y creen que estás loca, pero si hay tanta dueña de casa con estrés ¿por qué yo no?

“¿Qué hubiese pasado conmigo si no hubiese sido Luli? No estaría donde estoy ni conversando contigo”.

Al tercer café y ansiosa por un cigarrillo, Nicole propone continuar la entrevista en su departamento. Sólo hay que cruzar la calle. “Es la primera vez que un periodista entra a mi casa”, anuncia.

Budas de todos los colores y materiales sonríen y observan a quien llega desde casi cualquier ángulo. El otro elemento importante es una gigantografía de su portada para Paula, donde aparece demasiado seria comparada con el sabio oriental. Hecha esta salvedad, el ambiente es sobrio, casi austero.

Muestra una repisa con libros (Hay mucha metafísica y la novela Comer, rezar, amar), ofrece algo para tomar y enciende el primero de varios cigarrillos. Justo la llama su representante para advertirle que en la web la critican por unas fotos que subió a Instagram. La acusan de Photoshop.

“Eso es el oblicuo y es producto del sol y la postura”— se sube la polera como para desmentir— “Pero ahora te juro que no me afectan las críticas y voy a subir una más marcada y sin filtro. En otro tiempo hubiese estado llorando por semanas, pero ahora no me importa. ¿Cuál foto subo?”.

Su hijo ya adolescente está en la casa de unos amigos y comienza a anochecer. Entonces enciende todas las luces del departamento. Este tipo de detalles le provocan desasosiego. También diferenciar entre Nicole y Luli, el personaje.
“Una vez en SQP me salió cantadito, espontáneo: ‘Es—te—ve—ra—no—lu—li—se—vie—ne—con—todo’. Después me propusieron hacer el personaje. Primero dije que no porque todos iban a decir que yo soy tonta, pero era la oportunidad de mi vida”.

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—¿Ha renegado de Luli?

—Me da un poco de pudor y hubo un tiempo en que la dejé durmiendo porque ya no quería más: Luli la avasalladora, la incoherente, sin contenido, la sexy. Pero, ¿sabes? por otro lado amo a Luli. Me reconcilié con el personaje.

—¿La ayudó a sobrevivir?

—A sobrevivir y a reinventarme. Hoy soy instructora de fitness, empresaria inmobiliaria, panelista y estoy en conversaciones para participar en una película. ¡Mi primera película! Además quiero abrir mi estudio (¡mis estudios!) de zumba.

—¿No tenía otro camino?

—Era chica y quería bailar; ser conocida y que me quisieran. Soy muy de piel y si me hacen un poco de cariño, caigo. Siento que necesito amor, heavy. Además, como te conté, quedé embarazada muy niña, tuve que trabajar y eso afecta en cómo maduras. (…) Mi familia era como el 70% de las familias chilenas, emprendedora. Mi papá trabajó en confección textil, luego en refrigeración y aire acondicionado. Mi mamá, dueña de casa, muy presente.

—¿Quería otra vida?

—Siempre me ha gustado la buena vida, darme mis gustos y vivir en una comuna que me acomode. Que a mi familia y a mi hijo no les falte nada y a mis hermanos darles educación. Todo lo que yo no fui me gustaría que lo fueran mis hermanos. Ahora, no quiero decir que lo otro no sea una buena vida, al contrario, fui muy feliz en mi infancia y me entretiene mucho ir a La Cisterna, donde crecí. Pero la gente siempre está esperando más y si viaja a un lugar, después quiere ir a otro; si tiene la cartera de tal marca, después quiere otra y así…

—¿Y si hubiese nacido en otro lugar, más acomodado?

—En una familia con mucho dinero quizá no me hubiese arriesgado a caer en el personaje. Otro hubiese sido el camino entonces. Habría estudiado ingeniería comercial, aunque hoy preferiría una carrera relacionada con el deporte.

—¿Cree que en Chile no todos tienen las mismas oportunidades?

—Cierto.

—¿Se siente parte de quienes no las tuvieron, discriminada?

—En un cincuenta por ciento. No me he sentido discriminada, pero sí  siento que en Chile la gente es muy prejuiciosa. Por ejemplo, ahora que uso el pelo liso y dosifico lo que subo a Instagram, me hablan distinto. Como te ven, como te tratan. Sobre todo en Chile.

—¿Qué prejuicio es el que más le duele?

—Que la gente no se dé cuenta de que Luli es un personaje. Sé que la comparación es demasiada, pero creo que Marilyn también asumió un personaje, que la persona no era así. ¡Me tatuaría a Marilyn ahora mismo! (Bromea y muestra el hombro donde se lee  Fortaleza’). Además me he ido perfeccionando: he viajado, tomado cursos de locución y coaching. El coach te da consejos.

—¿Como cuáles?

—Eso me lo guardo (Risas). Bueno, mi postura en televisión, cómo desenvolverme. También en qué momento responder y cuándo no y, lo más importante, sacar más personalidad de mí misma y no de un personaje. Todo esto me ayudó a evolucionar y a ser la mujer que soy. Y amo a esa mujer, la respeto. Antes la tele me decía dónde estar, ahora decido yo.

—Algunos no le creen eso del cambio.

—Es que en Chile hay gente muy conservadora, prejuiciosa, y si tratas de evolucionar en algo, de superarte, como que les molesta.

—¿Se sentirán traicionados?

—No sé si traicionados, pero les molesta que a algunas personas les vaya bien.