Debe ser una de las pocas mujeres de la TV que tiene su ego a raya. No se cree el cuento, va por la vida como una mujer común, a pesar de que proyectos no le faltan a esta actriz y animadora. A Javiera Contador la sonrisa no se le despinta, una sonrisa ancha, de ojos muy vivos que cada cierto tiempo se dirigen con ternura hacia su hija Mila, tan sociable y relajada como su mamá. “Ella es lo mejor. Se adapta a cualquier lugar. Hace poco volvimos de un largo viaje por Europa y olvídate lo bien que se portó”, comenta orgullosa. 

Siempre acelerada, corriendo de un lado a otro, Javiera no para. En abril terminó su rol como conductora freelance para Chilevisión, al frente de Súper Estrella, el estelar de talentos, y desde comienzos de este mes anima junto a Rafael Araneda Locos por el Mundial. También colabora —y por partida doble— con el canal de cable Casa Club, con el espacio Ellas dicen, junto a una representante argentina y otra venezolana; a lo que se suma el espacio Diarios de viaje, dedicado al turismo. En la radio conduce —junto a Felipe Izquierdo y Roka Valbuena— el programa A todos nos pasa lo mismo, en Duna.

Proyectos no le han faltado desde el abrupto cierre del canal 3TV, del empresario Alvaro Saieh, donde Javiera era una de las apuestas más fuertes, con un late show del cual dejó grabados varios episodios, junto con su rol en la serie En terapia. “Afortunadamente, al día siguiente de esta triste noticia me llamaron de TVN, La Red, Mega y CHV. Fue exquisito en términos de ego y de posicionamiento, aunque muy triste por aquellos compañeros que apostaron por este proyecto y se quedaron sin una fuente laboral”.

Sus proyectos no terminan ahí. Junto a su pareja, el director argentino Diego Rougier, está en plena producción del filme Alma, una comedia romántica. Se trata del segundo proyecto cinematográfico que desarrollan tras la premiada película Sal.

Impresionante cómo su doble perfil profesional de actriz-animadora, es reconocido como un talento escaso en pantalla. Mientras estuvo al frente del matinal de Mega, junto a José Miguel Viñuela, se ubicó entre las tres mujeres mejor evaluadas de la televisión. A nivel actoral, está catalogada como una de las más destacadas comediantes chilenas (inolvidable es su rol de Quena Larraín en Casado con hijos), lo que la ha acercado al público y la llevó a ser contratada por una casa comercial, donde aparece en campañas junto a Stefan Kramer. “He tenido la suerte de trabajar el humor, es lo que me acerca a la gente”, admite. 

Pero aunque va por la vida con una sonrisa, lo cierto es que Javiera también ha conocido de cerca el dolor. Quizá haya sido esta resiliencia y la capacidad de adaptarse a los distintos escenarios, lo que la llevó a sobrevivir en el exigente mundo televisivo. Sus padres se separaron cuando ella tenía tres meses. Su progenitor era alcohólico y su madre debió arreglárselas para salir adelante. No fueron tiempos fáciles. Varios cambios de casa y apreturas económicas marcaron su infancia. Más tarde —cuando Javiera aún era una niña—  su madre volvió a casarse y formó una nueva familia.

“A veces las carencias y el haber tenido una vida más dura en algunas cosas, finalmente te hace ser la persona que eres”, reconoce la actriz sobre un tema que todavía duele. Durante su adolescencia el alcoholismo de su padre le resultaba difícil, incómodo. “Era una edad complicada. Mis amigas me preguntaban por mi papá y ¿cómo se los explicaba? A veces él llamaba a la casa a horas que no correspondían y mi mamá se molestaba. Nuestra relación no fue cercana, de hecho nunca le dije papá, sino Javier”.

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Su niñez y buena parte de su juventud estuvieron marcadas por continuos cambios: vivió en cerca de una treintena de casas y tuvo que trabajar desde muy joven para contar con sus propios ingresos. Así fue que llegó al modelaje. Estaba en el Colegio Latinoamericano, famoso por su marcado perfil de izquierda, y tenía que ir a escondidas a las sesiones de fotos para no ser juzgada por sus compañeros. Su descubridor fue el fotógrafo Roberto Edwards; el famoso fundador de revista Paula fue el artífice de las carreras de muchas de las mujeres más bellas de Chile. Pero el mundo de los flashes y las pasarelas nunca la convenció, más bien era un medio para reunir el dinero suficiente para estudiar teatro. “Ni siquiera me encontraba linda”, reconoce. Del modelaje Javiera entró a estudiar la carrera de sus sueños y pronto se convirtió en una figura de la TV, primero como actriz de varias teleseries y luego como conductora.

En lo afectivo también tuvo sinsabores. Se casó muy joven con el actor José Martínez, pero al cabo de un par de años ya estaba separada. Le siguió una larga soltería, hasta que su vida cambió cuando conoció al argentino Diego Rougier recién instalado en Chile como director de Casado con hijos. Primero fueron amigos. Luego de unos años él se separó y comenzaron un romance que además los unió como socios de la productora Picardía Films, donde han desarrollado una serie de cortos y largometrajes. Aunque su mejor proyecto ha sido el familiar, instalados desde hace un año en la nueva casa que ella construyó en los límites de Ñuñoa y Providencia, y donde desde hace poco se suma una nueva integrante. 

“Antes no quería ser mamá —dice emocionada— pero hoy me parece impensable una vida sin Mila. Una hija te completa como persona”. 

También logró recomponer la historia con su padre biológico. “Nunca pensé que íbamos a terminar hablando por teléfono todas las semanas. El conoce a Mila, me pide que le mande fotos. Javier hace 15 años que no toma. Fue un papá ausente pero tampoco podía hacer más… Se perdió y ahora está súper bien. Ok, no tuve un papá perfecto, ¿para qué darle más vueltas? No me enrollo. La vida es una sola”.

—¿Fue muy duro no contar con él?

—Hubo momentos entre los 18 y los 20 años en que pude haber necesitado un papá más presente… Pero tampoco le doy demasiadas vueltas porque él ha hecho un esfuerzo enorme. Ahora se rehabilitó y está todo bien. Además que siempre me sentí muy querida por mi familia. Mi mamá volvió a casarse con quien considero mi verdadero papá; no hay ninguna diferencia, tampoco con mis hermanos. Yo no tuve una vida solitaria o de hija única, más bien fui como una hermana mayor. Es que mi mamá me tuvo muy joven, a los 18, muy diferente a mi caso hoy con Mila.

—Suena arrepentida de haber sido madre a los 38…

—Lo comido y lo bailado no me lo quita nadie. Ha sido tan rico. Aunque a veces pienso que podría haberlo intentado más joven.

—¿Qué pasó con su relación de pareja? Con Diego ustedes son bien compinches, pero con la paternidad las cosas cambian.

—Nos metieron mucho miedo. Obvio que la relación cambia, pero también hay más complicidad. A Diego lo conocí cuando él ya era papá y me ayudó un montón porque ya pasó por la primera fiebre, por varias noches sin dormir. Soy mamá primeriza y él me calma.